Calaveras prosaicas

Un millón de muertos hicieron de México un camposanto. El acta de defunción que llamamos Historia, asienta: causa del deceso: fue la Revolución, fue la Cristiada. Al pensar en los héroes que nos dieron patria, poco visitamos el común imaginario -colección de imágenes- para mirar los racimos de cuerpos pendientes de postes, de árboles. Muertos anónimos tronados por nada, por todo, por andar en la bola, o nomás porque la bala estaba a la mano. Desfigurar el miedo, huir mustios de la pregunta: qué hay más allá, y asirnos a la vida con un desdén mal actuado: la muerte nos pela los dientes. En el sentido macho sí, cómo no, la Parca nos hace los mandados y nos trae el cambio; en el otro, cuelga individuos, frutos extintos, y no muy luego les pela los dientes: contrae los labios de las cabezas inclinadas de esos muertos pendientes que al buscar la tierra con su mirada inútil renuncian al cielo que en el último instante supieron imposible; los brazos y las piernas yertos apuntan al suelo debajo, ya no punto de partida, recaladero no elegido, camposanto improvisado.

 

La muerte no es la misma. Hace no tanto era parte de la vida, más todavía: era complemento de ir viviendo. Tenía sus métodos y eran, está de más decirlo, de aceptarse; unos lentos, otros súbitos, había los prematuros y los tardíos (ya lléveselo, Señora, consume aire y se le va en puros desvaríos), y otros, claro que sí, a ella misma la sorprendían, aunque eran los menos. Amiga cercana y silente, con mil nombres, Guadaña cruel, Calaca artera, Catrina de barrio, Huesuda ropaje de calcio, Helada Segadora, con que no me lleves a mí todo lo demás yo te lo aguantara, al fin y al cabo para morir nacieron los otros, que además arreados por ti gozarán de tu bendición igualadora, femenina maquilladora: al soltar el resuello postrero se harán dueños de una bondad que en vida no les reconocieron.

 

En cambio, hoy la Doña va de la punta noroeste de la Baja California a la vertiente norte del río Suchiate,  y antes de que su presencia se revele por las almas que su oficio cosecha, los cadáveres ya forman montones; juro que yo no fui, pareciera declarar. Arrastra su mellada hoz por la mexicana heredad, su raído atavío ya no es coquetería de ultratumba, signo de su ineluctable labor, sino muestra de su trajinar impotente: tanto muerto que ni ella se explica. Ya piensa seriamente en mudar de gracia; ahora lo espantable, por ocasional, ya no es otorgar la muerte sino dar la vida; lo medita y una luz inefable sale de sus cuencas vacías, una sonrisa se le intuye en la dentadura de mueca constante: ¿qué cara pondrían los mexicanos si los asesinados, decapitados, desmembrados, enterrados vivos, asfixiados, de repente volvieran a respirar? La Oscura sería otra vez contraparte imprescindible del ciclo vital: ahora el crimen organizado usurpa su labor mortal, y en cantidades que rebasan el equilibrio que el Destino exige por elemental equilibrio; llevará la contra, regalará vida, en donde unos caigan por intercesión homicida, ella estará para levantarlos. Bueno fuera, pero no será, salvo en estos textos de día de muertos.

 

Cien años después el país regresa a la vía que lo llevará a la calidad de camposanto. Sólo que los cuerpos que hoy fertilizan su territorio no gozan del prestigio de fenecidos en vorágine revolucionaria y confesional, tampoco del don de hacerse buenos post mortem, al contrario, los miramos de reojo, si acaso, y sospechamos de ellos las cosas peores; los matarifes no ensangrientan su conciencia para fundar una gran nación y comparten con una buena porción de los gobernantes ciertas detestables nociones: egoísmo, codicia, corrupción y desprecio por la ley. La muerte sí descansa, o será que se rinde: ya no hay mitología que la nimbe, ni cultura popular que le invite un trago. Queda el vacío por el que se nos fuga una sociedad y se cuela una muerte otra, impostada, omnipresente por acumulación de cadáveres y por la voluntad del gobierno por pintarla de casualidad, de nada.