Breve suspensión de la falsa gravedad

La política según la practican en México los políticos, los acomedidos de ocasión, los interesados que la orbitan y que de cuando en cuando se dejan atraer por su fuerza gravitacional y los meros observadores que inciden en ella desde la opinión y el periodismo, es favorable para incurrir en el pecado capital de la soberbia: “Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.” Si de esta definición que da la Real Academia para soberbia desprendemos la frase “apetito desordenado”, llegamos a un vocablo con el que se relaciona, en los estudios teológicos, a los pecados capitales: vicios. De este modo, la secuencia cíclica: política (cierto modo de ejercerla), soberbia y vicio, parece explicar el descrédito de la política y asimismo convoca a resignificarla: impulso incontenible por primar sobre el resto, a partir de la certeza en que los méritos que uno se confiere a sí mismo son superiores a los que cualquier otro pudiera tener.

Si procedemos de manera empírica para poner a prueba la acepción previa, podremos comprobar su eficacia: desde la soberbia el diálogo es imposible, los políticos se instalan en un plano en el que son inapelables; desde la soberbia la realidad que representan las y los pobres, la violencia y el deterioro del medio ambiente, no es sino ficción pergeñada por seres menores imposibilitados para entender la realidad que el político fija en sus discursos y en sus acciones; desde la soberbia nada más natural que  convertir a los no iguales al político, en estadísticas: el más minúsculo punto por arriba de la línea base que el político establece en su imaginario es una conquista magnífica, si de entre cien, cincuenta y cinco son pobres, cuando estos lleguen a cincuenta y cuatro habrá que celebrar, si de veinte muertos por cada cien mil habitantes pasamos a diecinueve, la paz y la tranquilidad absolutas quedan decretadas, si perder cientos de hectáreas diarias de bosques es un daño terrible, se contrarresta con los miles de arbolitos plantados en donde las cámaras de televisión puedan levantar escenas. Desde esa soberbia el remedio para todos los males es evidente: el político que deviene gobernante, junto a su corte, el grupo de mesmerizados que mira y festina convenencieramente el quehacer político en boga.   

Pero estamos en una época del año en la que afortunadamente la soberbia de los políticos (de todo género) queda en el paquete de los males que podemos posponer sin cargo de conciencia. Durante dos semanas tenemos a la mano darnos gusto y celebrar lo que en verdad nos constituye: las risas y los gozos de quienes nos quieren y a quienes queremos; la voluntad por profesar la esperanza y la solidaridad; las alegrías en familia, también las que hay en soledad; la atmósfera de comunidad, por tenue que sea, que por estas fechas nos envuelve; el placer de planear una cena que, sin importar el menú, será única y significativa; el dulce ensueño de suponer, casi siempre sin bases sólidas, que el año que entra seremos mejores, o al menos otros. Dos semanas en las que la soberbia de los políticos recobra su aspecto verídico: fruslería perversa que no sabemos cómo y por qué aguantamos el resto del año.   

Al final, lo sabemos, no hay una frontera contundente entre ellos y nosotros: los políticos juegan a desempeñar cierta idea de su propia importancia, en el espacio que dejamos libre; ojalá ellas y ellos se den por estos días el lujo de desuncirse de la soberbia, el lujo de mirarse al margen de una sociedad a la que la mayoría de ellos no ha servido bien, al contrario; sociedad que no es su espejo, es su efecto, y viceversa. Vamos unos días de excursión a las cosas simples que son las profunda y ciertamente complejas, y por ello propicias para inmiscuirse en el misterio inabarcable que es ser individuos en un colectivo. Retomemos la plática el 7 de enero. Felices fiestas. 

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