Atlas de apuestas electorales

La ciencia que trata de la descripción de la Tierra, la geografía, está en trance de actualización. Los cartógrafos, agrimensores de los de antes, armados con su aparato trípode y óptico están por meter al archivo muerto sus mapas. Pero en similar brete se debaten los geógrafos de última generación, los que con satélites, computadoras y vocablos horribles hacen lo suyo: georreferenciar. El espacio físico en el que la especie que señorea en el planeta tradicionalmente ha jugado a la dominación y al reparto egoísta de los bienes comunes, se ensanchó, o más bien: anexó dimensiones intangibles pero específicas en las que el verbo ir es mera metáfora: nadie objetivo se desplaza pero todos van de un lado a otro o pueden estar en varios sitios a un tiempo, inclusive hacer la revolución con el placebo de darle a la tecla Enter.

Esto tiene implicaciones profundas en la geopolítica jalisciense. Por ejemplo, el PRI es feliz y eficaz fatigando la vieja topografía, se mueve a sus anchas y mangonea, aunque más o menos según las coordenadas; con la misma soltura hace su vida en los periódicos y en la televisión: conoce los modos de esos territorios, los atajos y peajes que hay que cubrir para aparecer en las cimas ficticias, pero al fin cimas. Pero si lo sacan de sus parajes familiares le falta el oxígeno: el mundillo virtual le resulta hostil y si se aventura en él es perseguido con ira. El PAN se afana, despistado, en todos los ámbitos, pero apenas da un paso, sus marcas previas se desvanecen y nadie percibe las huellas de su tránsito. El PRD no cuenta, la brújula que usa sólo apunta a su limbo. Movimiento Ciudadano es nave todoterreno que, sin embargo, no garantiza navegación segura por todos los espacios, depende totalmente de la pericia del capitán y de la de los timoneles; en Guadalajara luce cómodo y dominante en los distintos planos de esta geografía, con todo y que en ciertos diarios es tratado como peste interestelar. El partido Verde es vestigio de la gran conjura fundacional, sin atributos, inerte, quiere pasar por endémico ahí donde se enquista y más bien es un peligro radioactivo, aparentemente indestructible.

Hoy los científicos identifican un modelo de nueva generación para poblar la ensanchada figura de la polis. No es un partido, tampoco un político con escafandra de ciudadano; aunque hace política, los sabios aún no determinan si la que practica es retro o de vanguardia. Por eso, a pesar de que la política es lo suyo y por la reticencia que producen las connotaciones negativas del adjetivo, no lo califican como político, lo llaman Kumamoto y está en estado floreciente, aunque los investigadores severos opinan que en todo caso está por verse. Su cualidad más evidente es que no es ajeno a ningún hábitat; en sitios susceptibles de señalarse con latitud y longitud terrestre se vuelve uno más del grupo, del paisaje, y su lenguaje es comprendido sin dificultad. Cuando su órbita pasa por los medios impresos, por la tele, la fuerza de gravedad de estos no modifica su estructura (financiera) y puede aterrizar en ellos sin valerse de algún aparato artificial, se adapta sin desnaturalizarse. Y en cuanto al omnisciente, inaprensible cosmos virtual, parece consustancial a Kumamoto: desde ahí reactivó utopías desguazadas para sintetizarlas en electrones-semillas con espín vertiginoso, ahora están en poder de los individuos de la sociedad contenida en ese intrincado, abigarrado universo informático. Se espera la gran eclosión y podría suceder mañana: que la simiente generada por el equipo Kumamoto en el ágora de la información binaria rompa la membrana invisible que divide a los mundos y eche raíces en el suelo antiguo, yermo, de la política que afecta vidas. ¿Traspasará esa multitud el plano del ensueño de las redes sociales para sufragar en las vulgares urnas? Es la pregunta científica de la temporada; si el fenómeno se registra, el orbe político, bueno, este rincón jalisciense del sistema solar, mutará sensiblemente.

 

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