"Amalar el noema"

Un encono nacido de una equivocada noción de propiedad (si no es que todas las nociones que tengan que ver con propiedad están equivocadas) se instaló en mí. Bien vistos, los enconos no dejan de tener un lado bueno, cuando sabemos de dónde surgen o por quién o por qué se convierten en causas. En cambio son corrosivos si aparecen sin motivo evidente, no pasan de ser efecto, inoportuna producción de ácidos gástricos para nutrir úlceras y hacernos fama de intolerantes. Pero estaba en que mi particular encono fue patrocinado por un sofisma, el de que algo o alguien puede pertenecernos, por ejemplo, Julio Cortázar.  

El 26 de agosto, Cortázar habría cumplido 100 años de edad, lo que fue excusa para que los clichés sobre él y sobre su obra salieran al fresco de la actualidad de la mano de comentaristas y opinadores de los que podemos sospechar no lo leyeron, y no obstante, con desparpajo, aderezaron sus escritos con desleídas especies de textos ajenos a ellos: que si Rayuela, que si los Cronopios (todos ningunearon a los Famas) y párele de contar, se trataba de asentar que si el tema es el aniversario de alguien, quien sea, no están al margen. Como sentenció Vargas Llosa: priva La Civilización del espectáculo y se contenta con su lista de útiles culturales que debemos consumir para maquillar la mala conciencia: ¿Leíste El aleph? No, pero sé que lo escribió Borges que estaba ciego. Puedes darlo por leído. ¿Conoces el Museo de Arte Moderno de Nueva York? Estuve un rato y me compré una pluma y un imán, con el Guernica de Siqueiros (sic), para mi refrigerador. Marca la casilla: cumplido.

Si hablo de mi encono significa que ya pasó y acepto mi pecado: cuando leí a uno que citó un renglón de Rayuela nomás para subirse a una ola mediática, reaccioné: cómo se atreve si Cortázar es mío. Pero recapacité rápido, tal sentido de pertenencia es anti-cortazariano y además el articulista de marras medra en las antípodas políticas, económicas y sociales de Julio Cortázar. Digamos que aquel nunca citaría algo de Libro de Manuel (1973), y recurrí a mi ejemplar: Editorial Bruguera, primera edición, febrero de 1981, impreso en España y adquirido, cómo olvidarlo, en la librería Casarrubias, en Guadalajara; en el prólogo está la profesión de fe de Cortázar: “Más que nunca creo que la lucha en pro del socialismo latinoamericano debe enfrentar el horror cotidiano con la única actitud que un día le dará la victoria: cuidando preciosamente, celosamente, la capacidad de vivir tal como la queremos para ese futuro, con todo lo que supone de amor, de juego, de alegría”. El contraste entre el credo político de Cortázar y el de quien lo citó desde la ignorancia diluyó mi enojo, me reí francamente y en silencio reclamé a todos los autores icónicos: pero ya les andaba por ser escritores, miren en manos de quién están tus libros. Aunque si algo nos muestra la obra de Julio es que no era dogmático, lo atraía lo fantástico y lo azaroso que corren al margen de la vida cotidiana y que súbitamente se entrelazan con ella; en sus textos la soledad de los personajes ocurre siempre que están acompañados y asidos a sus convicciones. Cortázar fue incómodo para el sistema, no sólo por ser socialista, sino por ser crítico, de Libro de Manuel: “¿Y los libros, esos fósiles necesitados de una implacable gerontología, y esos ideólogos de izquierda emperrados en un ideal poco menos que monástico de vida privada y pública, y los de derecha inconmovibles en su desprecio por millones de desposeídos y alienados?”

Tres días después del celebrado centenario, ayer, Santiago cumplió 18 años. Músico en formación, hace meses leyó El perseguidor y sobrevino el portento: el Cortázar atemporal entró en diálogo con el adolescente, ambos se reconocieron sin dificultad y vaya alguien a saber la de cosas que se habrán dicho, el caso es que ciertas ideas de Santiago parecieron madurar de golpe, entendió que un escritor que crea un cuento así no es referencia ocasional, es compañero de vida, de perplejidades.

 

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