Los derechos hoy

Contra el discurso de odio

Desde hace algunos años estamos presenciando, en diversas partes del mundo, un proceso de polarización, en el que las sociedades están cada vez más enfrentadas, divididas, y en el que más allá de la pluralidad —deseable en cualquier democracia— pareciera que lo que unos buscan es el acallamiento, la sumisión total del contrario. Peor aún, determinados grupos sociales, identificados en torno a rasgos étnicos o religiosos, son señalados como origen de los problemas que aquejan a la sociedad y como amenaza a la misma.

En estos procesos, el uso del lenguaje desempeña un papel muy relevante. A través del discurso dominante en una sociedad, se forma una determinada visión del mundo, se establecen normas culturales y se replican las relaciones de poder. En particular, cuando el lenguaje se utiliza para referirse a grupos sociales determinados y definir su identidad, su contenido influye en la percepción del valor que tienen y del lugar que ocupan en la colectividad y, eventualmente, inciden en el comportamiento de las mayorías frente a ellos. Así, por un lado, el lenguaje perpetúa los estereotipos, arraiga los prejuicios y, por otro, cuando conlleva menosprecio, ofensas o descalificaciones, produce la marginación, estigmatización y exclusión de ciertos individuos. Cuando el lenguaje machista, homófobo o racista permea a la sociedad y se convierte en aceptable, las conductas discriminatorias son inevitables y pueden llegar a los extremos, por ejemplo, de los feminicidios o de los ataques a personas homosexuales, transgénero, etc. En suma, el lenguaje no es irrelevante; es agente de transformación de la realidad y en tal sentido, debemos cobrar conciencia de la manera en que es empleado en el discurso público.

Por supuesto, esto no debe entenderse en pugna con el derecho a la libertad de expresión. El libre flujo de ideas, noticias y opiniones es pieza esencial en la estructura del estado constitucional de derecho y condición indispensable para la existencia de una sociedad democrática. Un debate público, intenso y robusto que contribuya a la formación de una opinión pública informada, es fuente de legitimación para el régimen democrático y debe estar libre de ataduras o trabas indebidas.

No obstante, la libertad de expresión tiene un límite claro en el lenguaje discriminatorio y, fundamentalmente, en el discurso de odio. Dichos discursos —los cuales van mucho más allá de lo políticamente incorrecto— constituyen categorías de expresión ofensivas u oprobiosas con las que se descalifica a determinadas personas con motivo de su origen étnico o nacional, género, discapacidades, condición social, religión u orientación sexual, pero en el caso del discurso de odio, se añade un elemento de provocación y fomento del rechazo hacia un grupo social; un deliberado ánimo de menospreciar, encaminado a generar un clima de hostilidad, susceptible de concretarse en espacios de impunidad para las conductas violentas. Basta constatar el aumento alarmante en Estados Unidos de los ataques derivados directamente del discurso antimexicano y antimusulman que predomina desde el poder público y que incita a la violencia hacia ellos, bajo un manto implícito de aceptación.

En este sentido, si bien la Suprema Corte ha sido enfática en señalar que la libertad de expresión constituye uno de los pilares de de la sociedad democrática, también ha establecido con toda claridad, que el lenguaje discriminatorio y los discursos de odio no encuentran protección constitucional. Particularmente en el caso del discurso homófobo, dejó sentado que las expresiones que conlleven una incitación, promoción o justificación de la intolerancia hacia la homosexualidad, por considerarla una condición de inferioridad, constituyen un acto de discriminación, vedado por la Constitución.

El lenguaje construye la realidad, influye en las percepciones que transmitimos a las futuras generaciones respecto del mundo que nos rodea. Si queremos una sociedad inclusiva, en la que todas las personas puedan disfrutar de sus derechos a no ser discriminados y a vivir con dignidad, no podemos darnos el lujo de minimizar la carga de las expresiones que usamos en público y en privado. Para ventilar nuestras diferencias, debemos partir de un diálogo respetuoso e inclusivo y no olvidar nunca que las palabras importan.