Columna invitada

Ética Ambiental III. La soberbia y El Zapotillo

Las últimas dos entregas han abordado aspectos de ética ambiental para reflexionar sobre cómo ciertas actitudes, hábitos o vicios están vinculados a los problemas ambientales. La reflexión está basada en el trabajo de Philip J. Cafaro.

El segundo vicio del que habla Cafaroes la arrogancia o soberbia, la cual se puede entender como dar mucha más importancia a uno mismo que a los demás. Etimológicamente “soberbia” viene del latín superbia (correspondiente al griego huperbios), que no solo significa estar por encima de los demás, sino por encima de la vida. Al contrario, humildad viene de humilitas, es decir cercano al humus o cercano a la tierra. El problema con el vicio de la arrogancia es que nos vuelve más egoístas, aislándonos de los demás y del mundo. Como ya apuntaban Aristóteles y Tomás de Aquino, la soberbia, como cualquier vicio, nubla nuestro razonamiento para así justificar nuestras acciones, llevando nuestra vida a niveles inferiores de existencia e impidiéndonos actuar justamente.

Al ponernos a nosotros mismos por encima, es posible identificar los daños que causamos a los demás o al medio ambiente. Un ejemplo es cuando los dueños o directivos de una empresa dan más importancia a sus utilidades y la de los accionistas, que a otros factores como la calidad y el valor de vida de sus empleados que pueden enfrentar condiciones deplorables de trabajo, o a la salud de las comunidades que viven junto a sus fábricas y se enferman por las emisiones, descargas y residuos generados por la empresa. En última instancia la arrogancia explicaría la relación de la especie humana respecto a otros seres vivos al suponer que el ser humano vale más. Vernos como dueños de la naturaleza puede explicar el desdén o superficialidad con la que consideramos los problemas ambientales.

Este vicio también puede aparecer en la esfera pública relacionada con el manejo de los recursos naturales. Podemos citar como ejemplo el caso de la presa de El Zapotillo en los Altos de Jalisco que podría inundar Temacapulín y otras localidades. No voy a entrar en detalles técnicos o legales sobre la historia del caso, de eso ya se ha escrito mucho. Más allá de los impactos ambientales que ocurrirán por la desaparición del ecosistema actual debido a la inundación, la justificación de reubicar a la población de la zona sea sólo para llevar agua a la población de León o Guadalajara, implica que la población de las ciudades es más importante que la población de la zona inundable, algo que por donde se vea desborda arrogancia. Ni hablar de las declaraciones de funcionarios ambientales indicando que permitir que el agua de los ríos llegue al mar es un desperdicio. Como principio, las políticas públicas o económicas tienen como objetivo el desarrollo y mejora de las condiciones de vida de toda la población. La teoría indica que estas políticas o intervenciones deberían llevarnos a situaciones que sean un “óptimo de Pareto” o una situación donde todos los involucrados estén mejor que antes, o por lo menos no estén peor, sin duda algo difícil de lograr. Buscando simplificar la toma de decisiones, con base en el trabajo de dos economistas de los años treinta del siglo pasado, surgió la regla o criterio de “Kaldor-Hicks”. Este criterio indica que una situación, en este caso un proyecto, sería económicamente eficiente y entonces socialmente deseable (una simplificación muy controversial), si las utilidades de los beneficiarios fueran mayores o iguales a las pérdidas de los perjudicados por el proyecto; este es el fundamento para la realización de estudios de costo-beneficio. Uno de los grandes problemas de este enfoque es que la teoría macroeconómica no requiere que aquellos que sufran las pérdidas deban de hecho recibir la compensación, a pesar de que en teoría habría recursos suficientes para ello; basta con que los beneficios sean mayores a los costos, como sea que estos hayan sido determinados (cómo medir los costos y beneficios es otro de los problemas de éstos análisis). Si ésta compensación no ocurre de forma tal que los perjudicados queden conformes, el proyecto podría parecer “socialmente conveniente” a escala macro, pero en realidad generaría altos costos pues acentuaría la inequidad social y la inequidad en la distribución de la riqueza. Los ricos en las ciudades serían más ricos, los pobres del campo más pobres. Claro, además de los costos sociales se generarán costos por los impactos ambientales del proyecto, también difíciles de cuantificar y de compensar. Si es cierto que el proyecto generará tantos beneficios como claman sus promotores, si las autoridades dejaran a un lado la arrogancia y se sentaran a dialogar de igual a igual con los pobladores de la zona y las organizaciones socio-ambientales, seguramente podrían llegar a un acuerdo.

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Referencias

Cafaro, P.J. 2005. Gluttony, arrogance, greed and apathy: anexploration of environmental vice. Chapter 9. En Sandler, R. y Cafaro, P.J. EnvironmentalVirtueEthics. Rowman and LittlefieldPublishers, EE.UU.

P.D. Hasta Tailandia y bugambilias.

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Es investigador postdoctoral del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la UNAM. http://arbalto.blogspot.mx/