Columna invitada

Consumo, contaminación y codicia (Ética Ambiental IV)

Así las personas materialistas se aíslan poco a poco guiadas por un deseo que no pueden satisfacer centrándose cada vez más en el acto pasivo de poseer y acumular cosas, más allá de disfrutar de actividades y relaciones interpersonales.

La avaricia, el tercer vicio que describe Cafaro asociado a los problemas ambientales, es el deseo de poseer más recursos de los que uno necesita o merece, un deseo que nos impide ser generosos ante necesidades ajenas o responder ante las injusticias. La avaricia y el materialismo dañan a la persona pues se ha probado que después de cierto nivel de bienestar, la acumulación de más riqueza no significa más felicidad (Lane, 1991); incluso el enfoque materialista pone en segundo plano otros elementos de una vida feliz como una vida personal o un trabajo más satisfactorios. Así las personas materialistas se aíslan poco a poco guiadas por un deseo que no pueden satisfacer centrándose cada vez más en el acto pasivo de poseer y acumular cosas, más allá de disfrutar de actividades y relaciones interpersonales. Las virtudes que son antídoto contra este vicio son la generosidad y la modestia.

La codicia es también una causa de problemas ambientales. Primero al ser dominados por ella, se reducen los gastos en protección ambiental transformando el agua y el aire limpios y la vida silvestre en un lujo: las utilidades económicas se ponen antes que cualquier otra cosa. Se reducen las inversiones en equipos de control de la contaminación o la inversión en acciones de protección ambiental que den un manejo sustentable a los recursos naturales (p.e. sistemas de reciclaje y tratamiento de agua y de aire, reforestación, o prácticas para mantener el uso de recursos naturales dentro de los límites de la capacidad de carga). También, por no perder capital político, y por desviar fondos públicos a otros fines, no se recaudan ni destinan recursos suficientes para el pago de servicios ambientales de los ecosistemas o para pagar la operación de las plantas de tratamiento de aguas ya construidas. Por una segunda vía, la avaricia también deteriora los procesos democráticos al crear presiones políticas vía la gestión o lobbying de regulaciones favorables para que ciertas empresas o grupos de interés obtengan mayores beneficios económicos o se eliminen leyes que controlan la contaminación de sus operaciones porque estas representan costos. No es accidente que justo cuando Estados Unidos y otros países de la OCDE comienzan a endurecer las regulaciones para reducir el consumo de combustibles fósiles, las grandes empresas petroleras vengan junto con la reforma energética.

Finalmente, la avaricia promueve la envidia del pobre y la vanidad del rico erosionando así el capital social que permitiría la construcción de comunidades felices y solidarias; estas motivaciones promueven el sobreconsumo de recursos y la generación de residuos que son las manifestaciones más palpables de los problemas ambientales. Estas actitudes, envidia y vanidad, son enaltecidas y estimuladas por medio de la publicidad y mercadotecnia. El secreto para vender nuevos productos es crear una necesidad, y como sociedad y cultura estamos entrenados y programados para desear y consumir; desde nuestra más tierna infancia estamos expuestos a miles de anuncios e invitaciones a comprar. Este proceso de deseo-compra se puede convertir en un círculo vicioso. Incluso la codicia puede aparecer en parte en fenómenos como la ludopatía o la corrupción cuya promesa es buscar el dinero fácil, casi gratis. Tenemos infinidad de invitaciones a comprar, que también significa consumir recursos y contaminar, las invitaciones están en los anuncios “espectaculares”, en los parabuses, en el radio, los volantes, la televisión, internet, teléfonos, revistas, periódicos, uniformes deportivos, en los baños… pero el caso más aberrante que refleja lo irrelevante que puede a ser el medio ambiente para algunas empresas son los “espectaculares móviles”. Esos autos que se pasean quemando combustible, contaminando y contribuyendo más al tráfico en una ciudad donde la calidad del aire es un problema gravísimo para tratar de convencerte de comprar algo. Estos anuncios son la peor publicidad que puede tener una empresa pues nos dicen: nos importa tu dinero, no tu salud.

• • •

Referencias: Cafaro, P.J. 2005. Gluttony, arrogance, greed and apathy: an exploration of environmental vice. Chapter 9. En Sandler, R. y Cafaro, P.J. Environmental Virtue Ethics. Rowman and Littlefield Publishers, EE.UU.
Lane, R. 1991. The Market Experience. Cambridge. Cambridge University Press, 524–47; citado en Cafaro (2005).

• • •

Arturo Balderas Torres es investigador postdoctoral del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de laUNAM. http://arbalto.blogspot.mx/