Perfil Mexiquense

Nuestros jóvenes

Después de fustigar con vehemencia a la Iglesia apegada al dinero, a los traficantes de la muerte, el acaparamiento de las tierras por multinacionales, la indiferencia de un mundo saturado de información, a los traficantes de armas, a los sacerdotes que sucumben ante las tentaciones del narcotráfico y a muchos otros actores mexicanos que embonan en sus señalamientos, el Papa Francisco también tuvo palabras para los jóvenes.

Les dijo que es mentira que el narcotráfico sea la única opción de vida. Les señaló que la juventud es la mayor riqueza del país, y la llamó a no dejarse tratar como mercancía. Indicó que es mentira que la única forma que tienen de vivir los jóvenes aquí es en la pobreza y marginación". Observó que la mayor riqueza de este país son los jóvenes y remarcó que Jesús jamás los llamaría a ser sicarios y los llama discípulos.

Es obvio que el Santo Padre ha hablado sin conocer a fondo el país que visita, sino por lo que ha tenido a la vista. Aun así lo ha hecho con bastante tino, aunque no sabe que atrás de esa juventud que efectivamente, representa la mayor riqueza de México, existe una aplastante pobreza que campea en todas partes y que no permite que los talentos que se producen en lo más recóndito del territorio, se ventilen y brillen.

Muchos tienen que sucumbir ante las tentaciones del crimen, porque se vive en un lugar sin oportunidades. En parajes apartados en donde lo menos que llega es un buen consejo y lo más cercano es la tierra sembrada de estupefacientes. Alquilarse para trabajarla reviste ocasión para satisfacer la incidencia más importante: comer.

Muchos sueñan con crecer y multiplicar las filas del crimen, porque los hace tener dinero de manera supuestamente fácil y por ello, mientras crecen, juegan a sicarios y policías. Una vez que alcanzan cierta edad se enrolan en las columnas del delito, con la conciencia clara de que posiblemente su vida no sea larga o normal, pero sí satisfactoria, porque dejarán a sus familiares con dinero suficiente para que no sufran tanto, una vez que irremediablemente la muerte los alcance.

Otros no lo sospechan, pero un buen día se convierten en víctimas de esa especie de leva perversa del crimen, que levanta a jóvenes para que sirvan de carne de cañón a sus fines. Ahora se estila que los enganchan a la fuerza y luego les ordenan asesinar, incendiar y cometer los ilícitos a disposición, a cambio de unos cuantos pesos.

Muchos más ven con envidia a sus políticos, porque se enriquecen de manera escandalosa de la noche a la mañana; gozan de impunidad y aún presumen lo que obtienen de manera ilícita y en ese envidioso observar disponen también de lo ajeno, sin conciencia plena de por qué unos pueden y otros no.