Perfil Mexiquense

Sexenio de más de seis

Mucha gente se pregunta: "¿por qué las cosas cambiaron tan drásticamente en México, en donde ya no existe en ningún lugar autoridad capaz de aplicar la ley con absoluta equidad, sin tomar en cuenta los fajos de billetes que se ofrecen, sino con la convicción de hacer pagar sus crímenes a los criminales? ¿Por qué los que mandan dejaron de ordenar a quienes procuran justicia que cumplan cabalmente con su papel?

¿Por qué los políticos que cometen todas las atrocidades a su alcance tienen además la complacencia del que jerárquicamente está más arriba? ¿Por qué los políticos de antaño que se hicieron multimillonarios parecen ahora caricaturas frente a los modernos, que han sido capaces de destruir prácticamente los lugares en donde se desenvuelven, por llevarse todo, absolutamente todo?

¿Por qué los parientes de los que mandan se han convertido en émulos de éstos y aún más, cometen todos los crímenes inimaginables y cuentan con la protección del familiar encumbrado, pero además de los patrones de ellos, que desempeñan los puestos estrictamente para servir a sus amigos y familiares y ya no hay quien ponga el menor remedio?

Pero sobre todo, si los sexenios inmediatamente anteriores fueron malos, ¿por qué éste da la impresión de haberse alargado más de la cuenta? Seguramente la respuesta a las preguntas anteriores las tienen todos los mexicanos, cada quien a su manera, pero convergentes en sus dictámenes. Se acabó la mano firme y la voz atinada que ordenaba y se hacía cumplir.

Ahora, esa mano y esa voz están al servicio de los que urden estratagemas inclusive muy burdas para llevarse todo lo que tenga algo de valor, sin que importe mínimamente el juicio popular. Al fin y al cabo, éste no dicta sentencias y el cinismo ha crecido a tal grado, que no importa quién los señale. La autoridad que debe actuar no lo hace. Está coludida y atiende mejor al que deja un puñado de monedas que al que denuncia haber sido objeto de un crimen.

Hoy, ahí está Veracruz. Con un gobierno al servicio de sus propios mandatarios, de los pudientes intocables que olvidaron lo que significa tener vergüenza. Al cabo que ni siquiera la sienten. Su defenestrado gobernador no puede ordenar a su fiscal actuar con imparcialidad en los casos que a ellos no les causan vergüenza, pero sí a todo el país ante los ojos del mundo.

Allí están las víctimas de los propios gobernantes. Todos se tapan y si parecía que había animadversión en contra del gobernador Javier Duarte, a quien le esperaba un juicio político, el Congreso local acaba de desechar tal recurso. Alguien dijo que tiene más vocación de delincuente que de político. Pero no es el único. Eso sí, está en la competencia por hacer ver si es el peor.