Perfil Mexiquense

La Pifia De Poiré

Parece que las ansias de justificar la declarada guerra al llamado crimen organizado traicionaron el sexenio pasado al entonces presidente, Felipe Calderón Hinojosa y a los funcionarios que pretendían dar una buena noticia, no en aras de servir a la sociedad, sino con el afán de quedar bien con el mandamás, en un acto que significaba coadyuvar con la intención presidencial de hacer ver a los ciudadanos que era capaz de ganarse la silla en la silla.

Cada vez que era atrapado algún capo de las drogas importante o cada vez que era muerto, la voz de Felipe Calderón se erigía en conferencia de Prensa para dar a conocer los hechos, que llegaron a ser considerados por nuestra sociedad, más bien como meras presunciones que traerían consigo actos violentos. No fueron pocas las ocasiones en que los malosos respondían con una colección de cabezas cercenadas, ya en Guerrero, ya en Michoacán u otra entidad.

Cuando eso ocurría, se engendraba una preocupación en la sociedad mexicana que nuestros funcionarios no eran capaces de registrar. Después de un anuncio, muchos paisanos esperaban el rodar de las testas mutiladas, que las estadísticas ya ni captaban. Seguramente por eso, las cifras de México no concordaban con las de Estados Unidos, pues mientras aquí se decía que la guerra había dejado por ahí de los 70 mil muertos en el sexenio, en la Unión Americana se hablaba de más del doble.

Detener al Chapo Guzmán en esa época hubiera convertido el día en nacional, pero la guerra parecía emprendida para quienes asolaban Michoacán; aunque es justo reconocer: hubo que ejercer acciones contundentes en Ciudad Juárez y en otros estados norteños.

En 2010, la flecha que llevaba la noticia dio en el blanco. Alejandro Poiré, entonces secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional la disparó con orgullo, sin contar con la mínima prueba. Ni siquiera con una fotografía: Nazario Moreno, con su cauda de motes, había muerto en un tiroteo en Apatzingán.

El comunicado fue vitoreado y muchos se fueron con la finta, aunque muchos también dudaron, porque no había indicios claros. Algunos periodistas se atrevieron a decir entonces que se trataba de una farsa y resultó cierto. La suspicacia fue bien usada para no creer la mentira propalada por el gobierno.

Tal vez, en los adentros del mismo funcionario, no lo creyó del todo, después de advertir que no había un elemento que justificara la muerte del capo escritor. (Hay que recordar que escribió un libro llamado "Pensamientos", que le servía de guía moral y para adoctrinar a otros miembros de la organización). Por eso se apresuró a aceptar que en su momento incurrió sin querer en una pifia que ya quedó para la historia.