Perfil Mexiquense

Impunidad, parte del problema

Las circunstancias en que vive el país a raíz de los acontecimientos de Iguala, hace exactamente dos meses, han orillado a la Presidencia de la República a adoptar medidas en las que seguramente no pensaba y que la barbarie cometida por el gobierno local en contra de estudiantes, un día como hoy, ha convertido en urgentes, para tratar de apaciguar los encendidos ánimos de muchos mexicanos, reprimidos durante años.

Se dice que esta semana se anunciará una reestructuración del sistema de justicia para abatir la impunidad y garantizar el respeto a los derechos humanos, con la desaparición de cuerpos policíacos y la creación de nuevas dependencias que coordinen políticas de justicia, como la Secretaría de justicia. Para ello se aprovecharía la intervención de un grupo de trabajo integrado por legisladores, académicos y funcionarios públicos.

Tarde, pero necesario. Aunque también se debería tomar en cuenta que gran parte de la irritación popular, acumulada en las conciencias impotentes de los mexicanos, deviene de la impunidad con que operan los políticos, dueños de los territorios que gobiernan, en donde hacen y deshacen a placer con cinismo inusitado, sin reparar en que el pueblo se da cuenta cabal de sus acciones y de que la justicia no existe para esos pudientes.

No es necesario ser adivino para saber que en las manifestaciones públicas intervienen vándalos a quienes alguien utiliza con dinero. Las movilizaciones cuestan y alguien interesado en agitar en contra del gobierno las costea. Dichas actitudes son aprovechadas también por los que acuden por cuenta propia a descargar su resentimiento y una vez confundidos en el maremágnum de las manifestaciones, se contagian y también exigen renuncias de funcionarios.

La misma ola creciente de delincuencia es propiciada, en parte, por la rabia de los que no tienen nada, ante la burla de políticos que ni siquiera se hartan con lo que se llevan para que vivan sin zozobra todas sus generaciones. Verbigracia, los Romero Deschamps, los Moreira, los Herrera Beltrán y muchas decenas más, capaces de blindar sus cuerpos con una mísera parte de lo sustraído del erario público. ¿Quién es el valiente que ponga aunque sea a uno como ejemplo de que la justicia es pareja?

Muchos mexicanos juzgan a estas alturas que lo que ocurrió en el estado de Guerrero, después de lo de Iguala, quedó inconcluso, pues la renuncia del gobernador y la captura del matrimonio Abarca-Pineda no son suficientes. "Lo peor ya pasó". Sentenció el inconsciente y trasnochado gobernador sustituto, Rogelio Ortega Martínez, tras la detención de la llamada pareja imperial. La impunidad en esa entidad es también el sello que pulveriza las esperanzas.