Perfil Mexiquense

Guerrero a un mes

En Guerrero no operan algunos refranes que se tienen casi por verdades absolutas, como aquel que reza: “después de la tempestad viene la calma”; pues a un mes de las inundaciones provocadas por la tormenta tropical Manuel, efectivamente, los guerrerenses vieron al fin el Sol, pero no han sentido un momento de paz, sino que más bien han resentido la presencia de sus gobernantes, a quienes consideran partícipes de sus males.

En Tixtla, por ejemplo, tierra que vio nacer a Vicente Guerrero y a don Adolfo Cienfuegos y Camus, los habitantes han recrudecido sus protestas contra su presidente municipal, Gustavo Alfredo Alcaraz, quien mandó cerrar el desfogue de la laguna porque, junto con su hijo, tiene un inmenso criadero de tilapia y de otras especies comestibles y de venta fácil.

Con la caída de agua en demasía, llevada por la tormenta, los márgenes cedieron a la creciente y la laguna se desbordó, al grado de que a un mes de transcurrido el suceso, Tixtla vive inmersa en el agua, que no ha bajado más que unos centímetros.

Se ha convertido pues, aún con toda proporción guardada, en la Venecia suriana, sólo que con demasiado lodo por todas partes; con las enfermedades del caso, que ya comenzaron a proliferar y con olores nauseabundos que se acumulan en los lugares en donde el agua se pudre junto con todo lo que allí se junta.

Otra calamidad que sufren los tixtlecos, igual que los moradores de muchas poblaciones afectadas, es que el agua arrasó hasta con los documentos en libros que los acreditaban como seres humanos. Es decir, después de la tempestad quedaron sin identidad y ahora no tienen cómo confirmar que son quienes dicen ser. En este campo, los jueces tendrán que trabajar intensamente para volver a dar identidad a miles y miles de guerrerenses que en alguna oportunidad tendrán necesidad de comprobar su personalidad.

Por otro lado, la gente de diferentes poblaciones se quedó con las ganas de que las autoridades hicieran realidad el castigo que se anunció para los comerciantes voraces, que han aprovechado la escasez de comestibles para encarecer los precios a grados estratosféricos. Escucharon decir que serían sometidos a penas severas, pero estos se ríen de la amenaza, seguramente porque con antelación sabían que era de los dientes hacia afuera.

Los mismos lugareños dicen que perdieron poco, pero al mismo tiempo todo: la endeble casa de barro y palapa con lo que había adentro, la mayoría, pues de todas maneras no tenían nada más. Desean con vehemencia que el gobierno federal, principalmente, se concientice de su pobreza extrema, que no les deja aliento ni para llevar a la boca los escasos alimentos de las despensas que ahora les reparten.