Perfil Mexiquense

Envidia

Confieso que desde el 17 de este mes, en que fue anunciada la muerte del escritor colombiano Gabriel García Márquez, premio nobel de literatura, he sentido envidia que me ha provocado mucha gente, por haber tenido que leer a multitud de periodistas que aseguran haberlo conocido de manera espontánea, abordado y tenido pláticas largas y amenas con él.

También recibí en el correo electrónico muchas fotografías de amigos retratados con el enorme escritor, forjado en esas lides que tantos galardones le dieron, con base en un tesón inquebrantable, voluntad férrea y disciplina sin discusión, que en su mocedad lo mantuvieron postrado ante la máquina de escribir durante 12 horas consecutivas cada día durante muchos años, de acuerdo con su propia confesión y que durante los últimos de su vida lo hacían levantarse a las cinco de la mañana para comenzar con la tarea de toda su existencia: traducir en letras lo que tenía en la mente.

Amigos que para nada se dedican al quehacer que impone el ejercicio del periodismo o que jamás han escrito una línea a manera de verso o simplemente que no sienten ninguna atracción por escribir nada de nada, me mandaron fotografías al lado de García Márquez. Yo era su vecino y jamás tuve la oportunidad de encontrarlo en la calle ni en algún restaurante para ir a decirle lo mucho que lo admiraba. Esa suerte no me tocó y acepto que me hubiera gustado sobremanera. Por eso siento envidia.

Hace muchos años, cuando escribía por el prurito que le imponía su vocación, seguramente sin pensar en premios, supe del puñetazo que le asestó su entonces amigo y también escritor y premio nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, para llamarlo enseguida Cortesano de Fidel Castro. El suceso los enemistó para siempre, según se supo.

En Washington tuve oportunidad de conocer al Zar Antisecuestros de Colombia, Alberto Villamizar Cárdenas, amigo de García Márquez, quien me relató que el escritor quería escribir un libro sobre el secuestro de su esposa, cuyo rescate logró él mismo y que sólo era cuestión de ponerse de acuerdo para hacerle el relato. Hablaba de tiempos pasados y el libro, efectivamente, vio la luz.

Las únicas ocasiones que tuve de conocer al magnífico escritor, fue a través de varias de sus obras, capaces, sin proponérselo, de enseñar a todos los periodistas diversas técnicas, que van desde el quehacer de reportear hasta el de vaciar el producto. Lo imaginé cuando escribía sus Cien Años de Soledad, su Crónica de una Muerte Anunciada (título que ha servido a tantos), Noticias de un Secuestro, El amor en los Tiempos del Cólera, El coronel no Tiene Quien Le Escriba, que por cierto robé a mi padre en un descuido.