Perfil Mexiquense

Casinos mexicanos

Hace apenas una docena de años, los mexicanos discutíamos sobre la conveniencia de que se aceptaran los casinos en México y, a decir verdad, un servidor defendía la idea con el argumento de que muchos países del mundo se allegaban buena cantidad de recursos mediante las apuestas y de que no forzosamente serían establecimientos en donde se fomentaría la ingestión de bebidas alcohólicas, el consumo de drogas y la prostitución.

Más bien, serviría en alguna medida, para evitar que los mexicanos tuvieran que viajar a otros países en busca de diversión y a dejar cantidades insospechadas de dinero o en otros casos, los ahorros de mucho tiempo y para que otros paisanos conocieran una forma diferente de distracción, con oportunidades de llevar alguna extra a sus hogares, si la suerte les sonreía.

De los juegos con apuestas en México se ha hablado muchos años. Porfirio Díaz los autorizó en 1907; Lázaro Cárdenas los prohibió. Abelardo Rodríguez volvió a autorizarlos en forma de hipódromos y Miguel Alemán expidió la Ley de Juegos y Sorteos, que puso en manos de la Secretaría de Gobernación, para que los controlara, vigilara y reglamentara.

Sin embargo, durante muchos años hubo resistencia a permitir casas de juegos parecidas a las de Las Vegas, con todas las apuestas que se conocen a lo largo y ancho del mundo, como el Bacará, el póquer, la ruleta, el 21 y las conocidas máquinas tragamonedas. En todos los rincones se discutía si era conveniente o no.

Los que estábamos a favor, olvidamos que México es el país de las impunidades y que los casinos caerían en manos de millonarios tramposos que engrosarían el caudal de su riqueza aprovechándose de la ingenuidad de millones de mexicanos que recurren a todos los santos, a los amuletos y hasta a duendes milagrosos, para arrebatar unos cuantos pesos a las máquinas traga perras, como las llaman en España.

Un funcionario de Gobernación me comentaba que en las Vegas existen aparatos que aplican a las máquinas, que demuestran cuál es el porcentaje para el casino y para los jugadores. En caso de que un aparato esté alterado, se aplican castigos muy severos. En México no hay nada de eso; lo que permite que los dueños manipulen las computadoras con un porcentaje demasiado alto para ellos y casi nada para los apostadores.

La suspicacia mexicana, desconfiada hasta el tuétano, dice que los establecimientos cerrados al llamado zar de los Casinos, Juan José Rojas Cárdenas, ocurrió porque seguramente se negó a pagar el entre convenido a algún funcionario. Aunque fuera de otro modo (se dice que un juez encontró muchas anomalías en los permisos), así nos han enseñado a pensar.