De política y cosas peores

De política y cosas peores

Yo digo que el Centro Histórico de la Ciudad de México es uno de los sitios urbanos más bellos de este mundo y los otros. Ahora lo veo limpio, seguro y ordenado, y doy las gracias a quien corresponda por cuidar ese joyel para nosotros, los mexicanos todos. No diré que es un espacio celestial donde conviven los ángeles y los arcángeles con los serafines y los querubines. Igual que en todas las grandes ciudades en él hay problemas de todo orden y desorden. Aún así cuando camino por sus calles, guiado por don Artemio y don Luis González Obregón, siento que voy pasando por el corazón de México. Ahora estoy en la de Donceles. Ahí viven y moran unos amigos míos queridísimos: los libros. En efecto, esa calle de nombre antiguo y prestigioso está llena de librerías en cuyas mesas y anaqueles -plúteos se oye muy feo- suelo hallar verdaderas maravillas. Es en los baratillos donde he encontrado mis más caros libros. Caros no de costosos: caros de queridos. Vean ustedes, por ejemplo, éste que compré hace días. Se llama El lirio de mis penas, y su autor es Maximiliano Salazar Centella, "poeta y barbero del crucero, entre los poetas el primero, aunque le pese al mundo entero". Publicado en Mérida en 1952, el libro tiene una dedicatoria manuscrita: "Con la mirada hasta el cielo, / y esto es lo que yo anhelo / de esta vida transitoria, / ha salido de mi memoria / dedicar este libro en verso, / para que se distraiga después del almuerzo, / y se lo dedico con todo cariño, / con la inocencia de un niño, / al doctor José María Espinoza, / que para mí es la gran cosa". Y firma El Poeta del Crucero. En su prólogo el autor dice esto: "Desprevenido lector: El opúsculo intrascendente que sostienes en las terminaciones prehensiles de tus antenas toráxicas contiene un haz feérico de construcciones asindéricas, ecolalias de infantilismo prolongado sobre un substratum de oligofrenia congénita, y ecopraxias de esquizofrenias malevolentes. Enfoca, lector, la incidencia catódica de tus retinas sobre los folios vírgenes, y ríe o llora según te dicte tu protervia innata". Hasta parece que eso lo escribí yo. Viene en el libro una historieta cuyos versos, bien medidos y rimados bien, no parecen obra de su autor. Hela aquí, con algunos cambios: "Fue a confesarse un cuitado / que por miedo o repugnancia / desde su más tierna infancia / no se había confesado. / "¡Padre! -exclamó con fervor-. / Mis culpas vengo a contar / porque me voy a casar, / y soy un gran pecador. / A no ser porque me caso / pienso que no confesara, / por miedo que me causara / dar este cristiano paso". / "¿Pues tanto, hermano, pecó?" / -dijo el cura con espanto. / Y él respondió: "Ha sido tanto / que casi se me olvidó". / "¿A Dios ofendiste?". "Sí". / "¿Blasfemaste?". "Sí". "¡Qué escucho! / ¿Faltaste a tus padres?". "Mucho" / "¿Mataste?". "No, pero herí". / "¿Y robaste?". "Su dinero / le robé al grande y al chico: / banquero fui, fui político, / comerciante y usurero". / "Grandes las culpas que citas. / ¿Deseaste ajena mujer?". / "¿Qué más podía yo hacer / si suelen ser tan bonitas? / En fin, padre, mis pecados / han sido tantos y tales / que no habrá muchos mortales / como yo tan condenados. / Vengo a pedirle perdón / y absolución de mis daños". / El cura, tras mil regaños, / entre cristiano y burlón / le dijo: "El Día del Juicio / el Señor te va a hacer polvo. / Pero, en fin: Ego te absolvo. / Por mí no sufras perjuicio". / El penitente, que en ascuas / estuvo cuando eso oyó, / de la iglesia se salió / más contento que unas pascuas. / Pero al trasponer la puerta, / y ya cerca de la esquina, / una duda repentina / en su mente se despierta. / Y es que con tanto pecado / el cura que lo escuchó / penitencia no le echó, / como es justo y obligado. / Y por si tanta bondad / fue un olvido involuntario / regresó al confesionario / y dijo con humildad: / "Le repugna a mi conciencia / hacerle un engaño a usted. / Se le olvidó a su merced / ponerme la penitencia". / Dice el cura: "¡Qué bruto eres! / Dime, pecador vulgar: / si ya te vas a casar / ¿qué más penitencia quieres?"... FIN.

 

MIRADOR.

Hemos plantado cien nogales en la huerta que llaman La Carrera porque antes de nosotros ahí se hacían las carreras de caballos.

En el Potrero de Ábrego los nogales se dan bien. Hay unos, centenarios, que parecen catedrales. En sus ramas habita una república de pájaros, y bajo su sombra podría caber todo un país. No muy grande el país, lo reconozco, pero país al fin.

Estos nuevos nogales son árboles niños. Tienen la estatura de mis pequeños nietos. Con ellos crecerán; serán ellos quienes disfrutarán sus frutos. Vendrán otros nogales y otros niños. La vida, sin embargo, seguirá siendo la misma, siempre vida, y en ella estaré yo, quizá niño, quizá árbol.

No sé si en la eternidad haya una vida.

Sí sé que en la vida hay una eternidad.

¡Hasta mañana!...

 

MANGANITAS.

"... Triunfan mexicanos en Hollywood...".

Me vino una idea ridícula

que contiene algo de crítica:

cine es también la política,

pues aquí es pura película.