De política y cosas peores

De política y cosas peores

"Muy bien, señorita -le dijo el psiquiatra a su asistente-. Páseme a la ninfomaníaca ésa, y usted tómese el resto de la tarde libre". Hacía mucho tiempo que don Crásido no se pesaba. Un día subió a la báscula del baño. Como no alcanzó a ver los números se caló sus anteojos. "¿Qué te parece? -le comentó con asombro a su mujer-. ¡Estos lentes pesan 12 kilos!". El agente de tránsito detuvo al automovilista que pasó frente a la Cámara Baja y le dijo con severidad: "Casi atropelló usted al diputado Per du Lario. Se libró sólo por unos cuantos centímetros". "¡Cuánto lo siento, oficial! -se disculpó el conductor muy apenado-. ¿Quiere usted que haga un segundo intento?". Terminado el acto del amor Meñico Maldotado, joven con quien la naturaleza se mostró avara en la parte correspondiente a la entrepierna, le preguntó a su pareja si le había gustado la ocasión. "Sí -respondió ella con cierta frialdad-. Ahora tráeme una estampilla de correos. También me gusta leer". Un lugareño y el amigo que lo visitaba se iban a bañar en el río cercano. Estaban ya sin ropa cuando llegó un grupo de lindas muchachas. El del lugar se cubrió rápidamente con una toalla las partes pudendas. El otro, ante el regocijo de las chicas, se enredó su toalla en la cabeza. Pasado el trance el lugareño le preguntó a su amigo por qué había hecho eso. Respondió el otro: "En mi pueblo las mujeres nos identifican por la cara". Soy dueño del extraño arte de no quedar bien nunca ni con los tirios ni con los troyanos. Lo que sucede es que procuro sobre todo merecer la buena opinión de la persona que tengo más cercana y que me acompaña siempre a donde voy: yo mismo. Alguien llamará a eso egocentrismo. Otros, melodramáticos, hablarán de integridad. Lo cierto es que trato de ser fiel a mis convicciones y -más importante aún- a mis sentimientos. Antes renunciaría a mi tarea de escritor que decir mal de quien un día me hizo un bien. Pero me estoy alargando en el preámbulo, exordio, introducción, prefacio, limen, prolegómeno, introito, prefación. (Nota. Nuestro amable colaborador se alarga también en una prolongada serie de sinónimos de la palabra "preámbulo", lista que por falta de espacio nos vemos en la penosa necesidad de suprimir). Por estos días se debate en mi natal Coahuila el derecho de las parejas formadas por personas del mismo sexo a adoptar un hijo. Yo simpatizo grandemente con los homosexuales y con su lucha por obtener el respeto cabal a sus derechos. He apoyado los llamados matrimonios entre personas del mismo género. Por eso sentí mucho no haber podido asistir en mi condición de varón heterosexual al acto celebrado en Monterrey, en el cual numerosas parejas homosexuales se casaron simbólicamente. Me habría gustado acompañar a quienes participaron en esa ceremonia -que en última instancia es una demostración de amor-, para desearles todo bien. Debo decir, sin embargo, que vacilo cuando se trata de la adopción de menores por las parejas homosexuales. En este caso interviene una tercera persona que no puede expresar su consentimiento, y cuyo derecho debe también ser respetado, pues se le hace entrar sin su voluntad en una situación excepcional que lo distinguirá del común de las personas de su edad. Estoy seguro de que la pareja homosexual puede dar tanto amor a una criatura como la pareja formada por hombre y por mujer, y no creo que la convivencia familiar con dos personas del mismo sexo influya en el futuro comportamiento sexual del adoptado. Pero, para decirlo con palabras que quizá sonarán duras, un niño no es un perrito al que se lleva a casa para quererlo y que nos quiera. Todo lo concerniente a la criatura debe ser objeto de cuidadosísima atención lo mismo por los legisladores que por las personas que en ese niño buscan, a más de darle amor, satisfacer sus propias necesidades afectivas. En todo caso este delicado tema ha de abordarse sin politiquerías ni prejuicios, sino con un profundo sentido de responsabilidad. Como mis cuatro lectores han advertido ya, tampoco hoy quedaré bien ni con los tirios ni con los troyanos. A unos y a otros les pido me disculpen si acaso he incurrido en imprudencia o en error.

 

MIRADOR.

Después de muchos años de buscarla, John Dee encontró por fin la piedra filosofal, que convierte en oro todo lo que toca.

A nadie dijo de su hallazgo, pues había oído hablar de un monarca de Oriente que, aunque era inmensamente rico, ansiaba tener más riquezas. Haría el viaje hasta su reino y le vendería la piedra. Con eso él mismo sería rico para siempre.

Hizo el viaje, pues, John Dee. Cuando llegó a su destino encontró que el reino de aquel monarca estaba desolado. Su pueblo estaba en la pobreza y sufría hambre; los campos, antes florecientes, eran ahora un páramo, un erial.

Se presentó John Dee ante el soberano y le dijo:

-Traigo conmigo la piedra filosofal, que convierte en oro todo lo que toca. Te la entregaré si me das la décima parte de tu reino.

Le respondió el monarca:

-Todo mi reino te daré si me traes una piedra que todo lo que toque lo convierta en agua.

¡Hasta mañana!...

 

 

MANGANITAS.

". Detienen a otros dos capos de la droga.".

 Eso en verdad está bien, y lo aplaudirá la gente.

 Pero, desgraciadamente, tras esos dos están cien.