De política y cosas peores

De política y cosas peores

            Una joven esposa se quejaba con sus amigas del voraz apetito sexual de su marido. “Es insaciable –les contó-. Después de cada acto me pide un bis, luego un encore y después otro más, ‘para cerrar con broche de oro’, dice. Y si sale de viaje llega con mayores ímpetus aún”. Preguntó una de las amigas: “¿Cuánto tiempo está fuera?”. Respondió la muchacha: “Escasamente lo que tarda en fumarse un cigarro”… Le dijo Empédocles Etílez a su contlapache Astatrasio Garrajarra: “Tengo problemas para dejar la botella”. Sugirió el otro azumbrado: “Déjala en mi casa”… A propósito de ebrios, uno que se caía de borracho le mostró a un policía la llave de ignición de su automóvil y le informó con tartajosa voz: “Alguien se llevó mi coche, oficial. Lo tenía aquí, en el extremo de mi llave”. “Antes que todo –le indicó el policía- ciérrese el zipper. Trae usted la bragueta abierta”. “¡Qué barbaridad! –exclamó consternado el temulento-. ¡También se llevaron a mi chica! ¡La tenía aquí, en el extremo de mi…!”… Yo creo que el fin del mundo ya está cerca. Lo digo por esta nota que apareció ayer en El Universal: “Gracias a la nueva Ley de Registro Civil en el Estado los padres de familia de Sonora ya no podrán registrar a sus hijos con nombres artísticos como Shakira, peyorativos como Circuncisión, o de doble sentido como Élver Galarga…”. No faltarán analistas que dirán que esa prohibición atenta contra la libertad de los paterfamilias –especialmente los de Élver etcétera-, pues si a sus hijos dieron vida tienen por tanto el derecho de ponerles nombre. Se debe reconocer, sin embargo, que a veces los papás abusan de esa prerrogativa, y les asestan a sus criaturas nombres que cargarán como una maldición el resto de sus días. Conozco un sacerdote a quien su padre, hombre de izquierda radical, le impuso el nombre Lenin en memoria del turibulario del comunismo ruso. Si el señor cura llega a obispo, en las iglesias de su diócesis los oficiantes pedirán oraciones “por nuestro obispo Lenin”, lo cual se oye poco eclesiástico. Y no se diga si al pío varón se le ocurre llegar a santo. ¡San Lenin, háganme ustedes el refabrón cavor! Por eso, aunque dicen que peca gravemente quien se niega a llevar a una criatura a la pila bautismal, mi esposa, madrina de bautizo de la mitad de la población de Ábrego, se negó a cristianar a una niña a la que sus padres querían infligirle el nombre de Yajaira Elisema, por la heroína de una telenovela venezolana. Preguntó mi señora: “¿Cómo se llama la mamá?”. “Se llama Anselma”. “Pues pónganle Anselma a la niña”. (Espero que mi mujer no sepa que a mí me gusta más Yajaira). Alguna vez recordé a aquel librepensador de mi ciudad, Saltillo, que afirmaba que todos los nombres del calendario son de santos o de reyes, y él no creía ni en los unos ni en los otros. Tuvo ocho hijos varones. Fiel a su convicción, en vez de ponerles nombres les puso números: Uno, Dos, Tres, etcétera. Yo fui compañero de Cinco en la primaria. Para disimular un poco la aritmética le decíamos Quico. Pero eso de Élver etcétera ya toca extremos deplorables. Por si eso fuera poco, el próximo viernes -pasado mañana- aparecerá aquí “El Chiste más Pelado en lo que va del Año”. Lo dicho: en caballo con alas hacia acá se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el Anticristo… Enfermó  el gato de la señorita Himenia Camafría, madura señorita soltera, y ella lo llevó con el veterinario. Después del correspondiente examen le dijo el facultativo a la atribulada célibe: “Haga que el gato se tome esta pastilla, y luego tómese usted esta otra para detener la sangre”… En una mesa exterior de café tres amigos se entretenían calificando como en concurso de belleza a las hermosas chicas que pasaban. “10” –decía uno al paso de una. “9” –calificaba el otro. “2” –decía el tercero. Veían a otra igualmente guapa y la calificaban. El primero: “10”. El segundo: “10”. Y el tercero: “3”. Uno de ellos le reclamó a éste: “¿Por qué calificas tan bajo a esas linduras? Nosotros les damos un 10 o un 9, y tú apenas un 2 o un 3”. Explicó el otro: “Es que usamos distintas formas de calificar. Ustedes las califican del 1 al 10. Yo hablo del número de grúas que se necesitarían para quitarme de encima de cada una de ellas”… FIN.

                        MIRADOR.

                        Hubo una vez en que ese país que a sí mismo se da el nombre de “America” vivió unos breves años de inocencia.

                        Fue entonces cuando tuvo a Shirley Temple.

                        Era una muñequita, e hizo que todas las muñecas se llamaran como ella.

                        Hizo también que todas las niñas quisieran ser como ella.

                        Sueño con rizos, ángel con vestidito azul, cantó como ángel y bailó como en un sueño. El tiempo, enemigo del hombre, y más de la mujer, pareció detenerse al verla. Dejó de ser niña, pero nunca dejó de ser lo que fue siempre: una estrella. Tuvo la suprema sabiduría de envejecer con gracia. Un muchacho que no sabía quién era ella le dijo este lindo piropo a su paso por la calle: “Señora: ¡quién tuviera 50 años más!”.

                        Las nuevas generaciones no saben quién fue Shirley Temple. Eso no importa: las nuevas generaciones no saben muchas cosas. Pero hay algo que sí importa: Shirley Temple hizo feliz a la gente. Y la gente siempre necesita un poco de felicidad.

                        ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS.

            “… Detienen a otro capo de la droga…”.

                     Haré un comentario vil,

                        y de muy mala intención:

                        consumada esa aprehensión

                        ya sólo quedan 10 mil.