De política y cosas peores

De política y cosas peores

            Don Rugadito, señor ya muy anciano, ponía siempre una pastilla de Viagra en el jarrito en que bebía su chocolate. El mayor de sus nietos le preguntó con asombro: “¿Te da resultado eso?”. “No para lo que piensas, hijo –respondió con voz feble el veterano-. Pero mis bizcochitos no se ablandan cuando los sopeo en el chocolate”… Se quejaba don Valetu di Nario, añoso caballero: “¡Qué absurda es la vida! ¡Ahora que por fin sé lo que es el mal camino ya no puedo caminar!”… Una bruja le aconsejó a otra: “Cuando vueles en tu escoba no te pongas ropa interior”. “¿Por qué?” –se sorprendió la otra. “Mejor agarre” –explicó la primera. (No le entendí)… La palabra “rajarse” no me gusta. Tampoco me agradan las palabras “ordovícico”, “lecanomancia” y “gorgorán”, pero eso es cosa aparte.  Repudio ese vocablo horrisonante, “rajarse”, porque tiene una connotación misógina execrable: el hombre que se raja, es decir que se acobarda o incumple lo que prometió, hace renuncia de sus atributos genitales de varón y los cambia por los de la mujer. A más de eso la mentada palabreja me trae una memoria tristísima de juventud. El primo de un cierto amigo mío estaba vendiendo su automóvil. Pedía por él 4 mil pesos. Le dije yo al amigo que el tendero de mi barrio quería comprarse un coche. ¿Qué tal si le ofrecíamos el de su primo en 5 mil pesos? Sin despeinarnos ganaríamos 500 cada uno. En aquel tiempo en que una cerveza costaba un peso, una cuba libre dos, y 6 pesos los servicios de una muchacha en la zona del pecado, eso era una fortuna. (Lamento no recordar otros referentes para dar idea del costo de la vida en aquella época). Le llevamos, pues, el coche al abarrotero para que lo viera. Le gustó, y también el precio. Nos dijo que en una semana nos daría los 5 mil pesos. Tanto mi amigo como yo nos aplicamos frenéticamente a conseguir los 2 mil que cada uno debía aportar a la inversión. Pidiendo aquí y allá logré reunir la parte que me correspondía del capital social; mi amigo juntó el suyo, y le pagamos al primo los 4 mil pesos que pedía por el coche. Ya era nuestro. El día señalado, felicísimos, le llevamos el automóvil al tendero. “Me van a perdonar –nos dijo sin preámbulos-. Ya no me interesa”. “Pero, don Fulano –acerté a balbucir, desolado-, usted nos dijo que…”. “Muchachos –respondió con tono paternal-, aprendan que comerciante que no se raja por lo menos una vez al día no es comerciante”. Otro recuerdo tengo de ese ruin vocablo, “rajarse”. Sucede que iba yo con un amigo rico en su automóvil, uno de aquellos enormes coches de los años cincuentas del pasado siglo, que parecían trasatlánticos. Nos rebasó por la derecha un sujeto en su vochito. Eso disgustó mucho a mi ricacho amigo, que con el claxon le dedicó al del cochecito un saludo maternal. Con el claxon también contestó el otro. Hecho una furia lo alcanzó mi amigo y le hizo señas retadoras conminándolo a “orillarse a la orilla” para dirimir la cuestión con algo más que con el claxon. Se orilló, en efecto, el individuo. Mi amigo bajó del auto, amenazante. Tranquilo bajó del suyo el otro. Era un hombrón de más de 2 metros de estatura, 130 kilos de peso por lo menos, musculatura de toro y puños de gigante. Lo vio mi amigo y le preguntó con actitud humilde: “¿Se vale rajarse?”. Se rió de buena gana el fortachón, subió a su cochecito y se marchó. El Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Mancera, recibió aplauso unánime -y además de todos- por su atinada medida de retirar de la explanada del monumento a la Revolución a los mal llamados maestros de la CNTE. Los sedicentes profesores han amenazado con arreciar sus manifestaciones. Tan grande ha sido la aprobación social a la decisión de Mancera que éste no puede darse el lujo de decir ahora: “¿Se vale rajarse?”. No debe haber en esto marcha atrás. Ya se ha visto que todo diálogo con los caciques de la CNTE es absolutamente inútil, pues ellos son profesionales de eso que con otro término mejor que el de “rajarse” se llama “patrasearse”, es decir echarse para atrás, faltar a la palabra dada. Si el Jefe de Gobierno se mantiene firme en su postura yo seré el primero en aplaudirlo. Y con ambas manos, para mayor efecto… FIN.

            MIRADOR

            -¡Cuéntenos, don Abundio! ¡Cuéntenos!

            Parsimonioso empieza a contar el viejo:

            -Uno, dos, tres, cuatro…

            -¡No, no! –lo interrumpen con ansiedad mis nietos-. ¡Cuéntenos una historia!

            Se sienta el viejo en el sillón de tule.

            -Tenía yo una mula torda. Era muy entendido el animal. Cuando le decía: “¡Dios mío!” arrancaba al galope, y cuando le gritaba: “¡Diablo!”, se detenía. Una vez íbamos por el campo y nos salió una víbora de cascabel. “¡Dios mío!” -exclamé yo asustado. La mula echó a correr. Lo malo es que iba en dirección al precipicio. Ni siquiera alcancé a decirle: “¡Diablo!”. Apenas tuve tiempo de saltar para salvarme. El pobre animal cayó al abismo. Tan profundo era que tardó 10 días en llegar al fondo.

            -Y se murió –apunta el más pequeño.

            -No –responde calmosamente el viejo-. Una mula puede aguantar muy bien 10 días  sin comer ni tomar agua…

            Los nietos mayores se miran entre sí, y sonríen. Les dice don Abundio, serio:

            -Si no me creen pregúntenle a la mula.

            Ahora mis nietos me dicen a mí cuando me cuentan algo inverosímil:

            -Si no nos crees pregúntale a la mula.

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

 “… Se multiplican las defensas comunitarias…”.

            Esos organismos nuevos

            son amenaza creciente.

            Cada día la serpiente

            está poniendo más huevos.