De política y cosas peores

De política y cosas peores

            “Los condones no son totalmente seguros” –declaró, terminante, Babalucas. Y explicó: “Un amigo mío tenía relaciones con una mujer casada, y siempre usó condón. A pesar de eso un día los sorprendió el marido y le puso a mi amigo una golpiza”… Con fuerza de voluntad un hombre puede dejar el cigarro y la bebida. El gusto por la mujer lo deja solamente cuando tiene la voluntad pero no tiene ya la fuerza… “La izquierda está triste. ¿Qué tendrá la izquierda?...”. Si se dice con hiato, separando las sílabas para alargar el verso, ese que dije sale alejandrino, como los de Rubén. Anda gimiendo y llorando la izquierda, y escondida por los rincones igual que la muñeca fea de Cri Cri. Estaba segura de que el mundo se le iba a venir encima a Peña Nieto con motivo de la reforma energética que promovió. Ni el mundo ni nada se le vino encima al Presidente, y las casi invisibles protestas que el cambio suscitó fueron agua de borrajas, caldo de carrizo, ni chicha ni limonada, ni fu ni fa. Baste decir que la más relevante de esas manifestaciones fue el moderado striptease del diputado Conejo. No quiero apenar a la izquierda  -¿quién soy yo para avergonzar a esa señora, anciana ya y dueña única de la pureza patriótica?-, pero la verdad monda y lironda es que el aumento en la tarifa del Metro provocó mayor movilización popular que la supuesta entrega del petróleo (y con él de la Nación) a las potencias extranjeras. Fallaron los liderazgos izquierdistas, y ahora los capitostes del nacionalismo se ven en la penosa necesidad de hacer el papel de Boabdil, a quien los suyos llamaron Zogoibi, o sea el desventuradillo, cuando lloró con lágrimas acerbas la pérdida de la bellísima Granada. Permitidme un momento, por favor. Se me ha hecho un nudo en la garganta al evocar ese triste acontecimiento histórico. Mirad: el cálamo vacila en mi mano y se detiene. Me temo que ya no puedo continuar. Narraré un chascarrillo final y luego abandonaré la escena cogitabundo y abatido, como el gran Talma cuando hacía el papel de Bayaceto en la tragedia de Racine. Con permiso… Aquel hombre estaba satisfecho con la dotación que la naturaleza le había puesto en la parte correspondiente a la entrepierna. No obstante se alegró mucho cuando observó que a su edad el atributo mencionado le estaba creciendo, raro fenómeno inédito en los anales de la ciencia médica. Más feliz aún se puso su mujer, que a raíz de aquel largor salía todas las mañanas a barrer el frente de su casa con una gran sonrisa y canturreando tonadillas populares, lo cual llamaba mucho la atención de sus vecinas. Sucedió, sin embargo, que aquel inusitado crecimiento no cesó: la dicha parte continuó creciendo, tanto que el hombre empezó a preocuparse. No así la señora. “Deja que la naturaleza siga su curso –le indicó al marido-. Ella nunca se equivoca”. Quizás en este caso erró natura, pues cada día se le agrandaba más al tipo la ancheta, basto, cipote, chaira, don ciruelo, espada, fusca, gallo, horma, jara, Kojak, lanza, machete, negra, ñero, ocote, pizarrín, quiote, reata, sable, trinche, újule, verija o zanahoria, que de todos esos modos y maneras suele ser nombrado en el caló del hampa el atributo varonil. Preocupado ya sobremanera el individuo le pidió a su esposa que lo llevara con el doctor de la familia. Éste se enteró, asombrado, del insólito problema: al sujeto le había crecido tanto la aludida parte que casi le llegaba al suelo ya. En ningún tratado había leído el médico de un caso similar. Convocó de inmediato a una junta médica a la cual asistieron facultativos connotados: urólogos, patólogos, fisiólogos, histólogos, anatomistas y demás. Todos coincidieron en la misma opinión: de inmediato había que practicarle al paciente una intervención quirúrgica. El hombre estuvo de acuerdo con el procedimiento. Su esposa preguntó: “¿Y cuánto tiempo usará muletas mi marido?”. “¿Muletas? –preguntó extrañado el galeno que presidía la junta médica-. ¿Por qué piensa usted, señora, que su marido deberá usar muletas después de la operación?”. Respondió, inquieta, la mujer: “Le van a alargar las piernas ¿no?”… FIN.

            MIRADOR

            Don Abundio dice a veces mentiras extremadas en la cocina del Potrero de Ábrego.

            La otra noche contó que en las montañas de su niñez había un eco tan lejano que tardaba horas en repetir lo que se le decía. Calculó el tiempo que el eco tomaba en hacerse oír, y por la noche gritaba frente a él:

            -¡Levántate, Abundio! ¡Es hora ya de ir a la escuela!

            A las 7 de la mañana en punto se escuchaba el eco, y eso le servía de despertador.

            Doña Rosa oye los cuentos de su marido y menea la cabeza sin quitar la vista del guiso que está haciendo en el fogón de leña.

            -No seas incrédula, mujer –la amonesta el viejo, socarrón-. El que no cree es como el que no ve.

            Yo pienso que quizá las historias de don Abundio no son ciertas, pero sus filosofías sí.

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“… Seguirá la onda fría…”.

            Hará un frío de los demonios.

            La baja temperatura

            causará, cosa segura,

            aumento de matrimonios.