De política y cosas peores

De política y cosas peores

            “Lanzó un terrible alarido. Se había vuelto loco”. Con esas palabras solían terminar los relatos de horror. Este hombre no lanzó alarido alguno. Se volvió loco sin gritar. Nada más iba y venía por todos lados preguntando por su mujer y su hija. “¿No las han visto?” –interrogaba con angustia. Al principio le decían que estaban muertas, que no las buscara más. Después ya no. Le contestaban solamente: “No; no las hemos visto”. Preguntaba en la casa de su esposa y en las de sus amigas. Preguntaba en la puerta del colegio de la niña. “No; no las hemos visto”. Luego recordó algo que no recordaba, y salió a buscarlas en la carretera. Ya no volvió de ahí. Caminaba por la orilla; caminaba kilómetros y kilómetros; pensaba que a cada paso las encontraría. Volvía sobre lo andado y recorría en dirección contraria lo que había caminado. Y así otra vez, y otra vez, y otra. Sucio, desgreñado, consumido por la locura y el asfalto, por los soles, las lluvias y los vientos, por el calor y el frío, se volvió una figura conocida. En las pequeñas fondas le daban algo de comer. Hurgaba en los botes de basura de las gasolineras. Dormía cuando el cansancio le ordenaba que durmiera, aunque fuera de día, y cuando despertaba volvía a caminar, aunque fuera de noche. Y recordaba, recordaba algo que había olvidado ya en esa niebla por la que caminaba. Algunas veces las veía como si estuvieran ahí, y les hablaba, pero ellas no le decían nada. Luego olvidó sus nombres. ¿Cómo se llamaba esa mujer hermosa? Y la niña, aquella niña tan linda, ¿cómo se llamaba? Una palabra le daba vueltas en el pensamiento: Amor. Sin embargo estaba seguro de que ninguna de las dos se llamaba Amor. Entonces el olvido le dolía, y sollozaba. Quienes lo oían se asustaban, sobre todo cuando él les preguntaba con desesperación: “¿No las han visto?”. Se apartaban de él, temerosos, y más porque andaba sucio y harapiento, y olía mal. El hombre volvía a caminar, y miraba a todas partes a ver si las veía. Con el tiempo su historia se olvidó. Los cuerdos olvidan más fácilmente que los locos. Casi nadie recordaba ya lo sucedido. Yo sí. Venía él en su coche con su esposa y su hija. Quizá dormitó un instante -“Si cierro los ojos un momento no pasará nada”-, o iba demasiado aprisa. Quién sabe. Se estrelló contra aquel camión pesado. La mujer y la niña murieron sin darse cuenta de que habían muerto. Él estuvo varias semanas en el hospital. Preguntaba por ellas, preguntaba, y nadie le respondía nada. Fue entonces cuando empezó a buscarlas en la carretera. La gente le decía “El güero”, pues aunque el sol le oscureció la tez conservó siempre los cabellos rubios. La barba tupida y en desorden que le creció al paso de los días era rubia también. Yo lo recuerdo así: caminando, caminando siempre por aquel camino negro que atravesaba el desierto en una infinita línea recta. Un día lo encontraron muerto, atropellado. Sé cómo sucedió su muerte. O lo imagino, y en estos casos imaginar es lo mismo que saber. Diré cómo perdió la vida este hombre. Mejor aún: diré cómo la ganó. Porque ésta que parece historia triste es en verdad historia de esperanza. Nos enseña esa verdad que conocen muy bien los poetas y y los santos: el amor no termina con la muerte. Sucedió que el hombre escuchó voces al otro lado de la carretera, y la cruzó. Entonces vio una luz, y al final de esa luz miró a su esposa y a su hija. Les preguntó sencillamente: “¿Dónde estaban?”. La mujer le respondió con la misma naturalidad: “Acá. Te buscábamos también”. La niña corrió a abrazarlo: “¡Papi!”. Se fundieron los tres en el abrazo. Y él ya no estuvo sucio ni harapiento. No tuvo barba ya, y el sol, y el viento, y la lluvia, y el calor y el frío ya no le hicieron daño. Y no caminó más. Había encontrado al fin lo que buscaba. Aquel nombre que le daba vueltas en la cabeza: Amor, regresó a él. Entonces supo que ellas se llamaban Amor, y él igualmente. Supo entonces que todo, lo mismo en la vida que en la muerte, se llama así: Amor… FIN.

            MIRADOR

            Tengo un querido amigo al que no veo nunca porque él vive allá y yo vivo aquí. Aquí es Saltillo; allá es Querétaro o el Distrito Federal.

            Mi amigo se llama Edmundo González Llaca. Es escritor. Hizo un estupendo libro, “Guía del seductor”, a cuyo lado las artes y arterías de Don Juan son pininos de adolescente.

            Ahora escribió otro volumen con nombre incitativo: “De erotiXmo y otraXX cochinaditaXXX”. Hasta un anacoreta saldría de su cueva para poner en práctica los consejos que da Edmundo a fin de gozar a plenitud esa dulce pasta que –lo dijo don Federico Gamboa- es el cuerpo femenino.

            En su libro me cita Edmundo. (Voy a ir, para que me cuente más de este hermoso cuento). Dice que fui el primero en introducir lo erótico en el periodismo.

            La obra que digo, a un tiempo amena e instructiva, contiene enseñanzas muy sabrosas sobre el erotismo y acerca de esas “cochinaditaXXX” que por virtud del amor dejan de ser cochinaditas. Léanla. Yo ya la leí. Siempre le pido a Dios que me aparte de la tentación, pero en este libro encontré mil y un motivos para caer en ella.

            ¡Hasta mañana!... 

MANGANITAS

 “… Protestan en el DF por el aumento en la tarifa del Metro…”.

            El aumento es moderado,

            por abajo de lo real.

            (El Distrito Federal

            tiene todo regalado).