De política y cosas peores

De política y cosas peores

Diré cómo era esa mujer. Hermosa era, de agraciado rostro y cuerpo tentador. No me detengo a dibujar el rostro –ojos, nariz y boca regulares-, pero el cuerpo merece acabalada descripción. Empezaré por el busto, lo primero que convocaba las miradas masculinas. Parecía la enhiesta proa de una galera de combate; era como dos altas montañas; semejaba la doble cúpula de un elevado templo. ¡Y su cintura! Estrecha y fina, podía abarcarse juntando los dedos pulgar y cordial de las dos manos. ¿Y qué decir de sus caderas? Firmes, ubérrimas, opimas, prometían delectaciones inefables por cuyo goce cualquier hombre habría perdido otra vez, gustoso, el paraíso. Y sus piernas… ¡Ah, sus piernas! Eran columnas de mármol, pórfido, alabastro, sardónice y marfil. Terminaban por abajo en unos pies pequeñitos, del tamaño de un beso, y por arriba… (Nota de la redacción. Nuestro estimado colaborador emplea 12 fojas útiles y vuelta en la descripción de los encantos que en el remate superior de sus piernas tenía la dama. Pese al innegable interés que tiene tal relación nos vemos en la penosa precisión de suprimirla por falta de espacio). Se llamaba Taisia esa señora, nombre que evocaba el de Thais, la más célebre cortesana de Alejandría, mencionada por Sor Juana en sus famosas Redondillas. Pues bien: cierto día su marido llevó a Taisia con un renombrado médico, el doctor Ken Hosanna, y le dijo que desde hacía tiempo su esposa había perdido todo interés en lo concerniente al sexo, hasta el punto en que lo rechazaba cuantas veces él buscaba el acercamiento connubial que tanto la ley civil como la iglesia prescriben como un deber a  los casados. En efecto, la mutua dación de los cuerpos en el matrimonio es el único medio lícito y moral de perpetuar la especie, y a más de servir para sedar la natural concupiscencia de la carne protege a los cónyuges de los peligros que… (Segunda nota de la redacción. El autor hace un larguísimo encomio de la institución matrimonial, elogio que por falta de espacio -y también por no compartir el entusiasmo del escritor- nos vemos igualmente obligados a cortar). El caso es que el doctor Hosanna hizo que la señora entrara en su gabinete privado, y ahí, sin la presencia del marido, procedió a interrogarla. Quien esto escribe no es médico, pero habría empezado por pedirle a la atractiva paciente que se despojara de su vestimenta, tras de lo cual la habría auscultado con detenimiento por espacio de tres horas, para así estar seguro del diagnóstico. La ciencia médica es muy exigente en este punto. Le preguntó el doctor Hosanna a la paciente: “Dígame aquí en confianza, señora, la razón por la cual se niega usted a tener relación carnal con su marido”. Respondió la guapísima mujer: “Se lo diré, doctor, pero le ruego que no le vaya a revelar a mi esposo la causa por la cual nunca quiero tener sexo con él, pues eso acabaría con nuestro matrimonio. Ha de saber usted que mi marido es avaro, cicatero. Aunque yo le entrego todo mi sueldo -y gano más que él-, para ir a mi trabajo me da sólo para ir en autobús. Yo prefiero ir en taxi. Cuando llego al lugar donde trabajo y le confieso al taxista que no traigo dinero, él se enoja y me dice: ‘Bueno: ¿me va a pagar o qué?’. Yo escojo el ‘o qué’, usted me entiende. Debido a eso llego tarde al trabajo. Mi jefe me pregunta: ‘Bueno: ¿te despido o qué?’. Otra vez escojo el ‘o qué’. De regreso a mi casa tomo otra vez un taxi, y vuelve a suceder lo mismo: cuando el taxista se entera de que no traigo dinero me repite la pregunta: ‘Bueno: ‘¿me va a pagar o qué?’. Por tercera vez en el día escojo el ‘o qué’. Al llegar la noche, cuando nos vamos a la cama, mi esposo se acerca a mí con intención erótica. Usted entenderá, doctor, que después de haberlo hecho tres veces durante el día me siento demasiado cansada para hacer el amor por cuarta vez. Esa es la razón por la cual lo rechazo”. Al oír eso el facultativo paseó la mirada por los pródigos encantos de la dama y luego le dijo con ominoso acento: “Bueno, señora: ¿le cuento esto a su marido o qué?”… FIN.

Mirador

HISTORIAS DE LA CREACIÓN DEL MUNDO

El Señor hizo el invierno.

La niebla se enredó en las desnudas ramas de los árboles, sopló el cierzo, y la nieve pintó de blanco el mundo.

Adán y Eva sintieron frío. Fue a causa de eso que empezaron a cumplir el mandato del Señor de multiplicar la especie.

El hombre, tiritando, le preguntó al Creador:

-¿Para qué hiciste el invierno?

Respondió Él:

-Para que pueda existir la primavera.

            ¡Hasta mañana!...

Manganitas

“… Gabino Cué pagó mil millones a manifestantes…”.

Iré a Oaxaca, y a diario

haré manifestación,

pues abrigo la intención

de volverme millonario.