De política y cosas peores

De política y cosas peores


            Casó un radioaficionado con una colega suya. La noche de las bodas ella lo vio al natural por vez primera y le dijo con voz de desencanto: “No sabía que eras de onda corta”. “No lo soy tanto –respondió él-. Lo que pasa es que tú eres de banda ancha”… Diferencias entre los sexos: cuando un hombre se hace rico se vuelve travieso, y cuando una mujer se vuelve traviesa se hace rica… “No supites, Panchito, lo que hicites”. Una leyenda familiar de los Madero afirma que la vieja criada de la casa le dijo esas palabras al Apóstol de la Democracia tras de que éste inició la revolución que motivó la renuncia de Díaz y su destierro. La verdad es que don Francisco no tuvo la culpa de los sucesos que desencadenó. Más bien él fue su víctima. Y el país también. A la desastrada muerte de Madero siguió un largo período de mezquinas luchas de quítate tú para ponerme yo, con una inacabable sucesión de asesinatos que dio a México la fama de país salvaje que no se ha podido quitar nunca, y que  ahora -polvos de aquellos lodos- ha vuelto a refrendar. Digo “polvos de aquellos lodos” porque debemos preguntarnos hasta qué punto el empobrecimiento de ese país que en tiempos de don Porfirio gozaba de prestigio internacional fue causado por la demagogia de aquella revolución cuyo fruto fue un régimen que hizo de los obreros y los campesinos una especie de menores de edad sujetos sempiternamente a la tutela del Estado a través de líderes gobiernistas y burócratas venales. De ahí el fracaso del ejido, con la emigración del campo a la ciudad; de ahí en buena parte la pobreza de donde salen las mesnadas de que se vale el crimen organizado para sus violencias. Este día habrá muchos desfiles de la Revolución. Extinta ya –ni siquiera se le menciona ahora en los discursos priistas-, esa revolución está muerta aunque no esté sepultada. Hace muchos años Ricardo Garibay asistió a una conferencia mía en Ciudad Victoria, y sonrió –rara era la sonrisa en él- cuando dije: “Si la Revolución no ha muerto ¿entonces qué es lo que huele tan feo?”. Quienes a estas alturas –o bajuras- citan aún a la Revolución lo hacen en forma vergonzante, para defender rancios nacionalismos que huelen a naftalina o alcanfor. (¡Bófonos!). Las forzadas procesiones que hoy se realizarán son la perpetuación de un mito en el que nadie cree ya. Si quisiéramos acercarnos a la verdad –tan reacios somos a ella- los desfiles del 20 de noviembre deberían hacerse al compás de una marcha fúnebre. (Recomiendo una muy buena del mexicano y mexiquense José María Bustamante (1777-1861), inspirado autor de música para difuntos. Quizá su apellido lo llevó a ese giro. Algunos etimologistas componen un juego de palabras con ese apelativo, Bustamante, que hacen derivar de la voz latina “busta”, sepulcros, tumbas, y la palabra “amante”, de donde “Bustamante” vendría a significar “el que ama las tumbas”. Quién sabe. Ciertos etimólogos fantasean mucho, como aquéllos que, movidos por su fobia hispanista y su indigenismo paraestatal, pretendieron dar origen náhuatl al castizo nombre de mi ciudad, Saltillo. Deben estar ahora urdiendo etimologías con el diablo)… Nalgarina Grandchichier, mujer de opimos atributos en la proa y en la popa, le preguntó a un doctor: “¿Cuál es la mejor hora para hacer el sexo?”. Contestó sin vacilar el médico: “Entre 2 y 4 de la tarde”. “¿Por qué?” –preguntó ella extrañada. Con la misma seguridad respondió el facultativo: “Porque a esa hora no está mi recepcionista”… Las amigas de Purita, mujer casta y honesta, se sorprendieron y asustaron cuando ella les contó que se había acostado con un hombre que no era su marido. “¿Por qué hiciste eso?” –le preguntó una, asombrada. Explicó ella: “Mi marido perdió en el póquer lo de la renta de la casa, y el casero le dijo que si yo hacía el amor con él le perdonaría el pago del mes”. “¡Qué barbaridad! –se consternó otra-. Y tú ¿qué sentiste al entregarte por dinero a ese hombre?”. “Les diré –contestó doña Purita-. Ya tengo pagados los siguientes 12 meses de renta”. (Nota: Y con opción de compra)… FIN.

            MIRADOR

            En estos días mi jardín es un museo del impresionismo.

            El amarillo de las hojas del nogal es de Van Gogh. El blanco de las rosas pertenece a Renoir. El anaranjado del sol crepuscular sobre la tapia es de Monet.

            El espectro del otoño tiene más colores que el de Newton. Ahora estoy mirando un color que quizá ni siquiera tiene nombre. ¿Es azul verde o verde azul? Me gustaría llamarlo “verdeceledón”, que así llamaban mis tías a un color de tela verde claro. Sin embargo ese nombre es demasiado sonoro para este verde tímido, para este indeciso azul.

            Tomaré los colores del otoño y con ellos pintaré mi otoño. Y ya no será gris. Será amarillo, blanco, anaranjado, verde, azul… Y verdeceledón.

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

 “… Pide Beltrones que los diputados sesionen más…”.

            Nosotros, de miedo llenos

            por las feroces reformas,

            les pedimos en mil formas

            que mejor sesionen menos.