De política y cosas peores

De política y cosas peores

                                                               Plaza de almas.

                ¿Será cierto que en este sitio hubo una batalla que nunca sucedió? Dicen que fue cerca de aquí, en este lugar que no está cerca de nada. Era una mañana de diciembre, fría y nebulosa. Cuando amaneció el día ni siquiera el día supo que ya había amanecido. Igual podían ser las 5 de la mañana que las 5 de la tarde; lo mismo podía ser el año 1914 que ningún año. Dos ejércitos que se iban retirando, temeroso cada uno de encontrarse con el otro, se toparon de pronto entre la niebla y trabaron combate encarnizado sin saber por qué ni para qué. Lucharon 24 horas seguidas; primero con fusiles; luego cuerpo a cuerpo, a la bayoneta, a la espada o al machete, según. Los que no traían ninguna de esas armas se mataron con piedras. Uno le machacó a otro la cabeza con un pedrusco enorme y luego se sentó sobre el pedrusco a descansar. Otros usaron para darse muerte lo que tenían más a mano: las manos, y se estrangularon sin verse por la neblina. Entre la bruma se oían los gritos de los combatientes llamándose unos a otros: “¡Peeedrooooo!...”. “¡Juaaaaaan!...”. Por todas partes respondían Pedros y Juanes, pero no eran el Pedro ni el Juan que buscaba el de los gritos, y sus voces se oían como cuando uno habla abajo del agua. En el pueblo ladraron los perros. Después comenzaron a aullar. Es que ya había muertos. Cuando cayó sin vida el primer hombre uno de los perros aulló antes que todos los demás, pues tenía mejor olfato para la muerte que los otros. Los perros son muy listos en eso de sentir la muerte. Las personas no. Algunas no sienten ni la vida. Por los aullidos de los perros la gente se enteró de que algo gordo estaba sucediendo. Alguien dijo que a lo mejor se había descarrilado el tren. Otro dijo que no: seguramente se había muerto el Papa en Roma, porque ya otra vez el tren se había descarrillado, y esa vez los aullidos no fueron tantos, ni tan fuertes. Luego de que todos opinaron siguieron haciendo lo que siempre hacían: zapatos el zapatero,  el panadero, pan; la comida las mujeres; el carpintero una cajita para un niño que iba a morir con la primera estrella. Nadie supo que todo el día combatieron aquellos dos ejércitos de espectros. Si el zapatero, el panadero, la mujer y el carpintero hubiesen estado ahí habrían visto visiones espantosas. Un caballo despanzurrado atravesó el campo de batalla arrastrando las tripas, que le llegaban a distancia de seis o siete metros. Un hombre con una espada que lo traspasaba de lado a lado iba por todos lados diciendo: "Mamá… Mamá…". Dos soldados se mataron el uno al otro luchando cuerpo a cuerpo. Cayeron los dos abrazados, y así se quedaron, con los ojos muy abiertos viendo nada. El general más importante veía la batalla con su catalejo. Ni siquiera sintió la bala que le pegó en la frente. Esa bala fue disparada por un muchachillo de 15 años que jamás había tenido en sus manos un fusil. Recogió uno y disparó a ciegas una única bala antes de escapar corriendo con los pantalones mojados, porque se hizo de las aguas por el miedo. Cuando cayó la tarde y regresó la noche -la noche siempre regresa- no quedaba nadie vivo, ni aun el que anoche me contó esta historia. Han pasado los años. Nadie sabe cuántos, pues nadie sabe cuándo fue esa batalla que a lo mejor nunca fue. Si hubiera sido, al día siguiente el campo habría amanecido cubierto de cadáveres. Pero no: quienes pasaron por ahí vieron lo de siempre, o sea nada. A la vuelta de la primavera –la primavera siempre vuelve- empezó a nacer en ese campo una planta que nunca nadie había visto por aquí. Se llama sangre de drago, porque su savia es roja como la sangre. La gente siguió haciendo lo de siempre, o sea todo: el panadero, pan; el zapatero, zapatos; el carpintero, cajas de muertos; las mujeres, la comida... ¿Hubo, pues, esa batalla o no hubo nada? Imposible decirlo: tanto tiempo ha pasado de lo que no pasó que si hubo batalla o no ya da lo mismo. Pero ¿y entonces la sangre de drago, y los aullidos de los perros, y esos gritos que de repente se oyen en los días de niebla? “¡Peeedroooo!...”. “¡Juaaaaaan!...”… Quién sabe… FIN.

                MIRADOR

                               Variaciones opus 33 sobre el tema de Don Juan.

                Cuando murió Don Juan pensó que se iba a ir al Cielo, pues ya se había acostumbrado a él aquí en la Tierra.

                El buen Dios, sin embargo, le dijo que iría al purgatorio.

                Otro hombre fue juzgado en seguida. El Señor lo condenó al infierno.

                -¿Por qué? –preguntó el réprobo-. Mi vida fue toda de oración, de penitencia y mortificaciones. En cambio Don Juan fue un pecador que amó a muchas mujeres.

                -Por eso lo mando al purgatorio –le respondió el Supremo Juez-. A ti te envío al infierno porque no amaste a ninguna.

                ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS.

 “… Felices los comerciantes fronterizos con la reforma fiscal..”.

                En verdad los ha alegrado;

                todos están exultantes.

                Aplauden los comerciantes

                (pero los del otro lado).