De política y cosas peores

De Política y Cosas Peores

Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, se quejó ante el juez de que un sujeto la había recargado en la pared y así, de pie ella, la hizo objeto de sus lascivos apetitos de sensualidad, lubricidad, carnalidad, deshonestidad y voluptuosidad, si bien no necesariamente en ese orden. El juzgador hizo que una pareja de gendarmes trajera al individuo, y al verlo opuso un argumento poderoso a la queja de la demandante. “Usted –le dijo- es mujer de estatura procerosa, muy alta, en tanto que el acusado tiene talla napoleónica, quiero decir que no levanta seis palmos del suelo, y eso con tacón vaquero. ¿Cómo pudo cometer ese abuso, si estaba usted de pie?”. Solicia, ruborizada, explicó: “Es que me agaché un poquito, señoría’’. (Nota: Y no dijo lo que se movió)…

El administrador del cementerio llamado “Aquí ya no hay insomnio” se sorprendió bastante al ver que un ebrio hacía concienzudamente aguas menores sobre una tumba recién abierta. Le preguntó indignado: “¿Qué hace usted, bergante?’’. Al temulento le sonó fea esa palabra. La empleó el funcionario porque en esos días estaba haciendo un diplomado en Literatura Española del Siglo Diecinueve. “Perdone, mi estimado –farfulló el beodo-. Mi compadre Empédocles acaba de pasar a mejor vida. Tenía en su casa una botella del mejor whisky, un escocés de 18 años, finísimo, muy caro. Como le gustaba mucho el whisky me pidió que regara el contenido de esa botella sobre su tumba. Pero no me dijo nada acerca de que no pudiera yo darle antes una procesadita’’. (Nota: En cierta ocasión ese mismo borrachín se puso grave a causa de sus etílicos excesos.

El Padre Arsilio acudió a su casa para impartirle los últimos auxilios de la religión. Le preguntó: “Dime, Astatrasio: ¿renuncias a Satanás?”. Contestó, inquieto, el borrachales: “Perdóneme, padrecito, pero no. En el estado en que me encuentro no creo conveniente indisponerme con nadie”)… Eglogio, mocetón campesino, muchacho rústico, silvestre y montaraz, contrajo matrimonio con una chica de ciudad. Al salir del templo llevó aparte a su señor padre y le dijo: “He oído, ’apá, que esta noche debe uno hacer algo con su mujer, pero no sé exactamente qué”.

El genitor sonrió ante la cándida inocencia de su crío, y le dijo en voz baja: “Haz como los perritos en la calle”. Cuando los novios volvieron de la luna de miel el señor le preguntó a su hijo cómo le había ido. “Muy bien –respondió el mozallón-. Pero batallé mucho para convencer a Verecunda de que lo hiciéramos en la calle’’. (Nota: Y para colmo parece que fue en hora pico)…

El impuesto a los alimentos para mascotas partió de un supuesto equivocado: el de pensar que los pequeños animales que nos acompañan son un lujo. Error muy grande es ése: las mascotas son una necesidad. Los perros, por ejemplo, sirven tradicionalmente para ahuyentar rateros, y los gatos para ahuyentar ratones, pero unos y otros sirven mejor para ahuyentar la soledad. Los niños necesitan una mascota que les enseñe el amor a los animales y la responsabilidad de su cuidado, y para muchos hombres y mujeres una pequeña criatura animal es la única compañía. Imponer un impuesto a las mascotas es imponer un impuesto al amor, si me es permitida esa declaración levemente melodramática… La maestra trataba de enseñar a los niños el uso de los antónimos, palabras que expresan ideas opuestas o contrarias. Les dijo: “Antónimos son, por ejemplo, vicio y virtud, claro y oscuro, antes y después. ¿Quién quiere dar otros ejemplos?”. Juanito alzó la mano. “Bien y mal” -contestó. “Perfecto” -aprobó la maestra. “Salud y enfermedad” -propuso Rosilita. “Correcto” -indicó la profesora.

El inefable Pepito levantaba la mano una y otra vez. La maestra simuló que no lo veía, temerosa de que el tremendo chamaco fuera a resultar con una de sus impredecibles salidas. Fue tanta su insistencia, sin embargo, que al fin se vio en la necesidad de concederle la palabra. “Está bien, Pepito -le dijo alzando los ojos al cielo con un suspiro de resignación, y preparándose para lo peor-. Dime tus antónimos”. “¡Paracaídas y condón!” -respondió triunfalmente Pepito. “No entiendo -se desconcertó la maestra-. ¿Por qué dices que esos vocablos son antónimos?”. Explicó el chiquillo: “Porque son lo contrario uno del otro. Si un paracaídas falla, muere alguien. Si un condón falla, nace alguien”... FIN.