De política y cosas peores

De Política y Cosas Peores

En el curso de la conversación el muchacho agarró de repente el abundoso tetamen de la chica. “¿Qué haces?” –se enojó ella. “Perdona –se disculpó el galán-. Es que acabo de dejar el cigarro, y a veces no sé qué hacer con las manos”… Una señora le contó a su vecina: “Esta mañana le di 50 pesos a un individuo que no trabaja nunca, desobligado y borrachón”. “¿Cómo pudiste hacer eso? –se sorprendió la amiga-. 50 pesos es mucho dinero para darlo a un hombre así. ¿Qué dijo tu marido?”. Contestó la señora: “Dijo: “Gracias, mi vida”…

En días pasados –todos los días son pasados, dijo Manrique en sus dolidas coplas, aun los que no llegan todavía- anuncié que estoy buscando ya “El Chiste más Pelado del Año” para ponerlo aquí al finar diciembre. Ese aviso motivó un encendido réspice de doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, institución encargada de preservar las buenas costumbres y denunciar las malas, pese a la confusión que en estos tiempos hay entre unas y otras.

La ínclita señora me envió un memorial en 12 fojas útiles y vuelta, escrito en caracteres elzevirianos, en el cual me hace saber lo que transcribo ad pedem litterae: “Desde hoy desautorizo, estigmatizo y anatematizo el dicho cuento, relato o narración, y a usted lo estrecho, apercibo y conmino a no darlo a los tórculos, prensas o aparatos de impresión, so pena de incurrir en mi justificada inquina, iracundia o exasperación”. Mis respetos a dicha ilustre dama, pero uno de los muchos lemas que norman mi vida –algunos de ellos contradictorios entre sí- es que la libertad debe ser libre. En tal concepto no cesaré mi búsqueda hasta dar con un cuento que merezca el dubitable lauro de ser el más subido de color del año. Tan pronto lo encuentre daré a conocer el hallazgo a mis cuatro lectores, para que estén pendientes de su aparición…

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano sentiría satisfacción muy grande si supiera la gratísima impresión que dejó en su reciente visita a Hermosillo con motivo del vigésimo aniversario del Consejo Estatal Electoral del Estado de Sonora. Su conferencia fue calificada de brillante por quienes la escucharon, y de convincentes las respuestas que dio a las muchas preguntas que le hicieron. Gustaron a la gente, sobre todo, la sencillez y amabilidad que con que trató a aquellos que se le acercaron para pedirle su autógrafo o tomarse una fotografía con él.

Algunos recordaban a un Cuauhtémoc Cárdenas adusto, serio, reservado, y les sorprendió agradablemente encontrar ahora a un hombre cordial, afable, que a su sabiduría política añadió bondad y gentileza. Disfrutó mucho el ingeniero Cárdenas -me contaron sus anfitriones- la rica cocina sonorense, y al regresar a casa llevó consigo una buena dotación de las tortillas de harina llamadas “sobaqueras”, únicas en México y el mundo, aunque entiendo que también las hay en el paraíso.

Yo admiro mucho a Cuauhtémoc Cárdenas. Lo considero la figura más respetada y respetable de la izquierda. A lo largo de los años, por encima de todos los vientos y todas las tempestades, ha sabido conservar su integridad y coherencia. Veo en él una esperanza real no sólo para la izquierda, sino también –nuevamente- para México. Y ya no digo más, porque advierto que a lo mejor estoy hablando ya de más… Una chica se presentó ante el juez y se quejó de que en la tenebregura de una noche lóbrega el joven Simpliciano había abusado de ella. “Si la noche era tan oscura –adujo el juzgador- ¿cómo supo usted que quien cometió el citado abuso era Simpliciano?”.

Explicó la muchacha: “Porque tuve que decirle cómo hacer las cosas”… La Iglesia de la Tercera Venida –no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que se lleve a cabo únicamente en la posición del misionero-, la Iglesia de la Tercera Venida, digo, es enemiga del baile. Considera que el acto de bailar es ocasión segura de pecado, especialmente el tango y el danzón. Una tarde el reverendo Rocko Fages, pastor de la iglesia, sorprendió a una pareja haciendo al amor de pie dentro del templo. “¿Qué hacen, desdichados?” –les preguntó con santa indignación. Respondió el hombre, sincero: “Estamos follando, reverendo”. “Ah, menos mal –dijo el pastor con alivio-. Por un momento pensé que estaban bailando”… FIN.