De política y cosas peores

De Política y Cosas Peores

El tío Camacho, originario y vecino del Ojo de Agua, el barrio más antiguo y tradicional de mi ciudad, Saltillo, era juez pedáneo, esto quiere decir de jurisdicción pequeña, apenas la que comprendía su vecindario.

Juzgaba con equidad, como lo hacía Salomón, y usaba el mismo sentido común de Sancho Panza en Barataria. Si la justicia consiste en dar a cada quien lo suyo, el tío Camacho, que no tenía saberes de los que se aprenden en la escuela, era dueño de esa suprema sabiduría. En cierta ocasión le presentó una mujer. Iba deshecha en lágrimas. Llevaba de la mano a su hija, muchacha en edad de merecer. Según esto había merecido ya. Entre hipos y gemidos la señora le contó al tío Camacho que un falaz mancebo había logrado con engaños que su hija le hiciera cesión -a título gratuito- del preciado tesoro de su doncellez.

Labioso, aquel aprovechado seductor había conseguido con untuosas y melíferas palabras que la muchacha se le rindiera toda, sobre todo de la cintura para abajo, que es lo que menos se debe rendir. De la tapia lo que sea, pero de la huerta nada. ¿Qué pedía la señora? Pedía que el doncel fuera llamado a fin de que lavara con las lustrales aguas del matrimonio la fea mancha que había puesto en el honor de su hija. Tras decir eso la señora añadió, ahora con voz más queda: “O si no, que me pague una indemnización”.

Esas palabras hicieron parar oreja al tío Camacho. ¿De modo que la cuestión era de dinero? Con eso se tranquilizó, pues los problemas que con dinero se pueden arreglar no son realmente tan problemas. Así, ya más seguro de la naturaleza del asunto, el tío Camacho ordenó ipso facto que dos gendarmes fueran por el mancebo. Bien pronto lo trajeron los jenízaros. El muchacho venía algo asustado. Le preguntó el tío Camacho si era cierto lo que la muchacha decía; si con ella se había refocilado. Respondió el mozalbete que sí, que no lo podía negar. Le preguntó en seguida el juzgador si había dado a la doncella palabra de casamiento.

Contestó él que no: incluso, dijo, antes de que la muchacha le entregara lo que le entregó él le había advertido que no podía desposarla, pues se iba a ir de bracero a los Estados Unidos. Aun bajo esa premisa la chica accedió al trance, y le dijo que lo hacía con todo desinterés, por puro amor al arte. “Ars gratia artis”, como decía el lema de la Metro-Goldwyn-Mayer. “Bueno –intervino en ese punto la madre de la ex doncella-. Si no se puede casar, entonces que me pague lo que disfrutó”. Le preguntó el tío Camacho: “¿Qué opina de esto su señor marido?”. Dijo con cierta vacilación la mujer: “No tengo esposo. Soy madre de siete hijos, pero nunca he sido casada”. Al oír eso el tío se levantó del alto sillón frailero en el que se sentaba cuando cumplía su función de juzgador. “Entonces no hay indemnización –sentenció terminante-. Por donde tiró la cabra vieja, por ahí tiró la nueva”.

No gusto de vestir la toga de quien juzga la conducta ajena. Me doy de santos, como se dice en lenguaje coloquial, de que no me juzguen a mí, que tanto material de juzgamiento tengo. Pero el común de la gente ha juzgado ya a los sedicentes profesores de la CNTE, especialmente los de Oaxaca, y ha dictados sobre ellos sentencia irrevocable: son malos mexicanos que con sus continuos paros, huelgas y algaradas causan daños irremediables a los niños y jóvenes a quienes deberían educar. Sin embargo, si al tío Camacho le correspondiera juzgar sus desafueros, aplicaría el viejo dicho según el cual tanto peca el que mata la vaca como el que le tiene la pata. Las autoridades federales y locales que se someten con mansedumbre ovina a los caprichos de los prepotentes líderes, y obsequian sus demandas pensando neciamente que con eso van a hacerlos entrar en razón, tienen tanta culpa como los mal llamados profesores en los perjuicios causados por sus revueltas y sus ocios.

Por donde tira la cabra vieja –o sea los eternos malhechores de la CNTE- están tirando las cabras nuevas, vale decir aquellos que, recientemente llegados al poder con supuestos propósitos renovadores, incurren en las mismas malas acciones y en las mismas culpables omisiones de sus antecesores. Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado… FIN.