De política y cosas peores

De Politica y Cosas Peores

Están ustedes para bien saber, y yo para mal contar; el bien para cada quién, y el mal para quien lo fuere a buscar; si es mentira pura harina, y si es verdá pan será; el pan para los muchachos, el vino para los borrachos, y el chirrión para las mulas y los machos. Éranse que se eran…

Así empiezan, con esa fórmula solemne que en siglos no ha cambiado, los cuentos que se cuentan en las cocinas del Potrero de Ábrego, cuando afuera Dios pone frío en el mundo mientras adentro el café o el mezcal ponen calor en el cuerpo y en el alma. Pues bien: éranse que se eran dos compadres. El primero, casado, tenía numerosa prole; el otro, de la misma edad y condición, seguía soltero, pues pensaba que el buey solo bien se lame. Vivían los dos en el rancho.

El casado tenía un menguado jacal de paredes de adobe, suelo de tierra y techo de palma en el que apenas cabía con su mujer y sus seis hijos; el soltero, en cambio, era dueño de una casa bien grande, hecha “de material”, con recios muros de sillar, techumbre de vigas y pisos de ladrillo. La mejor vivienda de la comarca –y seguramente de todo el universo, pensaban los lugareños- era la de aquel hombre que vivía solo. Un día, en el curso de la conversación, el casado le comentó a su compadre. “Qué buena casa tiene, compadrito. Ya la quisiera para mí”. Le dijo el otro con naturalidad: “Se la vendo”. El compadre se asombró.

¿Cómo era posible que el rico propietario quisiera deshacerse de aquella valiosa propiedad que todos le envidiaban. “¿De veras me la vende? –preguntó con súbitos temblores en la voz-. ¿A cómo me la da?”. Respondió el otro: “Barata se la dejo. Deme 500 pesos por ella”. Pensó el hombre que se iba a desmayar. ¿500 pesos? ¡Pero si la casa valía 5 mil! Él mismo supo lo que le habían costado a su compadre los materiales y la mano de obra. “¡Se los doy, compadrito! –exclamó al punto-. Ahora mismo, si quiere, le entrego su dinero”. “Démelo mañana, compadre. Pero desde hoy la casa es suya”. Los dos se estrecharon la mano, y cada uno, según el uso del Potrero, se arrancó un pelo del bigote para significar que eran hombres, y que por tanto no faltarían a la palabra dada. Habló el vendedor y dijo: “Sólo hay una pequeña condición, compadre, que casi ni vale la pensa mencionar. En una pared de la casa, la que da a la calle, hay una argolla de metal.

En ella, como usted sabe, amarro a mi caballo. Toda la casa se la vendo, menos la argollita. Esa me la reservo. Mi caballo está muy acostumbrado a que lo amarre ahí, y no tengo corazón para quitarle el gusto. Espero que acepte usted esa sencilla condición”. “¡Aceptada, compadre!” -exclamó el otro con mal disimulado júbilo. ¿Qué importaba que el compadre se reservara aquella argolla, si la casa ya era suya, y además a precio de ganga? Ese mismo día se llevó a cabo la mudanza: el soltero dejó la rica morada, y la ocupó, feliz, el casado con su familia. No voy a hacer el cuento largo. Todos los días, al empezar la mañana, el anterior dueño de la casa llegaba a amarrar su caballo en la famosa argolla.

El nuevo propietario, claro, lo invitaba a almorzar. A mediodía llegaba otra vez el vendedor, y su compadre lo invitaba a compartir otra vez los alimentos: tenía una deuda de gratitud con él por haberle vendido su casa tan barata. Por la noche se aparecía de nuevo el del caballo, y el compadre lo hacía pasar a compartir la cena.Y así día tras día, y mes tras mes. El antiguo dueño vivía y moraba en la casa, como si jamás hubiera salido de ella. Desayunaba, almorzaba, comía, merendaba, y cenaba ahí. Peor todavía: como él no tenía mujer ya empezaba a ver con ojos mancellosos a la de su compadre. Cumplía el pícaro refrán que dice: “Compadre que a su comadre no le anda por las caderas no es compadre de a de veras”. Murmuraban las vecinas; los rancheros se sonreían al paso del nuevo dueño de la casa y le gritaban a sus espaldas: “¡Muuuu!”, como hacen los toros de grande cornamenta. Por fin un día el desdichado propietario ya no se pudo contener.

Le dijo al del caballo con voz cargada de rencor: “Oiga, compadre: ¿no me vende también la argollita?”. “Sí se la vendo, compadre -respondió el otro, expeditivo-. Le cuesta 10 mil pesos”. “¡Se los pago!” -aceptó el compadre al punto… Perdonarán mis cuatro lectores que este día me haya apartado de mi habitual modo de escribir. Mañana volveré a mi estilo usual… FIN.