De política y cosas peores

De Politica y Cosas Peores

“Es usted una mentirosa, suegra –le reclamó el yerno a su mamá política-. Me dijo que se caería muerta si alguna vez yo le regalaba flores. Le acabo de regalar un ramo, y nada que se cayó”… Don Molacho había perdido ya todos los dientes.

Un día se hizo poner nueva dentadura, y para darle la sorpresa a su mujer llegó a su casa cuando ya ella estaba acostada, se metió en la cama, y en la oscuridad de la habitación hizo sonar la placa dental a manera de crótalos o castañuelas. Habló la señora y dijo: “Si lo vas a hacer hazlo rápido, porque no tarda en llegar el chimuelo”… La modesta misión que me he fijado –lo saben mis cuatro lectores- consiste en orientar a la República.

Hay días, sin embargo, en que la República me orienta a mí. A más de mostrarme rumbos buenos hace mayor mi fe en este país y fortalece mi certeza de que los mexicanos somos capaces de hacer mucho en bien de México y de sus hijos más necesitados.

Una de esas ocasiones fue la visita que hice a la Comisión Nacional de Fomento Educativo, CONAFE, el día en que celebró el 42 aniversario de su fundación. Notable es el trabajo que esta institución realiza en los más apartados lugares del país, aquellos que por su escaso número de habitantes no pueden contar con una escuela, pero donde hay niños o jóvenes que, como cualquier otro mexicano, tienen derecho a recibir ese indispensable bien sin el cual ninguna vida está completa: la educación. Hasta allá llega la CONAFE, a veces venciendo dificultades que se diría insuperables, y siempre con una mística que permite poner en manos de los alumnos materiales educativos de la más alta calidad, con lo cual se les abren puertas y ventanas para que miren a México y al mundo y hagan más amplio el horizonte de sus vidas.

En esa visita compartí experiencias con el personal de la Comisión, formado por mujeres y hombres entregados a la bella tarea de educar, es decir de dar forma al futuro. Fue grato para mí, e ilustrativo, escuchar de labios de Carolina Viggiano Austria, talentosa y dedicada funcionaria, la explicación de la labor que cumple esa oficina pública ejemplar.

En medio de tantas calamidades, algunas derivadas de la naturaleza, de los hombres otras, ver la manera en que trabaja una institución como ésta, la CONAFE, es volver a sentir confianza en México y en las posibilidades que tenemos de hacer de este país una casa mejor, más digna y justa, para todos sus habitantes por igual… Aquel día fue particularmente duro para don Astasio.

Llegó tarde a su trabajo por causa una manifestación, y hubo de recibir una áspera reprimenda de su jefe, que si bien no sabe hacer nada sí sabe regañar. Afrontó después las bromas de sus compañeros, uno de los cuales le pegó una cola de papel en el faldón del saco, cosa que fue motivo de risa general. El pobre don Astasio sufre, pero es tan bueno, tan humilde, que ni siquiera se da cuenta de que sufre.

Cuando llegó a su casa encontró una vez más a su mujer en trance de refocilación carnal con un sujeto, en esta ocasión un vendedor de libros.

No contento con disfrutar ese pecaminoso goce, el individuo le había vendido a doña Facilisa –tal es el nombre de la mujer de don Astasio- la Enciclopedia de las Razas Humanas, en 14 tomos. Encaminó sus pasos el marido al perchero donde colgaba su saco, su sombrero, el paraguas y la bufanda que solía usar incluso en los días de calor ardiente, y luego fue al chifonier donde guardaba la libreta en cuyas páginas anotaba adjetivos denostosos con los cuales tempesteaba a su cónyuge en tales ocasiones. Volvió luego a la alcoba y le dijo a la señora:

“¡Bichoronga!”. Esa palabra se usa en Venezuela para nombrar a la mujer fácil de su cuerpo. “Astasio –le contestó ella-. Tú sabes bien que la tele está descompuesta, y no la has llevado a que la arreglen. ¿Qué otra cosa quieres que haga para divertirme?”.

El individuo, por su parte, le dijo a don Astasio: “¿No le interesa el Libro de Oro de la Jardinería? Lo traigo en oferta, a pagar en 176 cómodas mensualidades de 400 pesos, y le regalamos un ejemplar del Cancionero Picot”. “Ya tengo esa obra” –respondió él.

Y de inmediato sintió vergüenza por haber dicho tal mentira. Salió sin decir palabra de la habitación. En su mente sonaban las notas de la canción que dice: “Entre suspiro y suspiro…”, obra del compositor saltillense Felipe Valdés Leal (1899-1986)… FIN.