De política y cosas peores

De Politica y Cosas Peores

Don Bunsenio, señor de edad más que madura, entró en la recámara y se mostró ante su mujer completamente al natural, quiero decir desnudo, en cueros, destocado, nudo, corito, descalzo de los pies a la cabeza, en peletier. Venía del pequeño laboratorio que tenía en el sótano de la casa, y lucía en la región de la entrepierna una espléndida tumefacción de másculo viripotente. Con acento triunfal le dijo a su asombrada esposa: “¡A ver qué dices ahora de mis estúpidos experimentos químicos!”…

Susiflor le comentó a Rosibel: “Timoracio es todo un caballero. No me toca; no intenta besarme o abrazarme; no me toca; no me hace insinuaciones atrevidas… ¡Ya me tiene harta!”…

Facilda Lasestas y su esposo fueron a una fiesta. En el curso del sarao el señor notó la ausencia de su mujer. La buscó entre los invitados sin hallarla. Subió a la segunda planta de la casa, abrió la puerta de una alcoba y ahí, en la cama, vio a Facilda con un hombre. “¡Shhh! –le impuso silencio ella a su marido-. Está muy borracho. ¡Cree que eres tú!”…

La fecha de hoy encuentra a la nación con ánimo sombrío. Al luto del aniversario corresponde una actitud anubarrada en el talante de la población. Hay tristeza y enojo a causa de las muertes y pérdidas que trajeron consigo los fenómenos meteorológicos, y por la incuria y negligencia de quienes debieron prevenir con oportunidad sobre ellos. Existe crispación en muchos sectores de la sociedad por las medidas fiscales que el Gobierno pretende imponer en forma que muchos consideran inconsulta. Las revueltas y agitaciones que la pretensa reforma educativa ha provocado son también causa de inquietud social y ocasión de perturbaciones a la vida comunitaria y de daños graves para cientos de miles de jóvenes y niños.

La criminalidad organizada sigue cobrando víctimas. El brillo con que empezó el sexenio actual se ha opacado; una actitud escéptica y de pesimismo parece ser ahora la tónica nacional. Si de algo debe servir la tragedia que hoy se conmemora es para recordarnos a todos que sólo del diálogo puede derivar la solución a los problemas del país; que sólo en el respeto a la ley y a los derechos de cada uno se puede fincar una convivencia pacífica, segura y apta para mejorar las condiciones de vida de todos por igual. Ni en la intransigencia empecinada ni en la imposición autoritaria es posible encontrar vías de acuerdo a los conflictos que afrontamos.

Por encima de quienes por defender insanos privilegios mantienen en la zozobra a sus comunidades, a más de atentar en forma cotidiana contra la vida de millones de personas y tener en el atraso a los estados donde priva su indebido poder; por encima también de quienes piden represión sin límites contra quienes incumplen su deber y hostigan a la población para no perder sus indebidos fueros, por encima de ambos extremos, digo, han de prevalecer la ley y la razón. Por sí misma la fuerza de la ley es suficiente para impedir que cualquier otra fuerza, ya de anarquía, ya de autoritarismo, se imponga sobre la comunidad. Y más no digo porque –como de costumbre- no estoy entendiendo nada ya…

Don Frustracio, el reprimido esposo de doña Frigidia, le dijo al consejero matrimonial: “Mi mujer me da sexo una vez cada seis meses, y yo quisiera tenerlo seis veces en el año”. “¿Lo ve, doctor? –profiere doña Frigidia escandalizada-. ¡Me casé con un maniático sexual!”…

Aquellos recién casados decidieron pasar su luna de miel en una cabaña en lo más alto de la Sierra Nevada. Antes de empezar la noche de bodas el galán salió a traer leña para la chimenea. Al regresar le dijo a su mujercita: “Se me enfriaron las manos”. “Ponlas entre mis muslos –ofreció ella- y así se te calentarán”. Poco después se acabó la leña que ardía en la chimenea, y el novio fue por más. Cuando volvió le dijo a la muchacha: “Las manos se me enfriaron otra vez”. Sugirió nuevamente la recién casada: “Ponlas entre mis muslos, y entrarán en calor”. Pasó media hora, y otra vez faltó la leña. Salió el muchacho a traer otra carga, y a su regreso le dijo a su dulcinea: “Otra vez traigo frías las manos”. “¡Con una…! –exclamó ella irritada e impaciente-. ¿Y qué no se te han enfriado las orejas?”… (No le entendí)… FIN.