De política y cosas peores

Plaza de almas

Este irlandés vive en Irlanda. Hacer esta declaración no es perogrullada: la mayoría de los irlandeses viven fuera de  Irlanda. Muchos de ellos son habitantes de Nueva York, y policías por tradición familiar, según se ve en muchas películas de Hollywood. Sucede que a fines del siglo diecinueve hubo en Europa una plaga terrible que acabó con los cultivos de la papa, alimento principal de Irlanda. Se desató entonces una hambruna. Los irlandeses que no murieron de extenuación juntaron sus escasas fuerzas y recursos y viajaron con su pobreza a América, es decir a Estados Unidos. Quienes habían sido campesinos encontraron ahí su nueva vocación: la de gendarmes. Para eso eran grandotes y pugnaces. Algunos también se hicieron gangsters. Para eso eran pugnaces y grandotes. Pero este irlandés que digo no vive en Nueva York, ni es policía ni gangster. Vive en un pequeño lugar al sur de Dublin, y es campesino. Un campesino acomodado, pues aquella plaga papal desapareció hace mucho y los cultivos entraron en bonanza. Ahora este hombre tiene 95 años; es rico y va a morir. En el lecho de muerte llama a sus hijos y nietos, y a un notario. Les hace una extraña petición: cada uno debe llevar una grabadora. Todos piensan que el señor va a dictar su última voluntad, y desea que en esos aparatos grabadores quede el testimonio de sus disposiciones postrimeras. Seguramente por eso pidió también la presencia de los tres principales notables de la aldea: el alcalde, el maestro y el cura párroco. También ellos deben llevar su grabadora. La fortuna es cuantiosa, razonan los convocados, y el campesino, desconfiado como todos los hombres del campo en todo el mundo, quiere dar certidumbre y fijeza a sus palabras. Reunidos todos en torno del lecho donde el anciano yace, éste les pide poner a funcionar sus grabadoras. Obedecen. En el silencio de la habitación se escucha sólo el ruido de las maquinillas. Algunos esperan las palabras rituales con las que empiezan los testamentos: “Yo, Fulano de Tal, en pleno uso de mis facultades...”. Otros piensan que el agonizante les dirá su despedida, o quizá palabras de consejo. Nada de eso sucede. El anciano, los ojos cerrados como para recordar mejor, empieza a cantar una canción. Es una antigua canción gaélica que nadie entre los presentes ha escuchado. Las palabras y la música salen con claridad de los labios del agonizante. ¡Qué hermosa es la canción! Habla del amor y de la vida, dos temas que son en verdad un mismo tema. Escuchan todos, conmovidos, y sin darse cuenta acercan un poco más sus grabadoras a fin de que recojan mejor aquella pequeña joya de belleza. Termina el canto. Ahora el anciano sonríe. Abre los ojos y con una señal pide a los circunstantes que apaguen sus grabadoras. “Es una vieja canción nuestra -les dice-. Una canción irlandesa. La aprendí de mis abuelos, y ellos de los suyos. Nunca la he vuelto a oír; estoy seguro de que nadie ya la sabe. Tuve miedo de que algo tan bello desapareciera del mundo al irme yo. No tengo ya ese temor. Podemos pasar ahora a cosas menos importantes, el dinero y las cosas terrenales”... Esta historia me la contó Alejandro Souza, mexicano, desde ese país tan lejano del nuestro, y tan cercano, que es Irlanda. Me la envió en un correo que guardo aún como se guardan las cosas buenas de la vida. Siempre he pensado que quien escribe una canción hermosa al morir se va derechito al Cielo, con todo y zapatos, como antes se decía. Llegará este hombre, o esta mujer, a las puertas de la morada celestial, y el Señor le preguntará: “¿Qué hiciste en la Tierra para merecer estar aquí?”. Responderá él, o ella: “Compuse una canción”. El buen Dios querrá saber: “¿Cómo se llama esa canción?”. Dirá él: “Se llama ‘Solamente una vez’”. Dirá ella: “Se llama ‘Bésame mucho’”. Al Señor se le iluminará el rostro. Exclamará con entusiasmo: “¿Tú hiciste esa canción? ¡Entra en mi casa, por favor!” ¡Yo soy tu fan!”. También se salvará quien guarde una canción para que no se pierda. Lo sé por esta historia, que más que historia parece una canción... FIN.

MIRADOR

 He subido al Coahuilón, la alta la montaña que está frente al Potrero de Ábrego. Caminé por la antigua vereda de los leñadores hasta llegar a lo alto, donde residen los más altos pinos. Allá no alcanzó el fuego de los últimos incendios, y todavía esos gigantes elevan sus ramas para acariciar con ellas las formas femeninas de las nubes.

Desde esa cumbre las casas del rancho se ven pequeñas, muy pequeñas. Y se ve pequeño, muy pequeño, el jet que pasa arriba, lejos, dejando una larga estela blanca. Estamos solos el pino, la montaña y yo. Los tres nos sobresaltamos cuando un pájaro azul pone de súbito en el aire su estridente grito.

Desciendo junto con el sol, que ya traspone el último picacho de la sierra. Me espera la cocina, olorosa a humo de leña. En la fogata hierve el agua para el sabroso té de yerbanís. Llega la noche, más alta en el Potrero, y más profunda. Por el Camino de Santiago baja hasta mí la luz de las estrellas. Se oye a lo lejos el ladrar de un perro...

Luego ya no se escucha nada. Ha callado el viento. Ha callado el mundo... Termina un día más de Dios.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Sube el precio de los alimentos... Aumenta el costo de los servicios funerarios...”.

Con esto puede decirse,

en modo que se oiga claro,

que ya sale igual de caro

estar vivo que morirse.