De política y cosas peores

Plaza de almas

Esta historia sucedió, pero igual pudo no haber sucedido. O no sucedió, pero igual pudo haber sucedido. Todo empezó con una coincidencia. En el fondo todas las historias empiezan con una coincidencia. “Coincidencia” es otro de los nombres que recibe el azar, y el azar determina muchas historias. Es el único determinismo que hay. Es la verdadera fatalidad. Sucedió que en cierta ciudad de cuyo nombre no debo acordarme una chica soltera de buena sociedad quedó embarazada. Lo hizo antes de tiempo: unos 50 años antes de tiempo. Quiero decir que quedó embarazada cuando las chicas solteras de buena sociedad no debían quedar embarazadas. Eso era muy mal visto. La que incurría en tamaño desacato a las reglas del buen trato social era excluida de ese trato. Sus padres se avergonzaban de ella; sus hermanos la repudiaban; sus familiares y amistades le retiraban la familiaridad y la amistad. Ya no podía ir a misa, y menos aún comulgar. Se le condenaba a un ostracismo permanente. Se volvía invisible. Por eso cuando una chica así iba a tener un niño sin estar casada, una de dos: o se le casaba apresuradamente o se le escondía hasta que tuviera al niño, Luego se ocultaba al niño, o se le hacía pasar como nacido de la mamá de la muchacha. Muchas niñas bien tenían como hermanito menor a su hijo, y muchos hijos tenían como mamá a su abuela. Eso se explicaba diciendo que en la familia había habido un santanazo. Se aludía a Santa Ana que dio a luz a la Virgen ya en la edad madura. En el caso que digo la coincidencia consistió en que por esos días una criadita joven y bonita llegó a servir en la casa de la chica que se embarazó. La embarazada fue enviada a la Ciudad de México con una tía que accedió a hacerse cargo de ella “mientras salía de su apuro”. A quienes tenían relación con la familia se les dijo que había ido a estudiar en un colegio americano. A la criadita se le ofreció dinero a cambio de hacerse pasar como la futura madre. La señora de la casa le hacía rellenos que iban aumentando en tamaño según transcurría la supuesta preñez. No era vergüenza que una muchacha pobre tuviera un hijo sin estar casada. Eso se consideraba cosa natural, casi obligada. “Ya ves cómo son ellos. La tenemos aquí por caridad; pobrecilla, la corrieron de su casa y no tiene a dónde ir”. “¡Qué buena eres!”. “Ni lo digas; somos una familia cristiana”. Llegado el tiempo del parto la chica de buena sociedad dio a luz en un buen hospital; secretamente se le trajo de regreso, y el niño fue llevado al rancho de donde había venido la criadita. Se hizo una fiesta para dar la bienvenida a la hija, que había terminado felizmente sus estudios de inglés en “el otro lado”. En esa fiesta la muchacha conoció a un galán. Meses después se casó con él -de blanco- y aquí no ha pasado nada. A veces pasan muchas cosas y parece que no ha pasado nada. Creo recordar que el día que estalló la Revolución Francesa el rey Luis XVI escribió en su diario la palabra “Rien”, que significa “Nada”. Otras cosas sucedieron. No en Francia, sino en mi historia, que es bastante menor que la de Francia. El niño fue creciendo en el rancho, como rancherito. La muchacha -su madre- y su marido no tuvieron hijos. Al parecer hubo algunas complicaciones cuando aquel parto de la chica, y no pudo ya volver a ser mamá. Un día ella y su esposo perecieron en un accidente de automóvil. Los padres de la muchacha, desolados, fueron al rancho por el niño, su nieto. Hubo gran sensación en el caserío cuando un automóvil de lujo llegó y unos señores muy finos se llevaron al chiquillo. Fin de la historia. Este relato tiene extraño parecido con el que narra un escritor jesuita, Luis Coloma, en un libro ya viejo que se llama “Jeromín”. Ahí cuenta la vida de don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, hijo natural de Carlos Quinto y por lo tanto medio hermano de Felipe Segundo. Este don Juan creció en una aldea lejos de la corte, como hijo de campesinos, hasta que fue reconocido por su ilustre padre. Parece cosa de película, pero así sucedió. Muchas cosas de la vida se antojan cosa de película. En la que he relatado hoy se ve que la vida de los reyes y la vida de la gente común se parecen mucho. En el fondo, sea vida de emperador o vida de campesino, aquí no ha pasado nada. “Rien”, en francés... FIN.

MIRADOR

Doña Rosa es la mujer de don Abundio el del Potrero.

Debe acercarse ya a los 80. Cuando alguien le pregunta cuántos años tiene responde: “Los suficientes para no andar preguntando cuántos años tienen los demás”.

La tarde de ayer comí en su casa. Ahí todo albea de limpio: el mantel de la mesa; las colchas de hilo blanco de las camas; las cortinas... Sonríe satisfecha doña Rosa cuando le digo que su casa parece una tacita de plata. “Favor que nos hace, licenciado; a mí y a la casa”.

La vi lavar los platos de la comida. Lo hace con esmero, cuidadosamente, como si estuviera lavando almas, pero también con energía, como si estuviera lavando cuerpos. Cada plato queda brillante, reluciente.

Eso de lavar platos es algo muy humilde. Sin embargo esta mujer le da grandeza.

La tarea de doña Rosa es importante.

Cuando termina su labor el mundo está más limpio.

Y ¡hay tantos que lo ensucian!

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... González Iñáritu pidió un gobierno mejor para México...”.

Según la última cuenta

-la hizo un sabio señor-,

habrá gobierno mejor

el año 3050.