De política y cosas peores

Plaza de almas

“El día de su muerte mi mamá fue a una cantina, un cabaret y un motel de paso”. Cuando mi amigo me dijo eso quedé muy sorprendido. Yo conocía a la señora. Era mujer virtuosa, devota de la religión, no sólo de misa y comunión diarias, sino también de rosario cotidiano. Terciaria franciscana, ocupaba los fines de semana en sus devociones y en enseñar el catecismo a los niños. Era presidenta de la Congregación de Hijas de Santa Clara. ¿Cómo, entonces, pudo suceder aquello del motel de paso, el cabaret y la cantina? Sucedió, sin embargo. El relato que mi amigo me hizo del acontecimiento es uno de los más raros que en mi vida he oído. Raro, sí, pero con esa lógica implacable que tienen las cosas de la vida, aun las más ilógicas. Voy a decir cómo pasó lo que pasó. Murió la buena señora. Eso no tiene nada de extraordinario. Todos lo haremos cuando nos llegue el tiempo: la muerte se apellida Segura. Los hijos decidieron sepultarla el mismo día de su fallecimiento, que fue en sábado. Una de las nueras sentenció: “Al mal paso darle prisa”. Se celebró, pues, a las 5 de la tarde, la correspondiente misa de difuntos -en la iglesia de San Francisco, claro-, y luego el cortejo fúnebre se encaminó a pie hacia el panteón, que estaba cerca. En aquel momento aparecieron en el cielo algunas nubes de tormenta. Esa señal fue oscuro presagio de lo que después sucedería. Llegaron los dolientes al cementerio. El chofer que conducía la carroza la detuvo junto a la abierta tumba, y después de sacar el ataúd hizo lo que siempre hacía: ir a fumarse un cigarrito con el administrador del camposanto mientras los tristes actos del entierro se cumplían. Ahí se desencadenaron los acontecimientos. Cuando los sepultureros iban a depositar la caja en la fosa cayó de súbito la lluvia con una fuerza tal que hizo que todos corrieran a protegerse en el interior de la pequeña capilla que había en el cementerio. Los hombres del panteón, por respeto, pusieron otra vez el féretro dentro de la carroza y fueron a cubrirse también. En la administración el chofer acabó de fumarse su cigarro. Se asomó, y al no ver gente en la tumba -todos estaban en la capillita- supuso que el sepelio había terminado, y que los asistentes se habían ido ya. Corrió entre la lluvia, subió al vehículo y se fue. No se dio cuenta de que el ataúd con la difunta estaba otra vez en la carroza. Fue entonces cuando empezó el interesante recorrido póstumo que hizo la madre de mi amigo. Era sábado, lo dije ya, día en que el chofer acostumbraba tomarse con sus amigos una copa -varias, bastantes, muchas- en cierta cantina de su barrio. Se dirigió tranquilo al establecimiento, pues por ser fin de semana su patrón no iría a la funeraria sino hasta el siguiente lunes, y él podía disponer del vehículo a su antojo. Dejemos al chofer en la taberna con sus contlapaches y regresemos al panteón. Cuando cesó la lluvia los familiares de la señora, sus parientes y amigos salieron de la capillita. Cuál no sería su sorpresa -la frase aquí es obligada- al ver que la carroza ya no estaba, y que de mamá ni señas. Se apresuraron a ir a la funeraria. Ahí el encargado les informó que el chofer no había regresado todavía. Enterado de lo sucedido llamó apuradamente por teléfono a la casa del muchacho -entonces no había celulares-, y sus padres le dijeron que no sabían dónde estaba, ni si regresaría pronto. Inútiles resultaron las demás pesquisas que se hicieron. Nosotros sí sabemos dónde se hallaba el irresponsable conductor: en la cantina, con la carroza estacionada afuera, y en ella la señora en su ataúd, ignorante de lo que pasaba. Y qué bueno, pues lo que en seguida aconteció la habría puesto fuera de sí, a ella, que tan dentro de sí estaba siempre. El chofer se había conchabado con una amiguita suya para ir a bailar a un cabaret y después a ver qué salía. Bailaron cumplidamente ahí sabrosas piezas: “Nereidas”, “Amor perdido”, “Perfume de gardenias”. Después, ya bien bailada, la pareja se fue a un motel. Ahí pasaron la noche del sábado y todo el domingo, encuevados. ¡Ah, la juventud! Cuando el lunes por la mañana el chofer, también ya bien bailado, se presentó en la funeraria con la carroza -y con la difuntita-, cuál no sería su sorpresa, etcétera. Y mejor pongo aquí punto final, antes de que sucedan otras cosas. FIN.

MIRADOR

A esta señora del Potrero los vecinos le dicen “La pinta”.

            Se lo dicen a sus espaldas, desde luego, pues ella no conoce el remoquete, y si lo conociera seguramente se encalabrinaría. Pero toda la gente le dice así: “La pinta”.

            Ella misma se ganó el apodo. Sucede que está muy orgullosa de su origen. Afirma que aunque no lleva el apellido desciende de los Peña, primeros pobladores de Ábrego, dueños de aquellas tierras extensísimas y aquellos ganados incontables. Hace notar lo rubio de sus cabellos, lo claro de sus ojos, la blancura de su tez, y luego manifiesta con orgullo:

            -Díganme la pinta.

            Eso significa: “Díganme a quién me parezco”. La gente, sin embargo, obsequia lo que parece ser su deseo y le dice “La pinta”.

            Cosas de ingenio peregrino se ven y se oyen en el Potrero de Ábrego. Yo me río de ellas. Doña Rosa, la mujer de don Abundio, menea la cabeza y me dice: “De qué poco se ríe”.

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Termina el frío. Vienen días buenos.”

Según uso sempiterno

los voceros oficiales

van a decir muy formales

que eso es obra del gobierno.