De política y cosas peores

Plaza de almas

La vida me enriquece cada día con cosas que luego he de recordar, y la muerte de aquellos a quienes quiero me da la riqueza de su recuerdo. Esto que acabo de decir suena muy melodramático, pero ¿quién que es no es melodramático? La vida misma se pone a veces muy melodramática. El melodrama, igual que la cursilería y el catarro, es herencia común a los humanos. Tomen mi caso por ejemplo. Tenía yo 16 o 17 años, y escribí un poema con motivo del concurso de poesías a la madre al que convocó el principal periódico de mi ciudad. Melodramático era el tal poema, claro. A esa edad -cursaba yo la prepa- se es muy intenso, cosa que luego se te quita, no sé si por desgracia o por fortuna. Tremebundo era mi poema. En sus versos le reclamaba a Dios el hecho de haberme traído a este mundo, pues con mi nacimiento había hecho sufrir bastante a mi señora madre. Échense esta estrofa a la uña: “... De unos muslos dolientes broté con el rostro manchado de sangre. / Desgarré una virgínea cintura, / destrocé un vientre cálido, / y sembré en la materna pupila la amargura salobre del llanto...”. Y por ahí. El poema -believe it or not- obtuvo el primer lugar a juicio del H. Jurado Calificador. Cuando me comunicaron el resultado me sentí en la cumbre de la felicidad, pese al dolor que le había causado a mi mamá. Hubo un problema, sin embargo: el premio consistía en la cantidad de 100 pesos y la publicación en el periódico del poema ganador. Pero ¿cómo poner en sus páginas aquello de la reclamación a Dios, los muslos dolientes, la sangre y todo lo demás? Eso escandalizaría a los lectores. Después de largas deliberaciones el H. Jurado Calificador llegó a una sabia decisión: se atribuiría el primer premio al poema que había ganado el segundo -ése sí se podía publicar-, y a cambio a mí se me entregarían, a más de mis 100 pesos, los 50 que correspondían al segundo lugar. Los dos concursantes fuimos convocados para darnos a conocer el arreglo. Quien obtuvo el segundo premio resultó ser, oh sorpresa, mi maestro de literatura. Ambos estuvimos de acuerdo con aquella salomónica determinación. Vale decir que mi profesor escogió la gloria y yo el dinero. No me apena decir eso: para un muchacho pobretón 150 pesos eran una fortuna. Todo el dinero se me fue -tampoco me avergüenza confesarlo- en una épica parranda con mis amigos en la famosa cantina del Hotel Coahuila. Ahí les leí el poema, que ellos escucharon con resignación, pues yo iba a pagar la cuenta. Al terminar la lectura no hubo aplausos, y uno de los presentes declaró que él había escrito un poema igual, pero mejor. ¡Ah, las envidias entre los intelectuales! Pero yo quería que mi poema fuera conocido por el público. Acudí entonces ante el director del segundo periódico de mi ciudad. Él, arrostrando las iras de los conservadores saltillenses y el posible enojo del propietario del periódico, publicó aquellos tremendos versos a toda página, en cursivas de 12 puntos. Recordé todo esto ahora que falleció aquel gran periodista y hombre bueno que fue Roberto Orozco Melo. Años después trabé amistad con él. Casó con una bella y gentilísima prima mía, María Elena Aguirre. Me reunía yo con Beto una vez por semana en el tradicional Café Viena, de Saltillo. Ahí hablábamos de todo, lo cual equivale a hablar de nada. Lo importante era juntarnos a ver pasar la vida. Él le pedía a cada rato al mesero que le cambiara su café; se quejaba de que estaba tibio. “Es que platicadito se enfría, licenciado” -terminó por decirle una vez el amoscado camarero. Mi amigo, a más de extraordinario articulista, fue poeta de fina sensibilidad. Quiso con entrañable amor a Parras, su solar nativo. Pienso que una calle de ese hermoso lugar debe llevar su nombre. Generoso, lleno de bondad, Roberto Orozco Melo tenía la emoción a flor del alma: una tarde, en un pequeño pueblo de Oaxaca, vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas al contemplar a una mujer indígena moliendo de rodillas ante el metate el maíz para hacer la sopa que iba a ser nuestro alimento. Ahora le debo a Beto otro favor: haberme permitido hablar de mí a propósito de él. Su amistad es una de las mayores riquezas que de la vida he recibido. Para un recuerdo así no hay muerte... FIN.

MIRADOR

Me habría gustado conocer al marqués de Salamanca

Alguien lo calificó de “archicapitalista”. En efecto, era especulador y financiero. Con un negocio hacía riqueza, y con otro la volvía perder. Cuatro o cinco veces se arruinó, y otras tantas rehízo su fortuna.

A los 32 años de edad fue ministro de Economía. Fundó el que luego sería Banco de España. Creó varias líneas de ferrocarriles, y estableció en Madrid el servicio de tranvías, lo mismo que el lujoso barrio madrileño que aún lleva su nombre. Mecenas de artistas -y de tiples, cantatrices y coristas-, era magnífico anfitrión. Se decía que las propinas que daba a quienes lo servían eran las mayores que en Europa se daban.

A pesar de todo esos méritos su mayor orgullo consistía en haber sido quien instaló en su casa el primer “váter” inglés del continente, igual -solía decir ufano- al que tenía en su palacio Su Majestad Británica, la Reina Victoria.

Me habría gustado conocer al marqués de Salamanca. Quizá ponía su orgullo donde no lo debía poner, pero amaba al arte, y a las artistas más, y era generoso con la gente humilde. Eso basta para hacer de cualquier hombre un gran hombre.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Se cancela el proyecto del tren ligero...”.

La verdad, esas empresas

suelen salir muy costosas.

Viendo cómo están las cosas

no hay que andar con ligerezas.