De política y cosas peores

Plaza de almas

El padre Lalo sabía lo de “El espectáculo más Brandi del mundo”. En un pueblo pequeño todos saben todo, hasta lo que no deben saber. Además el señor cura tenía 75 años, y a esa edad se saben muchas cosas. No ignoraba él que con frecuencia don Hildebrando (llamado Brandi por su esposa, de ahí el nombre del espectáculo) cerraba su tienda de abarrotes, aunque fueran horas hábiles; ponía en la puerta un letrero que decía: “Cerrado momentáneamente por causas de fuerza mayor”; luego subía con su mujer a la recámara -vivían en el segundo piso- y hacían el amor desaforadamente, tanto que sus gritos y expresiones eróticas se oían en la plaza, pues las ventanas de la alcoba daban a la calle. Eso hacía que se reuniera ahí una jubilosa concurrencia de hombres que celebraban con aplausos y risas la celebración de aquel acto conyugal que, debiendo ser privado, era gozosamente público, hasta el punto en que había llegado a ser un espectáculo al que muchos asistían llevando su silla para disfrutarlo mejor. Aquello solía durar 20 minutos, en promedio. Se sabía de su terminación por los ululatos que ambos esposos proferían al llegar al clímax, y por el silencio subsecuente. Al acabar las acciones los asistentes aplaudía con entusiasmo. Don Hildebrando salía al balcón luciendo una elegante bata de terciopelo rojo que había comprado en la ciudad para el efecto, y agradecía con corteses caravanas el aplauso a nombre de los dos. Todo eso lo sabía el padre Lalo, y no lo tomaba a mal, como tampoco reprochaba que doña Mela -así se llamaba la señora de don Hildebrando- no mencionara aquello del espectáculo cuando iba a confesarse. Se veía que no lo consideraba pecado. Tampoco él lo juzgaba así: uno de los fines del matrimonio es la sedación de la concupiscencia, y aquellos esposos tenían derecho a celebrar el acto conyugal en cualquier momento que su deseo los inclinara a ello, no importaba que fuera a media mañana o media tarde. Si sus naturales expansiones trascendían las cuatro paredes de su alcoba y pasaban a ser del dominio general eso no tenía ninguna significación. Peores eran muchas cosas que sucedían en el pueblo -él las conocía- y que se hacían en silencio y en la oscuridad. Antes bien había que felicitar a esos cónyuges que daban ejemplo de buen matrimonio mientras otras parejas -muchas- andaban como perros y gatos, y a veces ni siquiera se dirigían la palabra. Sucedió, sin embargo, que por sus años el Padre Lalo fue retirado de su parroquia, y el obispo envió en su lugar a un curita recién ordenado que traía frescas las enseñanzas del seminario y estaba poseído por el celo que caracteriza a los apóstoles, y más cuando son jóvenes. Bien pronto el nuevo párroco se enteró de aquello de “El espectáculo más Brandi del mundo”, y se escandalizó. En su sermón del siguiente domingo, sin decir nombres pero fijando la mirada en doña Mela -don Brandi raras veces iba a misa-, habló de un “torpe espectáculo” que sucedía en el pueblo, “obscena inmoralidad contraria a la decencia”. Luego, cuando la esposa del abarrotero se acercó a recibir la comunión, no le dio la hostia. Ella quedó confusa, avergonzada, pues todo mundo se dio cuenta de eso. Salió llorando de la iglesia. Le contó a don Hildebrando lo que había sucedido, y al día siguiente fueron a hablar con el sacerdote. Éste los recibió, pero no los dejó hablar. Los reprendió ásperamente; les prohibió tener trato carnal en horas en que hubiera gente en la calle; les ordenó esperar a que el pueblo estuviera ya dormido para hacer uso de sus cuerpos -así dijo-, y les mandó que bajo pena de pecado refrenaran sus expansiones. Ellos obedecieron, pues doña Mela era devota feligresa y necesitaba comulgar. Pasaron los días. Los clientes de don Hildebrando le preguntaban en voz baja: “¿Cuándo?”. Él respondía, pesaroso: “Ya no”. Si doña Mela iba por la calle los señores la saludaban con tristeza. Las señoras, por su parte, le negaban ahora su saludo, pues temían indisponerse con el cura. Aunque nunca asistieron a ver -a oír- el espectáculo, siempre habían envidiado secretamente a doña Mela porque gozaba algo que para muchas de ellas era molesta obligación. Así acabó “El espectáculo más Brandi del mundo”. Murió, como ustedes ven, por motivos religiosos. Una pena. FIN.

MIRADOR

Llegaron sin anunciarse y me dijeron:

-Somos las funestas consecuencias.

Seguramente notaron mi desconcierto, porque añadieron a continuación:

-Eso de “las funestas consecuencias” es una frase hecha. La consideramos injusta e indebida. Nos ofende. Funestos son los actos que nos dan origen. Nosotras, como nuestro nombre lo indica, somos solamente consecuencias de algo que alguien hizo, efecto de una causa. No se nos debería calificar de funestas.

            Pensé que tenían razón. Traté de explicarles que esa expresión es solamente, como ellas mismas lo habían dicho, una frase hecha. Me respondieron, terminantes: -Pues esa frase debe desaparecer.

-Haré lo que pueda -alcancé apenas a ofrecerles antes de que me dieran la espalda y se alejaran con enojo. Lo dije, sin embargo, por decir algo. Todos sabemos que es imposible deshacer las frases hechas.

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Candidatos independientes.”.

Comentarios muy hirientes de algunos severos críticos

dicen que ante los políticos

todos somos dependientes.