De política y cosas peores

Plaza de almas

Hoy quiero hablar del silbidito. Junto con el teletipo, el cable transoceánico y el linotipo, el silbidito es uno de los medios de comunicación que han desaparecido. Ahora hay medios de comunicación muy enteros. Los modernísimos artilugios de la actualidad -iPhone, iPad, iPod y todos los demás ais habidos y por haber- comunican a los que están lejos e incomunican a los que están cerca. Pero hoy no quiero hablar de cosas de hoy, sino de ayer. De muy ayer. Hagamos un esfuerzo de imaginación. En mi caso hacer un esfuerzo de imaginación no representa ningún esfuerzo. Lo que me cuesta trabajo es hacer un esfuerzo de realidad. Ahí sí que batallo. Hagamos un esfuerzo de imaginación, digo, y vayamos a una esquina de cualquier ciudad en el México de hace unos 50 ó 60 años. En esa esquina hay un poste, y en ese poste está apoyado un hombre joven. Su edad es de 22 años, más o menos. Se recarga en el poste con actitud estudiada, entre elegante y displicente. Cruza la pierna derecha sobre la izquierda, y el pie de esa pierna lo pone de punta sobre el suelo. ¿Qué hace ahí ese hombre joven? En los tiempos que corren -¡cómo corren!- la pregunta es difícil de contestar: quizá es un prostituto, o un muchacho sin empleo, o un proveedor de drogas en espera de sus clientes. Pero en aquellos otros tiempos, de más tiempo e inocencia, no había ninguna duda: aquel joven estaba esperando a su novia. Ya son las 8 y cuarto de la noche y ella no aparece. La cita era a las 8. Pero ningún motivo hay de preocupación: la chica saldrá a las 8 y media, como de costumbre. A él eso no le molesta: las mujeres y la felicidad siempre se hacen esperar. Igual podría llegar su novia a medianoche: él estaría aguardando aún, apoyado en el poste, la pierna derecha cruzada por delante sobre la izquierda, y el pie de esa pierna puesto de punta sobre el suelo. Además la muchacha ya sabe que su novio está ahí. ¿Cómo lo sabe, si no se ha movido de su tocador -”coqueta” se llamaba antes ese mueble-, ocupada como está en ponerse el polvo y el bilé, y en componer las ondas de su permanente, el peinado más de modo y de más moda? Lo sabe porque él ha silbado. ¡Ah, ese silbidito! Lo esperaba ella con inquietud desde las 6 y media de la tarde, temerosa de que su galán faltara a la cita, como aquella vez. Pero no. Sonaron las 8 en el reloj de Catedral, y como si fuera parte del carillón se oyó en seguida el silbidito. Ella lo conoce, igual que la paloma conoce el zureo de su palomo y no lo confunde con ningún otro, así haya convención internacional de palomares. Silbó el muchacho a las 8 en punto para avisarle que ya estaba ahí. Entonces ella empezó a arreglarse. El novio silbó de nuevo a las 8 y cuarto, no para apresurarla, sino para darle a conocer su amorosa impaciencia, bello piropo hecho a distancia. No tendrá que dar la tercera llamada, como se hace en la misa o en el teatro: a las 8.30, con puntualidad de tren inglés, la muchacha aparecerá en la puerta de su casa y caminará hacia la esquina con ese paso menudito que a él lo vuelve loco y le pone tensiones deliciosas en el corazón y en otras más inferiores dependencias corporales. Después vendrá el tomarse de las manos, y luego el tomarse a besos en algún lugar propicio. Estampa es ésta de un ayer muy de ayer. Ahora ya no se escucha el silbido. Otros gratos sonidos se fueron también: el timbre de las calandrias, aquellos cochecitos guiados por un cochero gordo y tirados por un caballo flaco; el sabroso pregón de los vendedores callejeros... Yo escuché todos esos ruidos, y lancé también mi silbidito en una esquina. Si no me gustara tanto la melodía que ahora oigo en mi vida cambiaría todas las músicas por ésa. Pero las cosas cambian. Heráclito lo dijo: sólo el cambio es eterno. Con el mayor respeto para ese señor yo digo que en lo eterno no hay cambio. El amor eterno, por ejemplo, ése que a veces dura algunos días -o algunas noches-, es para siempre, siquiera sea en el recuerdo. Por eso en estas letras puse algo que ha desaparecido ya, y que sin embargo hoy se me apareció... FIN.

MIRADOR

En toda la Sierra de Arteaga se sabe que no hay duraznos como los del Potrero de Ábrego.
Quizás en otras partes haya manzanas mejores -por ejemplo en el Paraíso-, pero duraznos como los del Potrero no los hay en parte alguna. Ni siquiera en el Paraíso. 
El árbol que da duraznos no se llama aquí duraznero. Tampoco se llama árbol de durazno. Se llama solamente árbol. Si en Ábrego alguien dice “árbol” nadie pensará en un manzano, un nogal o una higuera. Tampoco pensará en un pino, un álamo o un fresno. Decir árbol es decir duraznero. “Fulano ya no siembra trigo: en su huerta puso árbol”. Eso quiere decir que plantó árboles de durazno.
Ahora estamos recogiendo los frutos del árbol. Están hechos de terciopelo y miel. Te comes uno y con él te comes todo el sol del año, y toda el agua, y todo el silencioso trabajo de la tierra. Eso quiere decir que te comes a Dios, como cuando comulgas. 
En este momento me estoy comiendo un durazno. No me distraigan, por favor. Estoy comulgando.
¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Siguen los disturbios en Oaxaca...”.
El caos es permanente,
de todos los días ya.
Y lo mismo seguirá
mientras gobierne la CNTE.