De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

En el concurso de preguntas y respuestas el conductor del programa le preguntó a la concursante: “Por mil pesos, señora, díganos: ¿quién fue el primer hombre?”. Respondió ella: “No puedo contestar esa pregunta. Le prometí guardar el secreto”. Pepito regresó de la clase del catecismo y le dijo a su mamá: “Me gustaría ser el prójimo”. “No te entiendo” -se extrañó la señora. Explicó el chiquillo: “En la doctrina nos dijeron que venimos a este mundo a servir al prójimo, ya mí me gustaría que todo el mundo me sirviera”. Un tipo iba a cruzar la frontera en su automóvil. El guardia de la aduana le preguntó: “¿Tiene algo que declarar?”. Respondió el sujeto: “Nada”. El guardia le pidió que abriera la cajuela del vehículo. En ella venían dos enormes sacos o costales. Inquirió, suspicaz, el oficial: “¿Qué es eso?”. Respondió el individuo sin turbarse: “Es comida para unos pollos que tengo en mi casa”. Le pidió el aduanal: “Abra los sacos”. Los abrió el sujeto. Los costales estaban llenos de iPhones, iPads, iPods y iHasta la madre. Le dijo el guardia, severo: “¿Conque comida para pollos?”. “Mire -replicó el sujeto-. Yo les pongo a los pollos esas cosas. Si no se las comen eso ya es asunto de ellos”. Al terminar el trance de amor el galán le preguntó, inquieto, a su dulcinea: “Dime, Susiflor: ¿tomaste algo para evitar que de esto resulte alguna consecuencia?”. “Claro que sí -respondió ella-. Desde que empezamos tomé en la mano mi pata de conejo para la buena suerte”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, hizo una visita de caridad a la prisión. Le dijo a uno de los reclusos: “Entiendo que está usted aquí por robar”. “No precisamente, señora -replicó el sujeto-. Estoy porque me pescaron robando”. Facilda Lasestas le contó a una de sus amigas que su marido quería divorciarse de ella. “¿Por qué?” -preguntó la otra. Explicó Facilda: “Tenemos incompatibilidad de caracteres. A él le gusta la alta fidelidad; a mí la alta frecuencia”. Las candidaturas plurinominales tenían razón de ser en la época de la dominación priista. Eran migajas que el prigobierno daba a una oposición débil que de otra manera habría quedado totalmente al margen de la vida pública. Los partidos opositores, tanto de izquierda como de derecha, escogían para esas candidaturas a sus mejores representantes, a fin de que dieran la batalla en la tribuna al poderoso PRI. Ahora que nuestra incipiente democracia ha hecho más equitativa la lucha entre los partidos, las copiosas listas de plurinominales no tienen ya ninguna justificación, y menos cuando vemos que las candidaturas se otorgan a personas con escasa o nula preparación política, y que los cargos sirven para pagar favores o asegurar ventajas. Nadie debería tener un cargo de representación si no lo ha ganado en las urnas. Lo demás es corrupción política que daña a la nación y pesa onerosamente sobre los contribuyentes. Eran dos vagabundos. Uno se veía regordete y sonrosado; el otro estaba flaco, macilento y escuchimizado. Le dijo el primero al otro: “¿Por qué no haces como yo? He aprendido a comer por sugestión. Me pongo, por ejemplo, frente a una rosticería, y me imagino que me estoy comiendo un pollo. Otras veces me coloco ante la vidriera de un elegante restorán y pienso que estoy disfrutando los manjares que ahí sirven. El procedimiento obra maravillas: después de la autosugestión  me siento ahíto, satisfecho. Desde que empecé a poner en práctica ese método he aumentado 15 kilos, y ya no me veo como tú”. El otro, maravillado, dijo que seguiría la recomendación bajo su guía. Esa misma tarde se pusieron los dos frente a un lujoso restaurante que exhibía en su aparador algunas de las viandas que servía: pavos, perdices, jamones. El amigo clavó la vista en los manjares y se concentró profundamente. Después de un rato sucedió que una estupenda rubia pasó frente a ellos. El vagabundo aprendiz de la autosugestión se quedó viendo con intensidad los profusos encantos de la fémina. De pronto ¡oh desgracia! cayó al suelo sacudido por fuertes convulsiones. “¡Caramba! -se consternó el otro-. ¡Olvidé decirle que nunca hay que follar después de una comida fuerte!”. FIN.

MIRADOR

Pilatos no encontraba culpa en aquel hombre llamado Jesús que le presentaron para que lo juzgara. El acusado respondía con frases vagas a las imputaciones. Otras veces oponía un hondo silencio a las preguntas.

Algo tenía el hombre, sin embargo, que lo apartaba del común de los reos. Había en él una especie de extraña majestad. Consistía quizá en la dignidad que mostraba  frente al escarnio de la turba, o en la profundidad de su mirada, o en la serenidad con que afrontaba el riesgo de la muerte. Por eso, y porque su mujer conoció en sueños la inocencia de aquel justo, Pilatos no sabía qué hacer.

Hizo traer a Barrabás, pues por esos días se regalaba al pueblo la libertad de un condenado. Presentó a la turba a Jesús y a Barrabás, y le pidió a la gente que dijera a cuál de los dos quería libre.

-¡A Barrabás! -gritó con una sola, enorme voz la multitud.

Así, Pilatos dejó libre al culpable y condenó a morir al inocente.

Se lavó las manos. Mientras se las secaba dijo para sí:

-Obré prudentemente: dejé que el pueblo decidiera, y ya se sabe que el pueblo siempre tiene la razón.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Están llenas las playas.”.

Cierto lector asegura, con voces nada serenas, que las playas quedan llenas también después: de basura.