De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Pepito fue con sus papás a visitar a los abuelos, que vivían en una granja. Al pasar por el corral el chiquillo vio algo que le llamó mucho la atención. Le preguntó a su abuelo qué era aquello. Contestó el señor: “El toro está sirviendo a la vaca para que tenga un becerrito”. En el prado Pepito vio otro espectáculo igual. “Y eso ¿qué es?”. Dijo el abuelo: “El caballo está sirviendo a la yegua para que tenga un potrillito”. Esa noche, en la cena, la abuela sirvió un platillo delicioso: pato a la naranja. Le dijo al abuelo: “¿Quieres servir el pato?”. Al oír eso Pepito exclamó muy asustado: “¡Si lo sirve yo prefiero quedarme sin cenar!”. El PRI tiene un nuevo aliado que le ayudará a ganar la próxima elección. Desde luego cuenta ya con la valiosa colaboración del PAN y el PRD, cuyas pugnas internas, traducidas en división y desbandada, favorecerán al partido en el poder. Ahora bien -o ahora mal-: ¿quién es el nuevo aliado con el que cuenta el PRI para obtener el triunfo en la siguiente jornada electoral? Es el movimiento que propone el abstencionismo y la anulación del voto. Aparentemente contestatario y progresista, ese movimiento es en verdad reaccionario, y les hace el caldo gordo a los priistas. En efecto, al partido oficial le conviene que la gente no vaya a las urnas, y que muchos sufragios sean anulados. El PRI cuenta con un voto duro, clientelar, que nunca le falla. Dispone de una sólida estructura y de una maquinaria electoral bien aceitada que funciona a la perfección en tiempo de elecciones. Mientras más elevado sea el abstencionismo, y más numerosos los votos anulados, mayor es la posibilidad de que los sufragios que el PRI tiene seguros le den el triunfo en la elección. Así las cosas lo verdaderamente revolucionario es ir a votar, y hacerlo por una opción diferente a la gobiernista. Predicar lo contrario es necedad política, por no decir pendejez electoral. El cliente le pidió a Babalucas: “Quiero un televisor de color”. Preguntó el badulaque: “¿De qué color?”. Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida -no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a sus feligreses a condición de que no lo cometan el día del Señor-, fue a Tahití a convertir a los paganos a la verdadera fe. Se topó con un problema: ya había en la isla misioneros católicos, anglicanos, presbiterianos, bautistas, anabaptistas, metodistas, episcopalistas, calvinistas, adventistas, luteranos, mormones, testigos de Jehová, discípulos de Cristo, de la Ciencia Cristiana y del Ejército de Salvación, todos entregados a la misma tarea: convertir a los paganos a su respectiva fe, la única verdadera. Rocko Fages imaginó una argucia para ganarse al cacique de las islas, pues ya se sabe que la religión del rey es la de sus vasallos. Le propuso darle clases de inglés. El cacique deseaba vivamente aprender esa lengua: el capitán de un barco ballenero le había regalado un ejemplar de “Fanny Hill”, novela erótica, y las ilustraciones del libro lo excitaban en tal modo que ansiaba poder leer el correspondiente texto. Así pues aceptó las lecciones. En un principio el misionero pensó usar el método Ollendorf, que busca dar al educando el vocabulario más amplio posible por medio de preguntas y respuestas: “¿Ha visto usted la gorra amarilla de mi tío?”. “No: el paraguas azul de la señora lo tiene el sacristán”. Optó mejor por un sistema más directo: llevó al cacique al jardín y empezó a decirle los nombres de los objetos que ahí había, para que los repitiera. “Árbol”. Y el cacique: “Árbol”. “Flor”. Y el hombre: “Flor”. Al pasar por un sitio lleno de maleza se toparon con una visión inesperada: al amparo de los arbustos la mujer del cacique estaba haciendo el amor desaforadamente con un isleño joven. No sólo eso: ni siquiera lo estaban haciendo en la posición del misionero. El cacique le preguntó al pastor: “¿Cómo llamarse eso?”. El predicador, desconcertado, respondió lo primero que se le ocurrió: “Se llama ‘montar en bicicleta’”. El cacique entonces tomó su arco y disparó una flecha que se clavó en la nalga derecha del isleño. Lanzó éste un ululato de dolor y escapó a todo correr frotándose la parte dolorida. Espantado, Rocko Fages le preguntó al cacique: “¿Por qué hizo usted eso?”. Respondió el hombre con enconoso acento: “Bicicleta ser la mía”... FIN.

MIRADOR

Me habría gustado conocer a Sheila Johnson.

Tuvo a su cargo la escuela dominical del templo en un pequeño pueblo del sur americano. El ministro de la iglesia hablaba siempre del infierno en sus sermones. Nadie se iba a salvar de la condenación: las mujeres por vanidosas; los hombres por borrachos; los niños y las niñas por no haber aprendido de memoria tal o cual versículo de la Biblia.

Cierto día un niñito le preguntó a miss Sheila si el infierno existía. Había oído decir a un tío suyo que el infierno era un invento de los predicadores para asustar a la gente y sacarle dinero a cambio de la salvación.

En el fondo miss Sheila tampoco creía en el infierno. Pero no podía decirle eso al niño. Tal cosa la habría excluido de la iglesia; le habría atraído la ira del pastor y el repudio de la comunidad. Le dijo entonces al pequeño:

-El infierno existe, pero no hay nadie en él. La bondad y misericordia del Señor, su perdón y su amor, hacen que esté vacío.

Me habría gustado conocer a Sheila Johnson. Sabía las verdades de Dios, y sabía también las mentiras del diablo.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Demandará China a México...”.

La demanda, bien fincada,

parece prosperará.

Dicen que la cosa ya

se puso de la chinada.