De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, se estaba refocilando con la esposa de un amigo suyo en el lecho conyugal de la mujer. En eso el teléfono sonó. Respondió la señora; habló brevemente y colgó luego. Le dijo a Afrodisio: “Era mi marido”. “¡Joder! -se asustó él-. ¡Me voy!”. “Tranquilo -respondió la pecatriz-. Tenemos todo el tiempo del mundo: me dijo que va a llegar tarde porque está jugando al dominó contigo”. El líder sindical les informó a sus agremiados: “Con el nuevo contrato colectivo trabajaremos sólo un día a la semana: los martes”. Se oyó una voz quejosa: “¿Todos los martes?”. Pidió el cliente: “Qufrgirforghenatwrtlarfha de cerveza”. El dependiente le preguntó, molesto: “Que quiere una lata ¿de qué?”. Dos muchachillos estaban furiosos con su maestra, pues los había reprobado en la clase de educación sexual. Dijo uno: “Ahora que salga le voy a dar una patada en los éstos”. Si la madre que parió a la Constitución, o los padres que la engendraron, resucitaran especialmente para ello no la reconocerían, así de reformada, adicionada, enmendada, parchada y remendada ha sido. Y sin embargo el contenido actual de la Constitución es lo de menos: lo que nos debe preocupar es que no se cumple. Cualquier otra, por bella que sea y armoniosa desde el punto de vista meramente formal, correrá el mismo destino que ésta mientras México no sea un estado de derecho. Sucede que la casta gobernante se siente absoluta, vale decir absuelta de cumplir las leyes. Éstas, a juicio de los detentadores del poder, nos obligan sólo a los ciudadanos. Ellos están al margen o por encima del orden jurídico. Se lo pasan -perdonen mis cuatro lectores si caigo en la pedantería de usar una expresión culterana- por donde Petra se pasa el peine. Así las cosas el festejo de hoy por el aniversario de la Constitución es una más de esas ceremonias oficialistas sin sentido, vacuas, con que se exorna un calendario supuestamente cívico ahí donde no hay civismo. Aprendamos primero a respetar la ley, y venga luego la Constitución que sea. ¡Mentecato columnista! ¿Pensaste acaso que la República se cimbraría con tus palabras? Mírala: está incólume, impávida, impertérrita; dispuesta y resignada a escuchar los 30 mil discursos que hoy se dirán a todo lo largo y ancho del territorio nacional, e incluso quizá en la plataforma continental y zócalo submarino, pues hasta ahí son capaces de llegar nuestros políticos con tal de abrazarse unos a otros y refrendar su mutua solidaridad a espaldas del pueblo sufridor. Mejor será que narres algunos chascarrillos finales que aligeren la gravedad de tu inane perorata. Nárralos, y luego haz mutis con la majestuosa lentitud con que lo hacía John Barrymore, aquel célebre actor al que admiraban quienes lo conocían bien, pues estaba magníficamente dotado en la región atinente a la masculinidad. A él esos homenajes lo molestaban. Decía: “No quiero ser admirado por algo en que muchos hombres me igualan y cualquier asno me supera”. Susiflor iba a salir con su novio. Llevaba una breve y ajustada minifalda. Su abuelita le aconsejó: “Haz con tu novio lo mismo que con tu faldita”. Susiflor, desconcertada, preguntó: “¿Qué?”. Respondió la abuela: “Cuida que no se te suba”. Una monjita entró en un bar y pidió un tequila. Se lo sirvió el cantinero y le cobró: “Son 200 pesos”. Pagó la religiosa, bebió su copa de un solo trago y luego se dispuso a retirarse. “Perdone, madre -le dijo el asombrado barman-. No vemos muchas monjas por aquí”. “Claro -respondió la sor, molesta-. Con esos precios”. Babalucas le contó a un amigo: “Vengo del consultorio del dentista. Me sacó una muela”. Quiso saber el amigo: “¿Todavía te duele?”. “No lo sé -contestó Babalucas-. El dentista se quedó con ella”. Un tipo evidentemente ebrio se acercó al policía de la esquina y le dijo con tartajosa voz: “Oficial: alguien se robó mi coche”. El policía notó el estado en que se hallaba el temulento y le preguntó: “¿Dónde dejó su automóvil?”. Respondió el beodo: “Estaba en el extremo de estas llaves”. Dijo el oficial: “Vamos a buscarlo. Pero primero arréglese: trae usted la bragueta abierta”. “¡Santo Cielo! -exclamó consternado el borrachín-. ¡También se robaron a mi novia!”. FIN.

MIRADOR

Este pájaro, me dicen, se llama primavera.

Es gris, apenas si tiene en el pecho algunas plumas de color marrón.

Hace unos días se estrelló contra el cristal de una ventana. Lo levanté; pensé que estaba muerto, pero sentí en mi mano el latido de su corazón. Lo llevé a la casa; lo envolví en un lienzo para darle calor, y le soplé en la cabecita para reanimarlo, según vi hacer a mi padre con una golondrinilla que cayó del nido. La primavera volvió en sí y se sacudió. Abrí la mano y se fue la primavera.

            Ahora que es invierno viene una primavera y se posa en la reja de mi ventanal. Quiero pensar que es la misma primavera. Quizá todos los inviernos son el mismo, y la misma todas las primaveras. No lo sé. Lo que sí sé es que todo se va y que todo vuelve. Ese irse y regresar se llama vida. Siempre termina y siempre empieza. Es el cuento de nunca acabar. Ya lo hemos oído. Lo volveremos a escuchar.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Cancelan el proyecto del tren rápido.”.

“Es imposible -comenta un crítico descortés- que haya tren de rapidez con economía lenta”.