De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

La palabra “brinco” es una de tantas que en el argot del vulgo sirven para designar al acto de la cópula, acto también llamado (en orden alfabético) agarrón, canco, chingamusa, desgastar el petate, echar pata, follar, guachar, hacer foqui foqui, ir a desvencijar la cama, joder, levantar polvo, llover en la milpita ajena, machucar, náilon (planchar las), ¡ñácatelas!, ojalear, pisar, quintear, reatar, sacarle punta al lápiz, trincar, usar lo que se debe, vaciar, yogar y zoquetear. Lo digo porque doña Panoplia de Altopedo, dama de la mejor sociedad, hacía su caminata diaria por el parque cuando se le acercó un chiquillo y le preguntó con buenos modos: “¿Podría usted hacerme el favor, señora, de informarme qué horas son?”. Consultó la empingorotada dama su reloj -un Cortébert De Luxe- y respondió: “Falta un cuarto para las 5”. “¡A las 5 te echo un brinco!” -le dijo entonces el arrapiezo, en quien mis cuatro lectores habrán adivinado ya al tremendo Pepito. Así diciendo el grosero chamaco echó a correr al tiempo que profería burlonas carcajadas. La señora De Altopedo ardió en ignívomo furor al escuchar esa ruin chocarrería. Valida de la circunstancia de que esa mañana estrenaba unos carísimos tenis Umbro -gutties, los llamaba ella- echó a correr tras el mocoso a fin de castigar su sinrazón. Casualmente pasaba por ahí don Sinople, su vecino, quien al verla le preguntó alarmado: “¿Por qué corre usted así, amiga mía?”. Contestó doña Panoplia, airada pero sin aire ya: “Un muchacho me preguntó qué horas eran, y cuando le respondí: ‘Falta un cuarto para las 5’ me dijo: ‘A las 5 te echo un brinco’”. Replicó don Sinople: “¿Y para qué se apresura, vecinita? Todavía faltan más de 10 minutos”. Comentó un sujeto: “Yo era esquizofrénico, pero me sometí a un tratamiento, y ahora los dos estamos bien”. El otro día me reuní en la Ciudad de México con Rosa del Tepeyac Flores Dávila, inteligente y bella dama, hija de don Óscar Flores Tapia, quien tanto bien hizo a Coahuila, mi natal estado, con su obra de intelectual y gobernante. Fuimos Rosita y yo por las calles del Centro Histórico de la capital. Estaban llenas de vendedores que ofrecían cosas relacionadas con el Día de la Candelaria, fecha en la cual se celebran las tradicionales “levantadas”, una de las más populares fiestas mexicanas. Había niños Dios de todos los tamaños y colores, y variadísimos vestidos para engalanarlos: atuendos de rey y príncipe, naturalmente, pero también de médico, de partidario del América o las Chivas, y hasta de luchador. Se vendían igualmente sillitas para sentarlo, coronas para coronarlo, guarachitos para calzarlo. La noche del 2 de febrero se cumplió en millones de hogares mexicanos ese entrañable rito que une a las familias y crea compadrazgos que durarán toda la vida. En la mayoría de las casas se sirvieron los obligados tamalitos, vianda propia de esta celebración y de otras muchas. Por eso fue error craso el de una empresa fabricante de hamburguesas que en un mensaje para anunciar su mercancía puso esta grandísima indejada: “Los tamales son cosa del pasado”. Se necesita ser muy necio para urdir semejante despropósito. Los tamales, herencia de siglos que nos legaron nuestros antepasados aborígenes, seguirán siendo gala de la cocina mexicana cuando los fabricantes de aquel comistrajo producido en serie no estén ya para comerlo, si es que ellos lo comen. Quien esto escribe es hombre benévolo, de franciscana mansedumbre. Hay cosas, sin embargo, que lo encalabrinan. Ésta es una de ellas. Al insensato que promovió ese anuncio va dirigida la siguiente pedorreta o trompetilla: ¡Ptrrrrrr!... Un pordiosero le pidió a una chica de tacón dorado: “¿Podría darme mil pesos para una taza de café?”. La muchacha respondió enojada: “Una taza de café no cuesta mil pesos”. Explicó el pedigüeño: “Es que luego le iba a pedir que me acompañara a un hotelito”. Por una serie de extrañas circunstancias una neurona femenina fue a dar a un cerebro masculino. Se sorprendió al verlo vacío: no había en él ni una neurona. La neurona femenina se sintió sola y asustada. Para saber si en el hombre había neuronas gritó con todas sus fuerzas: “¿Hay alguna neurona por aquí?”. Le respondió una voz venida de muy lejos: “¡Acá estamos, abajo!”. (No le entendí)... FIN.

MIRADOR

Ésta es la fábula llamada “El cerdo y la vaca”.

Una vaca y un cerdo se encontraron en el prado de la granja. Después de los saludos y cortesías de uso entre los animales el cerdo le dijo a la vaquita:

-Hay algo que no entiendo. Yo les doy a los hombres todo lo que puedo darles. Les doy jamón, tocino, manteca... Les doy también mi piel. Hasta mis cerdas aprovechan, pues con ellas hacen brochas y pinceles. Tú, en cambio, lo único que les das es leche. Y sin embargo a ti te quieren más que a mí. ¿Por qué?

Respondió la vaca:

-Quizá sea porque yo lo que doy lo doy en vida.

Todas las fábulas tienen una moraleja.

A mí, sin embargo, las moralejas no me gustan: son demasiado moralistas.

Así cada uno póngale a la fábula del cerdo y de la vaca la moraleja que quiera ponerle.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Por mal tiempo cancelan muchos vuelos...”.

Quizá lo digo a destiempo,

mas tratándose de aviones

se dan las cancelaciones

también cuando hay muy buen tiempo.