De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Al regreso de su luna de miel la recién casada le comentó a una amiga: “Descubrí que mi marido es del sexo débil”. “¡Cómo es posible!” -exclamó la amiga consternada. “Sí -confirmó la flamante desposada-. Nunca puede dobletear”. Declaró Babalucas: “No uso mi radio por la noche. Es AM”. Dulcilí, muchacha ingenua, le dio la noticia a su mamá: estaba un poquitito embarazada. “¡San Palemón me valga!” -exclamó la señora, que solía invocar al santo del día, y ayer fue el de ese anacoreta-. ¿Cómo es posible?”. Respondió Dulcilí: “No supe lo que hice, mami. Pero mi novio dice que lo hice bastante bien”. Estentórea palabra, y contundente, es el vocablo francés “Merde”. Hay una historia acerca de ese término. En el curso de las guerras napoleónicas un militar inglés intimó la rendición al Vizconde de Cambronne, comandante de la Vieja Guardia bonapartista. Respondió, altivo, el soldado del emperador: “Merde!”. Cuando en Francia alguien quiere decir ese voquible, pero no puede pronunciarlo por tal o cual circunstancia, recurre al eufemismo “le mot de Cambronne”, la palabra de Cambronne. Pues bien: los mexicanos deberíamos decir esa palabra ahora que se nos vendrán encima 7 millones de spots políticos. Velis nolis, o sea a querer y no, tendremos que escuchar o ver los mensajes de los partidos, de sus candidatos y de los órganos electorales, a más de los anuncios del Gobierno. Después de muchas fatigas y quebrantos logramos liberarnos del presidencialismo absolutista que padecimos durante 70 años. Vivimos ahora bajo otra dictadura, la de los partidos políticos, que entre otros males nos asestan esa profusa propaganda mentirosa y aburrida tendiente a proteger las suculentas prerrogativas en dinero que obtienen, groseras e insultantes en un país tan pobre como el nuestro. Al ver el alto costo que los ciudadanos debemos pagar por la política deberíamos decir a voz en cuello la palabra de Cambronne: “Merde!”, y actuar para que los políticos no nos cuesten tanto. Apenas acaba de empezar el nuevo año y ya esta columneja se ve en problemas con doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Dicha señora, ya se sabe, practica el moralismo. Y vigilar la moral de los demás es un trabajo de tiempo completo. Rigurosa celadora del comportamiento ajeno, la señora Tridua me llamó por teléfono para preguntarme si en estas fechas iba yo a publicar algún chascarrillo “de los que acostumbra”. Así me dijo. Le mencioné dos que tengo preparados: uno se llama “Historia de una nariz”; el segundo lleva por título “La cacerola”. Me ordenó la ilustre dama en tono perentorio: “Envíeme una copia de ambas narraciones. Reuniré a la Comisión Censoria, formada por 24 miembros de nuestra mejor sociedad y por dos de la no tan buena, y después de invitarles un café con galletitas, y tras hablar tres horas acerca del clima y otros temas similares, decidiré por mí misma si le otorgamos o no el Nihil Obstat necesario para la publicación de esos relatos”. Le hice llegar a doña Tebaida los textos que pedía. Según me enteré después por una indiscreción de la mucama de la casa -se llama Camelina, y es de Cuitlatzintli- la señora los leyó y fue poseída al punto por una temblorina incontrolable que provocó que sus glúteos, al chocar uno contra el otro -porque tiene dos- sonaran como platillos de banda sinaloense. “Fue algo impresionante -me dijo Camelina-. Yo corrí”. Lo sucedido es seña de que doña Tebaida no autorizará que esos dos cuentos vean la luz. Así pues me daré prisa a narrar mañana el primero, “Historia de una nariz”, y el otro a la brevedad posible. ¡No se los pierdan mis cuatro lectores!. Casó Meñico Maldotado. Al empezar la noche de bodas le dijo a su mujercita: “No sientas ningún temor. Seré muy delicado”. “Tú aviéntate -lo incitó la muchacha-. ¿Qué daño puedes hacer con eso?”. Un tipo le preguntó a otro: “¿Tienes fotos de tu mujer desnuda?”. Respondió el otro: “No”. Le dice el tipo: “Te vendo éstas”.Ella a él: “Después de esto no quiero verte más. ¡Retírate!”. Él a ella: “No puedo”. Ella: “¿Por qué no?”. Él: “Tu arete está atorado en mi zipper”. FIN.

MIRADOR

El artículo que Malbéne publicó en el último número de la revista “Lumen” seguramente va a ser causa de polémica. En él dice el controvertido teólogo:

“. No me inspiran temor aquéllos que no creen en Dios, pero siento pánico ante los que creen demasiado en Dios. Jamás he sabido de un ateo que haya matado a alguien en nombre de su ateísmo. Sin embargo millones de seres humanos han muerto, en nombre de Dios, por motivos religiosos. La religión, como las medicinas, se debe consumir sólo en pequeñas dosis. No digo que no debamos creer en Dios -cada quién sus dioses-; lo que digo es que debemos creer también en el hombre.”.

Algunos profesionales de la religión opinarán que las palabras de Malbéne son -por decir lo menos- imprudentes, pero los recientes acontecimientos de París hacen pensar que le asiste la razón.

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Compraremos petróleo a los Estados Unidos.”.

Se ve que es una quimera

-y lo estamos viendo ya-

el viejo mito de “la

soberanía petrolera”.