De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Los condones mexicanos se están poniendo de moda en todo el mundo. Quienes los usan dicen que con ellos tardas por lo menos 20 minutos en llegar. DonUltimiano estaba en su lecho de agonía. Le dijo a su mujer: “Ahora que me vaya quiero que te cases con Insidio. Es hombre bueno, amigo fiel y leal. Creo que te hará feliz”. “Tienes razón -respondió ella-. Desde hace varios años me ha estado haciendo muy feliz”. Babalucas se quejó: “Rosibel es una incumplida. Le pedí que hiciéramos el amor y me dijo que me fuera a freír espárragos. Fui, freí algunos, y cuando regresé ya no estaba”. Hay lugares donde uno está, y lugares donde uno es. En mi casa, por ejemplo, no estoy: soy. Lo mismo en mi ciudad, Saltillo, e igual en el Potrero de Ábrego, el escondido paraíso a donde voy cada vez que me pierdo, para hallarme. El Centro Histórico de la Ciudad de México es otro de esos sitios entrañables: he llegado a pensar que ahí viví otra vida, quizá en tiempos virreinales. No acabaría nunca de citar todos los lugares a donde volveré cuando sea otro fantasma distinto al que ahora soy. Diré de algunos: el quiosco de Álamos, Sonora, con su guardia de altísimas palmeras; la empinada calleja de Tlaxcala a cuyo pie se mira la recoleta plaza de toros del lugar; Santo Domingo de Oaxaca, ciudad tanto más bella cuanto más herida; el jardín de Santa Lucía, en Mérida, donde los jueves por la noche florecen la danza, el poema y la canción; el Café de la Parroquia, en Veracruz, de mis amigos los Fernández, santuario de los jarochos y de lo jarocho, parte invaluable del patrimonio nacional. Uno de esos lugares tan amados quiero citar hoy. Es la plazuela que está junto a Las Rosas, en Morelia, frente al conservatorio que fue casa de ese hombre bueno, artista extraordinario, el maestro Miguel Bernal Jiménez, cuya memoria guardo sin haberlo conocido nunca. Conozco, sí -regalo de la vida-, a la dama gentil que fue su esposa, doña Cristina Macouzet, cuya bondad es igualada sólo por su finísimo talento, autora de uno de los más bellos libros que he leído, “Media vuelta al corazón”. Voy a esa pequeña plaza que antes dije y bebo a sorbos lentos un café. Me mira el busto de Cervantes, alto señor que tantas cosas vio. Cuando yo ya no vea él seguirá mirando a la gente y a las cosas con ironía cargada de ternura. Amo a Morelia. Quiero volver a su recia catedral, a su mercado de colores, a sus artesanías -en parte alguna del mundo las hay tan hermosas y variadas-, a sus antiguas casas y sus calles, por las que un día caminé de madrugada, a solas con ellas y conmigo. Por eso, porque siento amor por Michoacán y por Morelia, me alegré mucho cuando supe que Francisco, el Papa bueno, había dado el capelo cardenalicio a monseñor Alberto Suárez Inda. Con tal designación el pontífice bendice y consuela a esa ciudad y a ese estado, tan lastimados por la maldad del crimen. Celebro de corazón el cardenalato de don Alberto, fruto de la sabiduría y la sensibilidad del Papa, nueva prez para Morelia y para Michoacán. Un intelectual le comentó a su amigo: “Fui a la Convención de Escritores Surrealistas”. “¿Ah sí? -se interesó el amigo-. ¿Cuántos asistieron?”. Responde el intelectual: “Octubre”. En la cantina un tipo le preguntó a otro: “Si fueras por un callejón y un hombre abusara de ti ¿le contarías a alguien lo que te sucedió?”. Contesta el otro sin dudar: “¡Claro que no!”. Le propone el amigo: “¿Vamos al callejón?”. Simpliciano, joven sin ciencia de la vida, casó con Taisia. A los tres meses de casados ella dio a luz un robusto bebé. “¿Por qué tan pronto? -le preguntó con inquietud el cándido muchacho a la mamá de su mujer-. Siempre he sabido que los embarazos duran nueve  meses”. “¡Anda! -le respondió la suegra-. ¡Taisia es muy inocente! ¡Qué va a saber ella lo que deben durar los embarazos!”. Pepito abrió la puerta de la recámara de sus papás en el momento en que el señor y la señora estaban en situación copulativa. El pequeñín le preguntó a su padre: “¿Qué haces?”. Lleno de turbación el señor respondió lo primero que se le ocurrió: “Le estoy poniendo gasolina a tu mamá”. Le dice Pepito: “Pues a ver si te consigues otro modelo que no gaste tanta. Hoy en la mañana ya le había puesto el lechero”. FIN.

MIRADOR

Jean Cusset, ateo con excepción de cuando recuerda sus navidades de niño, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-Si miramos bien la imagen de Adán que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina creeremos ver en en una de sus piernas la figura de Eva. La intuición del artista le permitió pintar una verdad: en sus orígenes el hombre y la mujer fueron un solo ser. Millones de años de evolución fueron necesarios para separarlos, pero los hombres tenemos todavía en el cuerpo restos de nuestro ser femenino, y la mujer conserva también rasgos de varón.

-El amor -siguió diciendo Jean Cusset- es la perpetua búsqueda de esa unidad que se perdió. Sin saberlo, al buscarse mutuamente el hombre y la mujer se están buscando a sí mismos. Entonces cuando seamos felices al lado de una mujer no debemos decir: “Me hallo muy bien con ella”, sino: “Me hallo muy bien en ella”.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Ya no subirá la gasolina.”.

 Un lector bien informado dijo con escepticismo: “Si ya no sube es lo mismo. Ya ha subido demasiado”.