De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

En la cama la señora le dijo a su marido: “Qué extraña coincidencia. A ti se te olvidó que hoy fue mi cumpleaños, y ahora resulta que a mí se me olvidó cómo descruzar las piernas”... Doña Pasita le preguntó a su joven nieta: “¿Qué tal tu nuevo novio, Dulcilí?”. “Es muy lindo, abue -respondió la muchacha-. Me baja el Sol, la Luna y las estrellas”. Doña Pasita se inquietó: “Ojalá que nada más eso te baje... En una taberna de Juneau un cazador bebía tristemente. El cantinero le preguntó que le sucedía. Respondió el tipo: “Sospecho que mi mujer me engaña con un esquimal, pero no he podido confirmar ese recelo. Siempre que llego a mi casa encuentro a mi esposa en la recámara, sin ropa y muy nerviosa. Busco abajo de la cama y en el clóset, y no encuentro a nadie”. Le dice el tabernero: “La ha estado pendejeando, señor. Ésos se esconden en el refrigerador”... El niñito le preguntó a su mami: “La vecina de al lado, ¿es medicina?”. “¿Medicina? -repitió la señora sin entender-. No te entiendo”. Explicó el pequeñín: “Es que cada vez que mi papá la ve dice: “¡Uta! ¡Cómo me gustaría recetármela!”... Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le espetó un piropo de subido color a una muchacha. Le dijo: “Me gusta mucho su cuartito. ¿Me lo puede alquilar?”. “Cómo no -respondió ella-. Le voy a decir a mi marido que le ponga la llave en la mano”... El abogado defensor se dirigió al jurado: “Cuando el acusado atacó, mi cliente estaba inerme”. Se vuelve hacia su defendido y le pide: “Dígale al jurado qué tenía usted en las manos en ese momento”. Contesta el individuo: “Tenía una bubi de la esposa de mi atacante, pero ni modo de defenderme con eso”... Simpliciano, muchacho ingenuo y cándido, se vio en la cumbre de la felicidad cuando Pirulina, muchacha pizpireta, aceptó su amorosa demanda. Terminado el erótico deliquio le dijo él con extasiado acento: “¡Gracias, Pirulina! ¿Cómo podré pagar la felicidad que me brindaste?”. Respondió ella: “Desde que los fenicios inventaron el dinero esa pregunta tuya tiene contestación”... Una de las mayores fallas de la casta política que nos gobierna es su alejamiento de lo que se llama “el pueblo”. La demagogia discursera de la época priista degradó ese término, que tiene hasta la fecha connotaciones populistas, pero no está por demás recordar que el pueblo es la gente común, la que no está sobrada de dinero, la que afronta con dificultades la diaria empresa de vivir. Están también los pobres, desde luego, que forman parte ya de más de la mitad de la población de México. Algunos de ellos sufren de miseria; el hambre no les es ajena, y conocen las formas extremas de la necesidad. Para quienes detentan el poder, sin embargo, esos mexicanos no tienen existencia real; son números en una hoja cuadriculada. Y es que los políticos no salen de sus casas y de sus oficinas, de los sitios de lujo que frecuentan. Gobiernan para los que son como ellos; sus acciones tienden a beneficiar a quienes gozan ya de inmensos beneficios, a aumentar la riqueza de unos cuantos. De ahí esa reforma fiscal recaudatoria; de ahí los cambios hechos a la política energética; de ahí los privilegios de que gozan los partidos y la profusa cáfila que en ellos parasita. La injusticia social es nota distintiva de la vida mexicana. Pero el pueblo está dando ya señales de cansancio. Si los políticos no las advierten pagarán caro el costo de su ceguedad. (¡Bófonos!)... Un tipo le comentó a otro: “Mi suegra me dice ‘hijo’”. “Eso está muy bien” -opinó el otro. “No tanto -aclaró aquél-. Nunca termina de decir la frase”... Nalgarina Grandchichier, mujer de anatomía exuberante, le hizo una confidencia a doña Jodoncia, su vecina. Le dijo: “Estoy teniendo una relación con un hombre casado. Es tremendamente feo; es el hombre más indejo del mundo; no tiene en qué caerse muerto, y para colmo es malísimo en la cama. Sin embargo no sé por qué le he tomado cariño”. Esa misma noche doña Jodoncia le preguntó a su esposo: “¿Estás teniendo una relación con Nalgarina?”... Acabado el trance de amor la viborita le dijo a su galán al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro de satisfacción: “¡Caramba, Serpentino! ¡Ahora entiendo por qué te llaman ‘pitón!’”... (No le entendí).... FIN.

MIRADOR

Los habitantes de Roma tienen una costumbre de año nuevo. El primer día de enero arrojan a la calle un objeto viejo, inútil y gastado: la plancha que ya no sirve; el televisor descompuesto; la escoba que con el uso se acabó...

Esa costumbre encierra un simbolismo. Se trata de comenzar el año sin todo lo que nos estorba, sin el lastre de lo que ya pasó.

Eso mismo quisiera yo hacer: ponerme frente a mi ventana y echar a la calle el peso inútil de los malos sentimientos. De ese modo podría empezar una nueva etapa sin esas turbiedades interiores que nos impiden estrenar vida al mismo tiempo que estrenamos año.

Me gustaría arrojar a la calle esos trastos inútiles, y que un viento renovador se los llevara. Si hiciera eso quizás el nuevo año me daría un abrazo al encontrarme y me diría con una gran sonrisa:

-¡Feliz hombre nuevo!

            ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Empieza un nuevo año...”.

Decía cierto señor

Con un suspiro muy hondo:

“Lo que deseo en el fondo

es que éste sea mejor”.