De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

A mediados del siglo pasado -¡ay! tan pasado- se proyectó en el Cinema Palacio, elegantísima sala cinematográfica de mi ciudad, Saltillo, una película de estreno que hoy figura entre las películas más clásicas. Esas películas, las que se llaman clásicas, me gustan mucho. Son de hace muchos años, y parecen haber sido filmadas este día. Recordemos la sabia definición de Alfonso Reyes: “Clásico es lo que sin ser actual es actual”. En inglés el film que digo tiene un nombre algo pedante: se llama: “Now, voyager”. Las palabras están tomadas, creo recordar, de un verso de Walt Whitman. El título con que se conoció en los países de habla hispana es bastante cursi: “Lágrimas de antaño”. Aun así prefiero este otro nombre. Siempre preferiré lo cursi a lo pedante. Lo cursi es solamente cursi; pero lo pedante, a más de cursi, es también muy aburrido. En la película aparece Bette Davis, extraña artista de inquietantes ojos a quienes unos consideraban fea y otros juzgaban hermosa sin comparación. Por el papel que hizo en “Now, Voyager” recibió una nominación al Óscar como mejor actriz. Su personaje es Charlotte Vale, una mujer soltera, sin gracia alguna, desgarbada, a quien su madre, tiránica mujer, mantiene en oprobiosa sumisión. Por eso se ha vuelto retraída; su timidez es tan grande que el trato con extraños la pone en estado de histerismo. Un siquiatra amable y elegante -Claude Rains, que también sale en “Casablanca”- la conoce y logra convencerla de ir a una clínica especializada en problemas de conducta. De ese hospital siquiátrico Charlotte sale transformada: aquella soltera sin roce social, introvertida, es ahora una mujer de mundo, bella, segura de sí misma, y hasta con atractivo sexual para los hombres. En un crucero por los mares de América del Sur conoce a un guapo europeo, Paul Henreid. Se enamoran los dos; y tienen una noche de pasión. La noche de pasión, claro, no aparece en la película. Sin embargo el amor de aquellos súbitos amantes es imposible: él es casado, y no está dispuesto a hacer sufrir a su esposa con una separación. Pero se aman profundamente. Charlotte conoce por accidente a la hija de su enamorado, una niña que sufre los mismos problemas que tuvo ella. La lleva a vivir a su casa y la transforma en igual forma que la siquiatría la transformó a ella. Aquella chiquilla hosca y huraña es ahora una atractiva jovencita que vivirá a su lado, pues su madre enferma no puede atenderla. Al final de la película el galán le expresa a Bette Davis su tristeza por no poder unirse a ella para toda la vida. Es entonces cuando la actriz pronuncia su inmortal frase, una de las más célebres de todas las que se han dicho en la pantalla: “Oh, Jerry, we have the stars. Let’s not ask for the moon”. “Oh, Jerry, tenemos las estrellas. No pidamos también la luna”. La cámara se vuelve hacia un cielo lleno de estrellas; suena la hermosa música de Max Steiner -el mismo que escribió la partitura de “Lo que el viento se llevó”-, y aparecen en la pantalla las palabras consagradas: The end. A mí me gustan mucho las frases clásicas del cine. Tengo una buena colección de ellas, y he llegado a usar algunas en ciertas ocasiones especiales de mi vida. Por ejemplo aquella de Arturo de Córdova: “En la vida de toda mujer hay un pecado. Tu pecado soy yo”. Dile esa frase a una mujer, aunque sea sin la voz y el acento de Arturo, y caerá en tus brazos y en todo lo demás. La frase de Bette Davis es igualmente imperecedera. A más de una señora haría llorar si viera hoy aquella película de tan ayer. Pero a más de ser inmortal, y ser hermosa, la frase encierra también una lección de vida: siempre hay que estar contentos. La palabra “contento” significa estar contenido; no desear más de lo que ya se tiene. En efecto: si ya tenemos las estrellas ¿para qué desear la luna cuando sabemos que es imposible conseguirla? Diría Perogrullo: si ya tenemos lo que tenemos, ¿para qué envidiar lo que no tenemos? Yo gozo del cine actual lo mismo que disfruto del cine de nostalgia, pero -la verdad-, en las películas de nuestro tiempo ya no se dicen frases como en las películas de aquellos tiempos que sólo por ser pasados son “los buenos tiempos”... FIN.

MIRADOR

Los habitantes de la aldea se entristecieron porque su milagroso Cristo, que con puntualidad de tren inglés sangraba cada año el mismo día, aquel día no sangró. Preguntaron al padre Soárez por qué, y él no supo qué explicarles. Pero esa noche el padre Soárez soño al Cristo.

-Señor -le preguntó-: ¿por qué no sangras ya?

Respondió él:

-Sangré muchas veces sin que me vieran. Sangré cuando aquel hombre golpeó a su hija porque iba a tener un hijo sin ser casada. Sangré cuando el dueño de los talleres, para sacudirse a su viejo trabajador sin pagarle indemnización, lo acusó de robar. Sangré cuando un pobre murió de hambre y de frío sin que ninguno remediara su necesidad. Sangré cuando lloró esa anciana que sufre dolor de soledad. Sangré cuando supe de aquel niño que no puede jugar porque ha de pedir limosna para poder comer. Todas esas veces sangré, y muchas más. No sangré ahora porque ya se me acabó la sangre.

Así dijo el Cristo.

Y entonces el padre Soárez despertó.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Alegría de Navidad...”.

 Las luces con su fulgor,

las músicas de ese día,

nos dicen que esa alegría

ha de tornarse en amor.