De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

“Doitor -le dijo el rancherito al médico veterinario-. Mi burro Jumentino está muy malo. No sé qué le sucede”. “Hay una epidemia de fiebre en equinos -contestó el facultativo-. A lo mejor eso es lo que tiene tu burro. Llévate este supositorio, pónselo en el recto, y avísame mañana a ver cómo sigue el animalito”. Regresó el ranchero a su jacal e ipso facto fue por el burro para ponerle el supositorio. Con atención concentrada le buscó por un lado, por el otro, por todos lados. Al fin le dijo muy molesto: “¡No te muevas tanto, Jumentino, que si no te encuentro ese tal recto te voy a meter esta medecina ya sabes por dónde!”. El impertinente galanteador  trató de abordar en la calle a una guapa muchacha. “¿Te acompaño, chula?”. Ella se molestó: “¿Cómo se atreve a hablarme así? -le dijo-. ¿Qué no es usted casado?”. “No, preciosa -respondió el majadero con cínica sonrisa-. Nada más los pendejos se casan’’. “Ah, perdone, me equivoqué -le dijo entonces la muchacha-. Es que tiene usted cara de casado”. Y a todo esto ¿por qué el sexo se llama sexo? Porque la palabra es más fácil de deletrear que: “¡Ah! ¡Oh! ¡Mmmm! ¡Ayyy! ¡Uff! ¡Hmppfff! ¡Yaaarggghhh! ¡Yiiiii! ¡Uhrgggh! ¡Yaaaa! ¡Ohooooo! Y finalmente: ¡Aaaaaaaaaah!”. En el restorán el mesero le dijo al impaciente parroquiano: “No se desespere, señor. Su pescado vendrá en un momento”. Preguntó el irritado cliente: “¿Qué tipo de anzuelo están usando?”. Comentó cierto señor: “Si no fuera por las guerras no sabríamos nada de geografía”. Una señora le dijo a otra: “Estoy muy preocupada. Me enteré de que mi niña juega al papá y a la mamá con el hijo de la vecina”. “Vamos, vamos -la tranquilizó la amiga-. Eso es algo normal. Yo no me preocuparía”. “No sé -respondió la señora-. El caso es que el marido de mi niña ya la quiere dejar”. Don Inepcio se quejaba con su mujer de ciertas fallas que observaba en su intimidad conyugal. “Por ejemplo -le reclamó-, nunca me dices cuando gozas haciendo el amor”. “¿Y cómo quieres que te lo diga? -protestó ella-. ¡Las veces que lo gozo tú no estás presente!”... Con el escudo de la muerte ajena los activistas de Guerrero están cometiendo infamias que nadie se atreve no ya a reprimir, sino ni siquiera a mencionar. Los comentadores que ponen el grito en el cielo, en la tierra y en todo lugar si alguno de esos manifestantes es tocado aun con el pétalo de una rosa, vuelven la vista hacia otro lado y callan acciones terribles como esa de haber obligado a una docena de personas a desfilar con las manos atadas y llevando al cuello un letrero degradante. Estamos viviendo una especie de dictadura del proletariado por la cual todo exceso es permitido y se tolera toda ilegalidad. La aplicación de la fuerza del Estado para imponer el orden es objeto de condena -se le llama represión-, en tanto que la violencia de los manifestantes tiene libre curso, y es condonada, y aun a veces aplaudida. No hemos aprendido aún a ejercitar esa forma de la justicia que se llama equidad. Si nos preciamos de ejercer la crítica debemos pasar por el mismo rasero las acciones de unos y otros. Se puede tomar partido, sí, pero sin faltar a la verdad ni incurrir en culpables ocultamientos o deformaciones. Entonces dejamos de ser periodistas para convertirnos nosotros también en activistas. Y como dijo Perogrullo: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Celiberia Sinvarón, madura señorita soltera, le comentó a una amiga: “Ya estoy cansada de esas llamadas telefónicas obscenas”. La amiga se inquietó: “No sabía que has estado recibiendo llamadas telefónicas obscenas”. “No las he estado recibiendo -aclaró la señorita Celiberia-. Las he estado haciendo”. Babalucas le preguntó a una señora: “¿Qué autobús me lleva al estadio?”. Le informó ella: “El 115”. Por la tarde la señora volvió a pasar por esa misma esquina. Ahí seguía Babalucas. Le preguntó la mujer: “¿No fue al estadio?”. “Para allá voy -respondió el badulaque-. Pero apenas han pasado 110 autobuses”. La esposa de Empédocles Etílez le reclamó a su marido: “Me dijeron que estuviste en una casa de mala nota, y que te gastaste ahí 5 mil pesos en vino y en mujeres”. “¡Qué buena noticia! -se alegró el majadero-. ¡Pensé que se me habían perdido!”.FIN.

MIRADOR

Los puritanos vinieron a América en busca de un lugar donde poder practicar libremente su religión. Una vez que lo encontraron prohibieron a los demás que practicaran libremente la suya.

Los puritanos estaban enfermos de Dios. Hasta Dios es peligroso si se le toma en dosis excesivas. Para los puritanos una sonrisa era pecado. El gozo más inocente lo consideraban puerta abierta a la condenación. Tan buenos querían ser que se volvieron malos.

Los puritanos no celebraban la Navidad. Decían que la palabra “Christmas’’ era una blasfemia, pues en ella se usaba el nombre de Cristo para designar una fiesta mundanal.

Los puritanos... Estólidos en la fe, soberbios en la virtud, crueles en la religiosidad.

Yo le pido a Dios que me haga bueno, pero dentro de los límites de la decencia.

       ¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Se estudiarán los efectos de la reforma fiscal.”.

 “Con un método sencillo

 -cierto señor comentó-

 ya los he estudiado yo,

pues los siento en el bolsillo”.