De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

“El sexo con mi mujer es aburrido”. Eso le dijo un tipo a su compadre después de haberse tomado los dos algunas copas. Comentó el otro: “Lo mismo me sucede a mí. En el renglón sexual mi matrimonio es un bostezo”. Varios tragos después los dos compadres acordaron sugerir a sus consortes hacer un cambio de parejas. Quizá eso ayudaría a mejorar su relación. Las señoras estuvieron de acuerdo, y el cambio se efectuó. Ya en la cama uno de los compadres le preguntó a su nueva pareja: “¿Qué estarán haciendo nuestras esposas?”. Susiflor se iba a casar. Le pidió a su mamá: “Dime cómo hacer feliz a mi marido”. La señora bajó la voz y respondió: “La noche de bodas.”. “No, mami -la interrumpió, impaciente, Susiflor-. Eso ya lo sé. Lo que quiero que me digas es cómo hacer el pay de queso que tanto le gusta”. Onanito Manuleco, muchacho solitario, le dijo nerviosamente a su compañera de oficina: “Anoche tuve sexo contigo. Y me gustaría tenerlo hoy otra vez, pero ahora estando tú presente”. Hasta donde recuerdo (Nota de la redacción: según los últimos reportes las memorias más lejanas de nuestro amable colaborador llegan solamente a anteayer) hasta donde recuerdo, digo, nunca como ahora ha sido tan grande la distancia que separa al Presidente de la República de los ciudadanos. Siempre ha habido separación entre ellos: el sistema presidencialista bajo el cual hemos vivido desde el antepasado siglo hace del presidente en turno el gran tlatoani que preside los destinos de la nación -así, en plural, se dice-, y lo aleja del común de los mortales. Sin embargo hoy por hoy la brecha que separa al Presidente de los gobernados es tan enorme que algunos dicen es insalvable ya. La desconfianza se ha apoderado de la ciudadanía; cualquier palabra o acción del Presidente es recibida con escepticismo. No cabe duda: lo de la tristemente célebre “casa blanca” fue un golpe al plexo solar del régimen (y también al plexo parotídeo, basilar, intravelloso, pubovesical, pampiniforme, pudendocaudal, timpánico y uterovaginal). No comparto las tesis de quienes en vista de la situación proponen soluciones extremistas o convocan a gestas revolucionarias. Pienso que debemos seguir en la vía del ejercicio democrático. Me preocupa mucho, sin embargo, el abismo que se ha abierto entre Peña Nieto y la gente común. La presencia del mandatario se da sólo en las cúpulas, en actos de mero protocolo, puramente cosméticos o publicitarios, sin ningún contenido popular, vale decir sin ninguna verdad real. No pretendo que el Presidente vaya al box los sábados como hacía López Mateos, o que cabalgue días enteros para llegar a un villorrio de Chihuahua, a la manera de Lázaro Cárdenas, pero creo que debe acercarse al pueblo, con necesaria prudencia en un principio -ahora no está el horno para bollos-, y luego con mayor intensidad. Urgen al mismo tiempo obras de bien comunitario que convenzan a la gente. Quizá todavía sea posible esa credibilidad sin la cual es imposible hacer un buen gobierno. He cumplido por hoy mi deber de orientar a la República. Puedo ahora, sin mengua de lo debido a esa ardua misión, narrar un chascarrillo final que sirva de lene paliativo a la graveza del supradicho apóstrofe. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le dijo en el bar a una linda chica: “Soy donador de órganos, y tengo uno que gustosamente te donaré si me acompañas a mi departamento”. Don Senilio, nonagenario caballero, conoció a una dama de 70 años de edad. Ella lo invitó a su casa, y después de beberse media botella de rompope, y de bailar al compás de la música de Lara, compartieron los dos el amoroso trance. Una semana después don Senilio sintió cierto cosquilleo en la alusiva parte. Acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna. El facultativo, después de practicarle un breve examen, le preguntó: “¿Tuvo usted actividad sexual recientemente?”. Don Senilio contestó que sí. Volvió a inquirir el médico: “¿Recuerda usted a la mujer con quien hizo el amor, y dónde vive?”. El añoso señor volvió a afirmar. “Muy bien -le indicó entonces el galeno-. Apresúrese a ir con ella ahora mismo. Está usted empezando a terminar”. FIN.

MIRADOR

Nadie ha visto jamás esa mariposa. Algunos dicen que vive en la Amazonia; otros, en cambio, sitúan su hábitat en la tundra siberiana, e incluso hay quienes afirman que se le puede hallar en Central Park de Nueva York. Lo que está fuera de dudas es que existe.

Se sabe que está pintada con tonos nunca antes conocidos. Cuando se posa en una flor ésta prodiga su aroma y sus colores en tal modo que se queda sin ellos para siempre. Al vuelo de la mariposa acuden todos los vientos del mundo a fin de recibir la caricia de sus alas. Una leyenda cuenta que su presencia fue lo que hizo que la música naciera.

Alguna vez un hombre la verá. Será un poeta, de seguro, pues los poetas ven lo que nadie más ve. Intentará describir su belleza, pero fracasará. Entonces se quitará la vida. La mariposa se posará un instante en su frente, y luego se alejará.

Yo no quiero mirar esa mariposa. Su belleza es tan grande que es temible. Si la mirara quizá me convertiría en estatua de sal. Si alguna vez presiento que está cerca cerraré los ojos y huiré. De hecho ni siquiera debí hablar de ella. ¿Me habrá oído?

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Obama habla de la criminalidad en México.”.

¡Y dice que nos apoya!

No sé cuál proverbio cuadre: “No me defiendas, compadre” o “El comal le dijo a la olla”.