De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Meñico Maldotado, infeliz joven con quien la naturaleza se mostró avara en la parte correspondiente a la entrepierna, casó con Pirulina, muchacha muy sabidora de la vida. Al empezar la noche de bodas el anheloso novio dejó caer la bata que lo cubría. Vio Pirulina lo que tenía que ver y exclamó luego con disgusto: “¡Carajo! ¡Y ni siquiera voy a poder decir: ‘Lo siento’!”. Aquella chica felicitó a su pareja: “Bailas muy bien, Asterio”. “Gracias -respondió el muchacho-. Tomé un curso de baile”. Prosiguió ella la felicitación: “Y pones en tu modo de bailar un sello muy especial”. Explicó el bailador: “Es que el curso era por correspondencia”... Un pordiosero pedía limosna en una esquina con un sombrero en cada mano. Pasó por ahí don Algón y le preguntó: “¿Por qué dos sombreros, buen hombre?”. Contestó el pedigüeño: “Yo no le temo a la crisis económica, señor. Decidí abrir una sucursal”... Jactancio Elátez, sujeto baladrón, veía con un amigo a las mujeres que pasaban por la plaza del pueblo. “Mira -le dijo con alardoso tono-. Esa señora fue mía. Y también aquella chica que va allá. La mujer de rojo fue mía igualmente, lo mismo que aquella otra del vestido azul. Las dos chicas que ves en la esquina fueron mías también. Todas ellas han sido mías, y muchas más”. “¡Caramba! -se admiró el amigo-. Entonces entre tu esposa y tú se han adueñado ya de todo el pueblo, pues entiendo que lo que has hecho tú en el ramo femenino lo ha hecho tu mujer en el masculino”... Ante la situación actual de nuestro país los mexicanos no hemos de renunciar a la esperanza. Esta virtud no es ilusión de ingenuos ni actitud bobalicona de pacatos: es convicción de que a pesar de todo aquí seguiremos. Tan nocivo como el optimismo sin base de Cándido es el ominoso catastrofismo de Casandra, que ninguna luz ve en la oscuridad y ninguna promesa en el futuro. El ciudadano común rechaza esos dos males aun sin conocerlos: sabe que la vida acaba por imponerse , y la vive cada día, y cada día hace su trabajo con la certeza de que las cosas habrán de mejorar. No perdamos la esperanza en México y la fe en nostros mismos. Si las perdemos entonces sí estaremos perdidos. Delante de su mamá el niño le pidió a la mucama: “Llévame de caballito, Famulina”. “¡Ah, no! -protestó la muchacha-. Ya estás muy grande para tenerte encima. No puedo contigo”. El chiquitín se echó a llorar: “¡Y cómo con mi papá sí puedes!”... Dijo Susiflor en el teléfono: “Fecundino: ¿recuerdas que la última vez que estuvimos juntos te dije que no quería volverte a ver? Pues bien: he cambiado de opinión”. Quiso saber él: “¿De dónde me estás llamando?”. Respondió Susiflor: “Del consultorio de mi ginecólogo”... El abuelo se puso la chaqueta que había usado en la universidad, cuando fue miembro del equipo de futbol americano. En la prenda lucía el número 30. Su nieto mayor le preguntó: “¿Por qué ese número?”. Respondió el señor: “En aquel tiempo los jugadores del equipo acostumbrábamos poner en nuestro uniforme el número de las novias que teníamos”. Oyó aquello la abuela y comentó: “Entonces le sobra el 3”. Los recién casados recibieron como regalo de bodas un perico. Estaba ya en la casa cuando los novios regresaron de la luna de miel. Empezó la juvenil pareja con sus arrumacos, y el lorito, curioso, no les quitaba la vista de encima. Nerviosa por aquella vigilancia la flamante esposa cubrió la jaula con una toalla y amenazó al cotorro: “Si te asomas te voy a llevar a desplumar la cabeza”. Dicho lo anterior los desposados trajeron a la recámara la maleta en que traían sus cosas. Pero no la podían abrir, pues al parecer el cierre se había atorado por exceso de contenido. El muchacho pensó que aplanando un poco la maleta la podría abrir, de modo que le pidió a su flamante mujercita: “Ponte arriba, mi amor”. “No -dijo ella-. Mejor súbete tú”. Sugirió el muchacho: “¿Qué te parece si nos ponemos los dos arriba?”.  Entonces el perico asomó la cabeza al tiempo que decía con ansiedad: “¡Esto yo lo tengo que ver, no importa que me  quede calvo!”... FIN.

MIRADOR

Por esta sola vez, y sin que el caso siente precedente, el señor Cantarrana asume el papel de un severo padre de familia que amonestó a sus hijos:

-Jamás digan una mentira. Mentir es un feo vicio que degrada a quien lo tiene. Un mentiroso no es bien visto en ninguna parte; todos se apartan de él con repugnancia. La mentira envilece a quien la dice y ofende a quien la escucha. Espero que conserven indeleblemente grabada en sus corazones esta enseñanza de virtud que ahora les doy, y la practiquen siempre.

En ese momento sonó el teléfono.

-Papá -le dijo uno de los hijos-. Te busca el señor Mequínez.

El señor Cantarrana se alarmó y en voz baja le dijo al muchacho apresuradamente:

-¡Dile que no estoy! ¡Dile que no estoy!

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Se inauguró el Congreso Innternacional  de Mujeres...”.

Sé que en manera instantánea, junto con la traducción, habrá en esa reunión conversación simultánea.