De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Es peligrosa la lectura del cuento que hoy descorre el telón de esta columnejilla. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y fue víctima de un soponcio o patatús que le quitó el sentido. Inútiles han sido las tisanas de camomila, mejorana, poleo, bardana, boldo, genciana, centaurea y hierba cana prescritas por su médico de cabecera: la ilustre censora de la pública moral sigue privada de las potencias naturales, y vaga por sus aposentos como Lucía de Lamermoor. Es una pena verla, pues a diferencia de la infeliz heroína de Donizetti doña Tebaida profiere de repente palabrotas de grueso calibre con las cuales maldice a su señor esposo, a su doctor  y al secretario general de la ONU, que ciertamente no tiene nada que ver con su penoso estado. Quién sabe por qué doña Tebaida la ha tomado contra él. Lamento profundamente el malestar de la señora, pero por exigencias de la libertad de prensa procedo a relatar el chascarrillo que la enajenó, sin dejar de advertir a los lectores acerca de sus posibles consecuencias... Don Geroncio, señor de edad madura, fue a cortarse el pelo. El peluquero que lo atendió le ofreció tres revistas: Mecánica Popular, el Mensajero del Corazón de Jesús y Playboy. Don Geroncio escogió esta última, pues dijo que ya había leído las otras dos. Empezó el fígaro su trabajo, al tiempo que hablaba de los temas de actualidad: la casa blanca, las manifestaciones, la inseguridad. Su añoso parroquiano, sin oírlo, se aplicó a contemplar morosamente las hermosas féminas que llenaban las páginas de la publicación citada. En eso el peluquero necesitó alguno de los adminículos que usaba en su “arte tonsoria” -así decía él-, y dio la espalda al cliente. Cuando volvió a la silla vio que la revista había caído al suelo, en tanto que don Geroncio, las manos bajo la sábana, hacía unos movimientos más que sospechosos, parecidos a los que efectúa el que se entrega al placer solitario que en inglés se llama jerk off, jack off o whack. Eso en español peninsular se designa como “paja”, y en caló de México se denomina trabajo manual, cascaroleta, pulsera, doña manuela o chaqueta. Al ver tales movimientos el peluquero ardió en indignación. Tomó la tabla que en las peluquerías se pone sobre los brazos del sillón para sentar a los niños, y con ella le propinó al maduro señor tremendos golpes en la aludida parte al tiempo que le gritaba hecho una furia: “¡Viejo cochino! ¡En mi peluquería no se hacen esas marranadas!”. Y al decir tal cosa seguía golpeando a don Geroncio en el lugar donde movía las manos. “¡Ay, maestro! -le reprochó el lacerado al peluquero con lamentosa voz-. ¡Ya me quebró usted los anteojos!”. ¡Desdichado señor! ¡No estaba haciendo nada impropio! ¡Estaba limpiando sus lentes abajo de lasábana!... Pitigrilli, escritor hoy olvidado, reprodujo un diálogo entre dos sujetos: “La culpa de la Segunda Guerra la tuvieron los judíos”. “No es cierto: la tuvieron las bicicletas”. “¿Por qué las bicicletas?”. “¿Y por qué los judíos?”. En igual forma se podría decir que la culpa de los sucesos de Guerrero la tuvieron las bicicletas. Hay quienes responsabilizan absurdamente a Peña Nieto de esa tragedia dolorosa, y piden que a causa de ella presente su renuncia. El PRD, en cambio, que gobernaba en aquel estado y en Iguala cuando sucedieron los acontecimientos, sale limpio de polvo y paja, y nadie hace reclamación alguna a quienes en ese tiempo dirigían ese partido y designaron a los culpables de los hechos. Las bicicletas. Otra vez las bicicletas... La encargada de la tienda le preguntó a doña Marsopia: “¿Le quedó el vestido?”. “No sé -gimió la robustísima señora-. ¡El vestidor no me quedó!”... La recién casada volvió de su luna de miel. Una amiga le dijo: “Se te ve feliz”. “Lo estoy -respondió ella-. Y más felices aún están mis piernas: otra vez se volvieron a juntar”... El inspector de la mina no tuvo ningún problema para localizar, entre más de cien mineros del carbón, al que había dejado el trabajo un par de horas para ir a su casa sin permiso. Le preguntó el gerente de la mina: “¿Cómo supo usted cuál fue?”. “Muy sencillo -explicó el inspector-. Hice que todos se desnudaran y se pusieran en fila. El que fue a su casa era el único que tenía la pija blanca”. (No le entendí)... FIN.

MIRADOR

Variación opus 33 sobre el tema de Don Juan

Murió Don Juan, y por la infinita misericordia del Señor fue a dar al Cielo.

San Pedro, el apóstol de las llaves, no es tan misericordioso como el Padre, y le dijo al recién llegado que antes de entrar en el paraíso debía pasar algún tiempo en el purgatorio.

-Está bien -se resignó Don Juan-. Pero al menos dime cómo es el Cielo.

El portero celestial le hizo una descripción de las delicias que gozaría en la mansión de la eterna bienaventuranza. Exclamó el sevillano, pesaroso:

-¡De lo que me estoy perdiendo!

-Ahora -le pidió San Pedro- dime tú cómo fue la existencia que viviste.

Don Juan le describió su vida. Y pensó el apóstol con tristeza:

-¡De lo que me perdí!

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Ya viene Santa Clos...”.

Con esto de la inflación,           

y viendo la carestía,

será difícil que ría

ese amable gordinflón.