De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Lady Godiva cabalgó desnuda por las calles de Coventry. Cuando volvió a su casa su marido le preguntó, molesto: “¿Dónde andabas? El caballo regresó hace tres horas”. Frase poco célebre: “Si el noviazgo es un sueño, el matrimonio es el despertador”. El joven Picio, muchacho extremadamente feo, invitó a salir a una linda chica. Lo siento -declinó ella-. No salgo con seres que no pertenezcan a la especie humana”. Le preguntó un comerciante a otro: “¿Qué haces ahora?”. Respondió el otro: “Vendo muebles”. Dijo el primero: “No sabía que manejaras esa línea. ¿De veras estás vendiendo muebles?”. Respondió el otro con voz triste: “Sí. Los míos”. En cierto remoto pueblo una mujer de 90 años dio a luz. Los periodistas se apresuraron a ir a su casa y le pidieron ver al bebé. “Ahora no” -les dijo ella. Volvieron horas después. Les dijo otra vez la señora: “Todavía no”. Los reporteros dejaron pasar otras tres horas, y a su regreso se toparon con la misma negativa: no podían ver al bebé. Preguntó uno, impaciente: “¿Cuándo lo podremos ver?”. Respondió la nonagenaria madre: “Cuando el niño llore”. Inquirió el periodista, extrañado: “¿Por qué cuando llore?”. Explicó la señora: “Porque no me acuerdo dónde lo dejé”.Un atinado lector (JAG) me hizo notar a propósito del 20 de noviembre: “Sí hubo desfile, y mejor que los militares y los deportivos. Desfiló el pueblo”. Es cierto. Las manifestaciones que estamos viendo son distintas a todas las que hemos visto. En las del 68, por ejemplo, participaron principalmente los estudiantes y los intelectuales de izquierda; en las de hoy está participando todo el pueblo, igual los pobres que la clase media, y aun muchachos de las universidades de paga y los institutos ricos. La bandera, desde luego, son los 43 de Ayotzinapa, pero en el fondo esas manifestaciones son expresión del hartazgo de la gente por la rampante corrupción de la clase política; por la pobreza creciente y la creciente concentración de la riqueza en unas cuantas manos; por la inseguridad debida al crimen organizado en connivencia con gobernantes, funcionarios y jueces inmorales. Antes de “mover a México” Enrique Peña Nieto debió limpiar la casa. Lo que hizo con sus reformas fue tender una alfombra  de lujo sobre un suelo cubierto de inmundicias. Fue efímero el “momento mexicano”; lo anularon años y años de podredumbre oficial, de torpezas y frivolidades en el ejercicio del poder, de ilegalidades y menosprecio de la ley. Contra todo eso se levanta ahora el pueblo. Quienes desfilaron el 20 de noviembre no son “turba” ni amorfa muchedumbre. Son gente común que nada tiene que ver con los vándalos a sueldo, ésos “anarcos” a quienes alguien envió a bloquear el aeropuerto capitalino con el deliberado y evidente propósito de dañar la imagen de México en el exterior; los mismos encapuchados que prendieron fuego a la puerta del Palacio Nacional para que la fotografía de las llamas circulara en todo el mundo. Los manifestantes son hombres y mujeres que se han visto dañados por una reforma fiscal puramente recaudatoria; que ven cómo los impuestos que pagan van a parar a partidos mentirosos y a los bolsillos de políticos ávidos de moches; mexicanos que son extorsionados por la delincuencia sin que ninguna autoridad salga a su defensa; que han sufrido la pérdida de un ser querido por causa de la ola de secuestros y asesinatos que cada día se ven; aquéllos cuyos hijos miran ante sí un futuro incierto. Si no la voluntad de bien, por lo menos el instinto de conservación debería hacer que la casta política advirtiera la irritación popular que ahora existe, y que podría ser anuncio de un cataclismo social. Urge que los políticos hagan un severo examen de su conducta y den muestras claras de corregir el rumbo. Si no lo hacen la indignación del pueblo crecerá, y los efectos de esa cólera son siempre impredecibles. Quizá los dueños del poder estén todavía en tiempo de evitar ese estallido, no con la policía, sino con la política, esa política bien orientada que mira al bien común, y no al interés partidista o meramente personal. Una última petición. Estamos al borde de un precipicio. Por favor, los malos políticos den un paso al frente. FIN.

MIRADOR

Juan Ruiz de Alarcón, víctima de muchos epigramas, hizo uno a propósito de los calvos. Enumeró varias maravillas difíciles de ver, y escribió: “La tercera es justamente / un calvo alegre de sello (de serlo), / y que no arrastre el cabello / desde el cogote a la frente”.

Algunos hombres carentes de pelo, en efecto, no se resignan a su condición de mondos, a pesar de que es fama que los varones calvos son más inteligentes que los pilosos, y -cosa de mayor aprecio- más viripotentes. En cambio oí hablar de un español que, valido del prestigio de los veteranos de guerra que habían perdido en combate algún miembro, decía muy orgulloso:

-Yo no soy calvo. Soy mutilado capilar.

Algunos queridos amigos míos presididos por Sergio Recio Flores, mi antecesor como Cronista de Saltillo, formaron alegremente un Club de Calvos. Les di un lema reconfortante que de  nueva cuenta ofrezco a los lampiños de cabeza, más como respuesta a burlas que como consolación de penas. Dice así: “Dios hizo muy pocas cabezas perfectas. Todas las demás las cubrió con pelo”.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Sigue la onda fría.”.

Yo noto, contrariamente, según lo que ahora contemplo, que en México, por ejemplo, la cosa está muy caliente.