De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

¡Qué buen culo tiene esa mujer!”. Así exclamó el papá de Pepito, sin poderse contener, cuando vio en la calle a una señora de enhiesto y firme tafanario ubérrimo. A mis lectores de otros países les diré que en México la palabra “culo” no puede decirse en buena sociedad. Para los españoles, en cambio, el vocablo es de uso común. La Academia lo define así: “Conjunto de las dos nalgas”. (Una vez oí a un borracho gritar entusiasmado al escuchar música de mariachi: “¡Qué bonitas son las nalgas! ¡Lástima que estén partidas!”). Es incuestionable el poderoso imán que para la vista y el tacto representa esa carnalidad, tanto que ha provocado siempre la suspicacia lo mismo de la ley que de la religión. Hay legislaciones que castigan el trato carnal “por vaso no idóneo”, y la Iglesia considera pecado nefando, abominación, el empleo para propósitos sexuales de lo que con pudor no falto de involuntario erotismo ha llamado “la angosta vía”. A pesar de tales prevenciones ese centro atrae siempre miradas y deseos. Y sin embargo su espléndido potencial erógeno es creación puramente humana. En términos de  naturaleza la pingüe parte posterior obedece en la mujer a meros propósitos de ingeniería anatómica, pues sirve para equilibrar el peso del cuerpo femenino durante el embarazo. Ya se ve que en ocasiones lo que hace la naturaleza el hombre lo reedita corregido y aumentado. Pero advierto que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Pepito se sobresaltó al oír a su papá decir aquello de: “¡Qué buen culo tiene esa mujer!”. Le preguntó, confuso: “¿Qué dijiste?”. El señor, apenado, inventó una salida. “Dije: ‘Qué buen búho tiene esa mujer’”. Inquirió el niño, curioso: “¿Qué es un búho?”. El padre, aliviado al ver que cambiaba el curso de la conversación, respondió: “Es un ave nocturna”. Quiso saber Pepito: “Y los búhos ¿tienen buhitos?”. “Sí, hijo -contestó ya tranquilo el señor-. Los búhos tienen buhitos”. “Y los buhitos -inquirió el chiquillo- ¿tienen buhititos?”. “Sí, Pepito: los buhitos tienen buhititos”. Prosiguió, incansable, el crío: “Y los buhititos ¿tienen buhitititos?”. “Sí -respondió con impaciencia el padre-. Los buhititos tienen buhitititos”. Insistió el pequeño: “Y los buhitititos ¿tienen...”. El papá de Pepito no pudo aguantar más. “¡Ya estuvo bueno! -explotó-. Lo que dije fue: ‘¡Qué buen culo tiene esa mujer!’”... Claridad, en efecto, es lo que muchas veces se requiere para evitar nuevas preguntas. El asunto de la llamada Casa Blanca ha socavado en forma grave la credibilidad de Peña Nieto. El Presidente ofreció que aclarará esa cuestión. Debe hacerlo con prontitud, y sin dejar sitio a la duda, si no quiere que la ciudadanía siga insistiendo sobre ese tema, que ciertamente se presenta poco claro. A fuer de observador imparcial debo hacer notar que el lugar de residencia de su esposa se conocía ya: ella misma lo dio a conocer hace algún tiempo en una revista de la sociedad. Nadie entonces se puso a investigar el origen de esa lujosa mansión, ni los detalles acerca de su construcción y su régimen de propiedad. Ahora que el país está ardiendo se saca a colación lo del fastuoso palacete. Tal circunstancia, desde luego, no afecta en nada el fondo del problema. Hay aquí evidencias de corrupción, de tráfico de influencias. Esos indicios deben ser transparentados en forma cabal por el Presidente para impedir que el descrédito nacido de este escándalo sea un elemento más de los muchos que están afectando hoy por hoy el curso de su administración... La maestra del colegio de niñas era bizca, turnia, trasojada, estrábica. La despidieron porque no tenía control sobre sus pupilas... Doña Panoplia de Altopedo, aristocrática señora, salió a correr a la caída de la tarde en el parque de su colonia. Después de darle varias vueltas se sintió fatigada y se sentó a descansar en una banca del jardín. En eso llegó un astroso vagabundo y tomó asiento junto a ella. Le dijo el haragán: “Parece que ésta es mi noche de suerte. Le agradezco su buena disposición, señora, porque tengo ya varios meses que no le hago el amor a una mujer”. “¡Insolente pelafustán truhán grosero majadero barbaján! -profirió con indignación doña Panoplia sin siquiera usar comas en su apóstrofe-. ¿Por qué piensa, bribón inverecundo, que tengo esa disposición?”. “Y ¿qué quiere usted que piense, señora mía? -respondió, imperturbable el vagabundo-. Está usted sentada en mi cama”... FIN.

MIRADOR

-¡Mi mujer tiene cada cosa!

Creo que todos los casados del mundo podrían decir esas palabras.

(Lo mismo, desde luego, podrían decir todas las casadas: “¡Mi marido tiene cada cosa!”).

Yo digo esa frase porque... ¡mi mujer tiene cada cosa!

El otro día, en Monterrey, fuimos a Costco, una tienda a la que nos gusta mucho ir. (Esto no es publicidad: es biografía). En la sección de libros vi el más reciente de los míos: “Plaza de almas”. Tenía en la portada una fajilla promocional: “En la compra de este libro le obsequiamos un hot dog y un refresco”.

Dijo mi esposa:

-El libro se va a vender mucho.

Le pregunté con ilusión:

-¿Por qué lo crees?

Me respondió:

-Los hot dogs de Costco son muy buenos.

Lo dicho: ¡mi mujer tiene cada cosa!

(O, mejor: ¡las mujeres tienen cada cosa!).

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... El Buen Fin tuvo éxito extraordinario...”.

Fue un gran acontecimiento.

Incluso en algunas zonas

supe que las muchachonas

las ofrecían con descuento.