De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Algunos sacerdotes no pueden evitar caer en culpa de soberbia. Desde el seminario se les enseñó que son hombres excepcionales, apartados de los demás y superiores a ellos, pues están por encima de los tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. No son pocos los profesionales de la religión que se sienten amigos personales de Dios, y sus voceros. Además los sacerdotes son de los pocos especímenes humanos que en un tiempo de estandarización igualitaria pueden usar todavía una parafernalia teatral de vestiduras especiales, brillantes ornamentos, vistosos accesorios, gorros de extrañas formas: bonetes, capelos, tiaras, solideos, mitras; todo lo cual les confiere un aire -un aura- de sacralidad que da autoridad a sus palabras aunque estén diciendo sandeces o ñoñerías. Eso lleva a algunos que se creen concesionarios de Dios a caer en las peligrosas tentaciones del protagonismo. Tal se diría que están permanentemente al acecho de una oportunidad propicia al lucimiento personal. Ven cámaras y micrófonos y corren hacia ellos como a un panal de rica miel. Sé de incontables sacerdotes, religiosos y religiosas que realizan una encomiable obra de bien, pero lo hacen calladamente, sin buscar reflectores, premios o alabanzas. Caso muy diferente es el de los showmen de la Iglesia, que gustan demasiado de aparecer en prensa, radio y televisión. Lo hacen con ventaja, pues increíblemente todavía hay en este tiempo muchos que aceptan que tales hombres son “representantes de Cristo en la tierra”, y toman sus opiniones como venidas de la divinidad. Se les trata con un respeto y una deferencia de que no gozan los miembros de otros grupos sociales, y aun los espíritus más críticos se detienen ante ellos con un cierto temor reverencial. ¿Cuántos años tuvieron que pasar, y cuántos dolorosos sacrificios hubieron de hacer muchos, antes de que se conocieran y reconocieran los execrables abusos cometidos por Marcial Maciel? Pienso que el mejor servicio que los laicos podemos hacer al clero es “desclerizarlo”, vale decir desacralizarlo. Recordarles a los clérigos su condición meramente humana, que algunos de ellos parecen olvidar, los acercaría más a los hombres y les permitiría servirlos mejor, con humildad mayor y mayor espíritu de caridad. Sobre todo, les infundiría más prudencia. Todo eso lo digo a propósito de la conducta del padre Alejandro Solalinde en el doloroso caso de los jóvenes de Ayotzinapa. Respeto a ese sacerdote, he elogiado su labor en pro de los migrantes, pero pienso que en esta ocasión ha incurrido en varias acciones imprudentes. Sabedor de hechos que al parecer han sido confirmados fue a comunicar irreflexivamente a los padres de familia lo que sabía, en vez de hacerlo ante la autoridad correspondiente. Luego acudió a donde nadie lo llamaba -a oficiar una misa en Ayotzinapa-, lo que motivó que fuera expulsado de ahí por los dolidos padres y por los estudiantes del plantel. Seguidamente dio a conocer una versión según la cual el alcalde de Iguala habría sido aprehendido en Veracruz y “plantado” luego, por razones de política, en Iztapalapa. Todo eso debió hacerlo del conocimiento de las autoridades en el momento oportuno, con pruebas fehacientes para avalar su dicho. Sobre todo creo que se excedió cuando llamó a México “país de porquería”. Sus gobernantes pueden serlo, y sus instituciones también, pero el país a que se refiere es nuestra patria, y no merece ese calificativo. Por cada hombre perverso o corrupto hay cientos de miles de mexicanos que trabajan cada día con honestidad y empeño. México es un país generoso, dueño de grandezas de las que debemos sentirnos orgullosos a pesar de los días oscuros por los que ahora atravesamos. Hemos de proclamar el amor a México, en vez de denostarlo y renegar de él. Es nuestra casa; no tenemos otra. Predicar el desprecio a la patria es quitarles a quienes oyen esa prédica valores que en este tiempo son muy necesarios: la fe en nuestro país y en nosotros mismos; la esperanza en la patria y en su porvenir. Injuriar a México no es obra de bien. Ya se ve que no solamente los malos pueden hacer labor de zapa en contra del país: los buenos también pueden dañarlo cuando no piensan lo que dicen. FIN.

MIRADOR

Llegó sin anunciarse y me dijo:

-Soy el número uno.

En mi ya larga vida he oído a muchos decir que eran el número uno, y a fin de cuentas resultaron ser el número cero. No di, por tanto, mucha atención a sus palabras. Pero él insistió:

-Soy el número uno.

Le pregunté entonces:

-¿Tiene alguna identificación que lo acredite como tal?

Sacó una credencial y me la dio. La revisé y le dije:

-Este documento muestra que es usted el número 642.895.731.

-Es cierto -admitió él-. Pero por brevedad menciono solamente el número final.

Le di la espalda y me alejé. También él, igual que muchos que dicen ser el número uno, había salido con su numerito.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Onda fría en todo el país.”. 

Cierto crítico disiente de dicha declaración, y afirma con convicción: “Guerrero está muy caliente”.